El proceso para llevar a buen puerto cualquier idea artística puede ser tan largo, tortuoso y nauseabundo como el artista lo permita. Terminar de escribir una novela, descubrir qué tono de azul es el correcto para culminar una pintura, decidir el destino del villano en el guión de tu película imaginaria o mostrar una canción al mundo entero pueden ser momentos que tarden muchos años en llegar (asumiendo que suceda) o pueden ser cinco minutos. A Radiohead le tomó cuatro años entregar un disco nuevo y la espera valió totalmente la pena.

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A Moon Shaped Pool es el noveno disco de una banda que lleva casi 30 años sorprendiendo (para bien o para mal) al mundo con cada movimiento y lejos de “sobrevivir” como algunos de sus contemporáneos (por ejemplo Billy Corgan, Marilyn Manson et al), es evidente que siguen siendo punta de lanza y su popularidad se mantiene fresca, gracias a la aceptación (bien merecida) de las nuevas generaciones ante su obra. Thom Yorke y compañía han sabido adelantarse en cada movimiento desde 1997, año en el que publicaron el que para muchos sigue siendo su obra maestra (Ok. Computer) y han tenido el ingenio para educar bien a sus criaturas, vestirlas con elegancia y principalmente han aprendido cada vez mejor a generar nuevas maneras de venderlas.

Radiohead es hoy día una de las corporaciones musicales más lucrativas a nivel mundial y aunque para muchos de sus viejos seguidores esto ha sido motivo de indignación y desprestigio, al quinteto originario de Oxford no le ha impedido entregarnos un disco de once canciones pletóricas de una profunda belleza y entintadas con una especie de saudade. Desde la inicial “Burn the Witch”, la sorpresa nos aborda de inmediato, pues la combinación de arreglos orquestales con esa sólida base rítmica (la dupla Colin/Sealway ha sido siempre una de sus mayores virtudes) nos deja claro que en esta ocasión el guitarrista líder, Jonny Greenwood, ha tomado nuevamente un papel preponderante (puesto que pareciera habérsele negado en gran medida con In Rainbows y aún más con The King of Limbs). El crescendo final es en verdad una delicia.

“Daydreaming” es el segundo corte del plato y fue dado a conocer por medio de un inquietante video dirigido por el cineasta Paul Thomas Anderson (Magnolia, Inner Vice, There Will Be Blood, etcétera). Esta es una canción prototípica de Radiohead y las reminiscencias al sonido Kid-A, lejos de decepcionar, se sienten naturales, congruentes y especialmente amargas como su letra.

“Decks Dark” nos despierta del duermevela en el que hasta este punto muy seguramente el escucha se encontrará, por medio de su ominoso piano y esas guitarras que sutilmente van envolviendo poco a poco. Esta canción pudo ser fácilmente firmada por el Massive Attack del Heligoland. “Desert Island Dirt” es una agradable transición semiacústica para el krautrock desenfrenado que es “Ful Stop”; este corte muy seguramente será un intenso frenesí en su próximo concierto, agendado para octubre en el Palacio de los Deportes de la Ciudad de México, cuyos boletos ya están agotados.

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“Glass Eyes”e “Identikit” son la parte central del disco y la mano del ya mencionado Greenwood es más que obvia y realmente refrescante. Tal parece que su carrera como compositor de música “culta” (principalmente para películas) amplió sus conjuros para interpretar y producir canciones. El trabajo instrumental en “The Numbers” es exquisito y para quién esto escribe es uno de los tres momentos más emocionantes del disco.

“Present Tense” está directamente conectada con la música popular brasileña,  mientras que “Tinker Tailor Soldier Sailor Rich Man Poor Man Beggar Man Thief” es un acompasado experimento sonoro lleno de color, cuya experiencia en audífonos es no sólo recomendable sino necesaria. El corte final es (al fin) la versión en estudio de una de las canciones más entrañables de la banda, cuyos orígenes y primeros demos se remontan a la gira del disco The Bends, publicado hace 21 años. “True Love Waits” es el agridulce desenlace de una obra que se sostiene del pasado, pero que definitivamente tiene los ojos puestos al futuro.

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Algunos cronistas han señalado a A Moon Shaped Pool como una fallida colección de canciones que no lograron entrar en los “tracklists” del resto de la discografía de la banda, únicamente basados en algo tan relativo como el tiempo, pero tal vez ignoran que las ideas no tienen fecha de caducidad. Radiohead nos ha entregado una obra que conmueve, que cimbra, que toca nervios y los deja expuestos como animales muertos a los carroñeros y si van a seguir haciendo discos como este, yo no tendría ningún problema con esperar hasta los 60 años de edad para volverles a escuchar algo así.

Elías Pimentel
Twitter: @eliasonfire

 

 

Un comentario en “Radiohead y los soñadores que nunca aprenden

  1. Para aquellos que no se limitan con ser melómanos (por si esto fuera poco), para ellos Radiohead sigue produciendo. Lo digo no como ciego amante de Radiohead, sino como amante de LA buena música. Radiohead ha evolucionado de manera artística, sin precipitación alguna y con toda la madurez de la vanidad bien habida. Ahora que escucho este nuevo disco, no me sorprendo, más bien, siento pender de un hilo que oscilante se sostiene de la rama en cada fusión. Materiales como esté apabullan cualquier intento de emulación del artista nato. ¡Radiohead nunca se contradice!