El humor no es bastión de la música. Solemnísimos —o solemnisérrimos, como se guste—, los compositores suelen pasar de largo delante del guiño cómplice aunque despiadado. Como la inmensa mayoría de los artistas, e incluso de los hombres en general, para ellos tomarse demasiado en serio es cosa de todos los días. Cuando bastaría con mirarse al espejo cada mañana para estallar en carcajadas. ¿Hay mejor tema que uno mismo para morirse de risa?

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El artista que no se la cree está del otro lado, porque se le resbalarán las críticas dolosas. Es el mejor modo de sobrevivir entre hienas, chacales, alimañas y alacranes que ni agarrados por la cola.

Pocos ha habido así, de tesitura carroñera a prueba de fuego. En filosofía, los cínicos o filósofos perros. Y siglos más tarde Cioran. En música, un nombre descuella por encima de todos: el de Erik Satie.

Intransigente hasta el fin, como él mismo se autodefinía, Satie no nada más era enemigo de cualquier forma convencional de hacer música, sino de enganchar su pensamiento a escuela o corriente musical alguna. Nada podía atraparlo. Si de pronto coqueteó con el impresionismo, con el surrealismo o de plano con el dadaísmo —y pido perdón por tantos “ismos”, pero era necesario—, se retiraba muy a tiempo, justo antes de que lo asociaran con cualquier movimiento que significara la pérdida de la libertad, la sujeción del pensamiento. Pues todo para él habría de ser cernido por el tamiz de la incomplacencia. Sembrar el desconcierto entre la gente que de pronto se detenía en su música era motivo de profunda satisfacción y pocas cosas le producían tanta felicidad. Pero lo más hermoso era que no se trataba nada más de una rebeldía por el sólo hecho de ser rebelde, sino de una virulencia alegre. No bastaba con ubicarse en el mundo como un artista en pugna, sino como un motor de carcajadas. Basta con leer los títulos de algunas de sus obras: Tres piezas en forma de pera, Sonatina burocrática, Penúltimos pensamientos, Ojeadas desagradables, Embriones secos, Con traje de caballo, Verdaderos preludios flacos, Descripciones automáticas, Chiquilladas pintorescas. Y ni siquiera Debussy, que en alguna época de su vida fue amigo de Satie y que se supone era dueño de un criterio que iba más allá, pudo resistirse a criticar la forma de componer, así como el modo de ser del gran antisentimentalista francés. 

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Porque en la misma medida su vida también iba encaminada hacia lo imprevisible. Ningún artista o amigo entre sus contemporáneos, ninguno, cruzó el umbral de su habitación. Y no porque temiese crear testigos de la miseria en la que vivía sino porque, pese a ser amiguero de corazón, prefería mantener inviolable su intimidad. Amigos que hacía en todas partes. No en balde fue el pianista, primero del célebre cabaret Chat noir —antro al que entró cuando abandonó el Conservatorio de París, a sus 21 años— y después del L’auberge du clou —donde precisamente conocería a Debussy.

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Fundador de una secta cuyo objetivo era “luchar contra la inmoralidad estética y artística” y que concluiría en una trifulca durante un concierto, Satie era especialista en ganarse enemigos pues a sus ojos todos los artistas, o casi todos, eran sumisos como corderitos. Y gracias a la iniciativa de Ravel, en 1911 se le rindió un homenaje al cual fue llevado a la fuerza. Aunque discutido, de la noche a la mañana se volvió una celebridad. Esta fama pronto le permitiría estrenar (1917) su ballet Parade, encargado por Sergeiv Diaguilev. Hay que decir que el escándalo que suscitó esta obra fue semejante al que en 1913 había provocado La consagración de la primavera

Erik Satie no es autor complaciente. Cosa que habrá que tenerse en cuenta cuando sus Gimnopedias acarician los oídos.