La música de Frankie Cosmos (1994) atrae e intriga y justo ahí, en el nacimiento de la curiosidad, desaparece. Hace pensar en la psicodelia (por fantástica y onírica) y hace pensar en Daniel Johnston (por directa e íntima). Canciones increadas y efímeras; sin un sentido concreto; construidas con fragmentos: de melodías, de recuerdos, de imágenes, de sueños. El espíritu es punk y neoyorquino —ecos antiguos: The Ramones; ecos excéntricos: Arthur Russel; ecos modernos: Jesse Mallin—, aunque las atmósferas proponen sutiles mundos tristes, de ansiosa quietud física y velados pensamientos siniestros.

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Frankie ha cumplido 21 años y se siente acabada. Perdió la energía. Ya no tiene ilusiones. Sola en su cuarto, los ojos se le enrojecen frente a su tableta. En automático toca la pantalla y aparece el Instagram de Marnie The Dog (2 millones de seguidores). Y ahí están todas esas fotografías del viejo Shih Tz con una deformidad en la boca que lo obliga a salir con la lengua de fuera en ridículos retratos: Marnie en brazos de una modelo en topless (el cuerpo del perro tapa los senos de la mujer); Marne con un vestido de porrista de futbol americano, o Marnie con orejas de conejo rosas metido dentro de una canasta llena de huevos de chocolate.

Frankie tiene una idea tonta y comienza a cantarla:

Si tuviera un peerro,
le tomaríiiiia una foto cada díiiia

La melodía y el tema son alegres (dos frases rápidas, una corta y la otra larga, que piden una mascota para presumirla en las redes sociales), pero la aguda voz monocromática —en permanente color gris de texturas planas— y la expresión abúlica siembran dudas sobre el sentido de esos sonidos.

Sin variar la melodía, Frankie cambia de palabras:

¿Y yo sigo tan triiste?,
¿no doooy la peor hueeeeva?

El conflicto está planteado: una joven deprimida fantasea con abrir un Instagram sobre un perro que aún no tiene. Ahora la música ha cambiado de rumbo. Se dirige hacia un lugar desconocido. Y el canto aburrido de Frankie adquiere poderes; la indiferencia de su voz —lo que en su apatía tenga que decir— se convierte de pronto en el centro de un misterio.

Todo mundo me dice:
“Tus decisiones están bien, pero…

Frankie vive sola. Canta sola. Imagina sola mundos posibles. Así, por lo pronto, es como quiere vivir: Escribiendo sobre sus sentimientos al reverso de postales y coleccionando esas postales en un cofrecito de madera que guarda en un cajón de su mesita de noche junto a poemarios de Frank O´Hara (tan urbano y musical).

Y aquí la voz cambia: se vuelve más aguda y el color gris adquiere brillos amarillos. La melodía también cambia: más densa, más triste, más lenta.

La ira de Frankie se apodera del sonido…

…mira, tengo una mejor idea…”
Y luego un comentario sobre mi cerebro

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Y es que siempre hay un “pero”. Frankie sale con sus amigos: mujeres y hombres alegres que se emborrachan todos los viernes para conocer gente y entregarse a romances fugaces. Frankie es diferente. No bebe. No está dispuesta a pintarse los labios y usar tacones. Sus amigos dicen que la respetan, que entienden que es una “artista” (pronuncian la palabra entrecomillándola con los dedos), PERO siempre tienen un comentario sobre cómo Frankie podría vivir mejor, verse mejor y estar más contenta. Alaban que se entregue a la creación, que sea inteligente, PERO podría intentar alegrarse las noches con cocaína, con una relación efímera, con escote y una falda corta. Entonces Frankie, más triste que nunca, regresa sola a su cama. A su tableta. Al Instagram de Marnie the dog.

Si tuviera un peerro,
le dibujaríiiia un retrato cada díiiia

A sus ideas tontas que la conectan con su interior:

¿Y yo sigo tan enojada?
Supongo que doy la peor hueeeva

A su interior, donde sufre porque sus amigos le dan consejos sobre cómo podría ser una mejor Frankie:

Todo el mundo me dice:
“El primer amor es sólo un juego, pero…

A su ira que adelgaza su voz y la hace cantar en amarillo:

“… ya encontrarás un amor mejor”
  Y luego un comentario sobre mi cuerpo”

A su angustiante realidad de haber cumplido 21 años. Ser una cantante en Nueva York. Estar rodeada de amigos que sueñan con el día en que Frankie deje de escribir canciones tristes y se aliviane: fume marihuana y un viernes por la noche se revuelque con cualquiera.

