65 mil espectadores nos reunimos el sábado por la noche en el estadio Camp Nou del equipo Barcelona para participar en el ceremonial ofrecido por uno de los chamanes rockeros más destacados de la historia del género: Bruce Springsteen. Desde las 7 de la tarde, bajo un cielo nublado, con una fina lluvia que amenazaba con volverse tormenta, el estadio se llenaba poco a poco de una multitud compuesta mayoritariamente por cincuentones, cientos de hombre y mujeres vestidos con camisetas de ocasión, estampadas con imágenes de las giras pasadas y portadas de discos del Patrón (The Boss). En eso el futbol y el rock tienen un inconfundible aire de familia: espectáculos masivos, crónicas de multitudes cuya fugaz seña de identidad tribal es una camiseta, una imagen, un estilo que expresa con contundencia las afinidades electivas, estéticas y éticas, de quienes han hecho de un equipo o de un grupo de rock parte fundamental de su educación sentimental.

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Bruce Springsteen. Fotografía de Shayne Kaye. Bajo licencia de Creative Commons

Baudelaire detestaba, con razones y argumentos, “la estupidez de la gran masa”, esa “multitud idólatra (que) postulaba un ideal digno de ella y adecuado a su naturaleza”. Parafraseando lo que escribió sobre Daguerre (el inventor de los daguerrotipos, la base técnica del nacimiento de la fotografía), se podría afirmar que en Barcelona, esa noche de primavera, esa “multitud idólatra” que refiere Baudelaire encontró que “un Dios vengativo ha atendido sus ruegos”.1 Y Springsteen se convertía temporalmente en su Mesías, el que incrementaba durante unas horas las posibilidades de juego de la fantasía, haciendo accesibles, palpables, las imágenes de culto propias del rock contemporáneo. La mala fama de “la estupidez de las gran masa” cedía el paso a las imágenes deslumbrantes de miles de individuos congregados para adorar un género y a uno de sus iconos fundacionales.

En esta orilla del Mediterráneo, las gaviotas cruzan todo el tiempo sobre la ciudad. Aún con el frío ligero de esa noche nublada, pasaban volando sobre un estadio que rugía con las gargantas de miles de espectadores que calentaban el ambiente celebrando el campeonato que el equipo de la ciudad acababa de conquistar esa misma tarde en Granada. A las 9 y cuarto en punto, la voz potente del Boss saludaba a la multitud, inaugurando su gira europea en la capital catalana, y rompiendo la noche con Better Days, al que le siguieron Badlands, Cover Me,  y luego el desfile impecable de una treintena de canciones, un muestrario de la larga carrera que inició junto con la E-Street Band en 1973 en una ordinaria cochera de New Jersey.

The River Tour es el título de la nueva gira de Springsteen, un título que tiene que ver con la celebración de los 35 años de la edición de uno de sus discos emblemáticos, insignia de una década de crisis económica y moral, en la que el sueño americano se había convertido para muchos en insomnio y pesadilla. Es el disco que confirmaba en 1981 a Springsteen como el heredero de una tradición iniciada por Peter Seeger y Bob Dylan en la posguerra, entonando canciones relacionadas con el hombre común, miembros de la clase trabajadora que sólo esperan un nuevo día para tratar de sobrevivir a base de trabajo duro y de pequeñas ilusiones cotidianas.

Cuando interpretó The River justo a la mitad del concierto, Springsteen homenajeaba el espíritu de un tiempo que alargaba sus sombras hasta el siglo 21. La E-Street Band acompañaba con fidelidad y ferocidad la voz y el ritmo de las canciones del Jefe, imprimiendo el sonido inconfundible de un estilo que ha hecho del rock de la costa este un referente cultural y estético para públicos de todo el mundo. Gobernada por el hechizo de la banda, la multitud congregada en el Camp Nou esa noche de mayo bailaba y cantaba la canción, un improvisado coro de miles acompañando los varios relatos contenidos en esa canción, narraciones sobre fábricas abandonadas, desempleo, automóviles arrumbados, muchachas embarazadas que enfrentan sus vidas en la soledad y el desamparo. “El Río” como metáfora y como bitácora personal, registros sobre el flujo vital y paisaje de fondo de las vidas de miles de individuos que viven y mueren cotidianamente sobre pantanos negruzcos, en riberas de aguas revueltas que cruzan pueblos y ciudades de la costa este norteamericana.

Más adelante, Glory Days, luego, Im´Going Down, Point Black, Darlington County, Atlantic City, y para finalizar Lonsome Days, The Rising, Purple Rain (en homenaje a Prince), Born To Run. Tres horas y media inundada por los potentes sonidos de sax, una batería ingobernable y largos riffs de la guitarra clásica de The Boss. Los conciertos de Springsteen tienen fama de maratónicos y este no fue la excepción.  Cerca de la una de la mañana de un noche que ya era domingo, el Patrón cerraba con Twist and Shout, de The Beatles, un pequeño guiño a los tiempos en que todo era sólo rock and roll pero gustaba. El hombre de 66 años situado en medio del espectáculo, en buena forma física, se despedía de la multitud entre aplausos y gritos, la bestia gigantesca del Camp Nou rendía tributo al icono y símbolo de varias generaciones de rockeros, el que ha hecho de pequeñas historias individuales y locales, de carreteras perdidas, partidos barriales de beisbol y la obsesión por los automóviles, paisajes urbanos que son parte de la crónica de tiempos malditos, de desastres económicos y sociales alimentados siempre por la esperanza de que las cosas pueden ser mejores.

Una sensación de plenitud, de satisfacción, acaso de felicidad cerraba el concierto. Mientras se apagaban las gigantescas luces del estadio, la multitud poco a poco se desintegraba a la salida del Camp Nou, mientras el cielo se despejaba y las gaviotas seguían cruzando la noche barcelonesa. Hombres y mujeres maduros caminando abrazados, jóvenes entusiasmados por la energía del concierto, caminaban sobre la Avenida Les Corts para tomar el metro hacia algún punto de la ciudad. El ritual había terminado, los sonidos del silencio volvían a gobernar la noche, mientras la fiesta, el festejo, la ceremonia presidida por Springsteen y la E-Street Band quedaba entre los vagos residuos de la memoria colectiva y las interpretaciones individuales de los asistentes. Si, como ha escrito Sergio Pitol en algún lugar, todo está en todas partes, un concierto de rock representa el carácter policéntrico de la música, la sensación, o la certeza, de que en un tiempo breve, en el contexto adecuado, las cosas pueden ser a la vez reales e imaginarias, una complicada mezcla de hechos, emociones y razones suficientes para representar en una canción, en un puñado de sonidos e imágenes, las fantasías de miles de almas, multitudes convertidas irremediablemente en individuos que volvían en la madrugada a ser parte de las sombras, extraños en la noche.

 


1 Citado por Walter Benjamin, en el ensayo “Sobre algunos temas de Baudelaire (XI)”, incluido en su libro Sobre la fotografía, Editorial Pre-Textos, España, 2015 (séptima edición).