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“If I Had a Dog” es la clave para entender Next Thing (2016; Bayonete Records), el segundo álbum de Frankie Cosmos (compuesto por 15 piezas que duran 28 minutos). Todo en esta canción resulta representativo: la duración (minuto y medio), la estructura melódica minimalista (tema principal rápido y alegre que se repite tres veces/tema B más agudo y lento que funciona a manera de puente para retomar el tema principal), la simpleza del acompañamiento (discreto sonido garaje —rústico, sucio, sin estilizar— de guitarra eléctrica, bajo, batería y teclado) y el contenido emocional: una joven cantante odia su cumpleaños 21, aborrece ser grande y, sola en su cuarto, comienza a recordar ambiguos momentos extraños en los que nada termina por quedar claro.

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Por ejemplo, en “Fool”, el único verso que no permite dudas dice: “me hiciste sentir como tonta mientras te esperaba”. De estas palabras se desprenden ideas más o menos concretas: espera infructuosa, abandono, amor malogrado… Ideas que no terminan por materializarse. Los versos restantes se dedican a sembrar misteriosas imágenes. ¿Quién la dejó esperando?: una persona “con nombre de triángulo y corazón de cuadrado”. Y al final de la canción, la única certeza es la de una adolescente que se sintió muy tonta por haber esperado ¿a un hombre? torpe de personalidad geométrica.

Así avanza el mundo musical de Frankie Cosmos: entre emociones y panoramas surrealistas, íntimas declaraciones sensuales y visiones etéreas, ideas aprehensibles e hipnóticas metáforas extravagantes o —casi— incomprensibles. Y en esta poética de veloces recuerdos cortados, el amor es una presencia permanente, que —a veces cómica, a veces trágica— nunca deja de ser demasiada complicada. Caótico amor inestable, tormentoso amor juvenil, confuso amor contradictorio.

En “Outside with the Cuties”, Frankie sueña con una lejana escena de su pasado: tiene 14 años y celebra un picnic nocturno con sus amigos en el bosque. Llovió. De los árboles escurren gotas. Huele a tierra mojada y a ella le conmueve mucho que sus amigos sean amigos de sus amigos. En esa convivencia encuentra la luz del universo. Uno de esos amigos le gusta, pero también le resulta desagradable. Que pueda sentir las dos cosas al mismo tiempo, atracción y repulsión, la confunde y comienza a tener muchos pensamientos bellos y siniestros.

Una idea tonta:
Eres como las picaduras de mosquitos durante las vacaciones
Una tétrica imagen poética:
Encuentras arena en todos los rincones
Una petición tierna:
¿me dejarías verte llorar?

Frankie canta lenta, tímida y resueltamente. Su voz aguda avanza vulnerable. Cargada con miedo e inocencia. Un canto que, por delgado, por breve, por descolorido, sería muy fácil ignorar o destruir. Y sin embargo, esa insignificancia resalta la honradez de sus motivaciones, la profundidad de su mensaje, la inteligente construcción de sus incompletos enigmas íntimos de una sutil seducción que invita con fragmentos…

Una ilusión:
en tus ojos veo reflejada la luna verdosa
Una acción:
y de pronto te acercas hacia mí
Una confesión:
Y sé que te amo
Un miedo:
pero esta canción todavía no está terminada
Y una plegaria:
¿me ayudarías a mejorarla?

…que con fragmentos de sueños, melodías, imágenes y recuerdos invita a la interacción, al encuentro, a ser completados y enriquecidos por la experiencia de otro corazón, por la intensidad de una imaginación distinta.

 

Hugo Roca Joglar
Autor de la columna sobre música clásica “Vibraciones” que se publica en el suplemento cultural “Laberinto” de Milenio. Premio Nacional de Periodismo 2014 en la categoría “Crónica”.