Se ha vuelto habitual, especialmente en la presente década, hablar de Decibel no ya como un fantasma ni como una evocación del pasado, sino desde el presente. A un año de su anterior incursión discográfica, aparece Secuencias genéticas (Intolerancia), una placa en la cual reinician un viejo affaire con el pintor J. M. Schmill, el mismo con el que trabajaron en la segunda mitad de los setenta y cuyas pinturas el grupo ha utilizado como portada de varios de sus discos. Esta vez no es la excepción, pero además de la cubierta –una difusa imagen de algo difícil de descubrir, pero nada amigable–, el booklet interior presenta otras de sus pinturas, personajes de un mundo tenebroso y que bien pudieran corresponderse con los ocho cortes que integran el álbum.

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Walter Schmidt, Alex Eisenring, Carlos Robledo y Carlos Vivanco gustan de experimentar, optan por caminos sinuosos, imaginativos y todavía podemos hablar de ellos como un grupo de vanguardistas inconformes a quienes el tiempo no ha conseguido domeñar. Sin embargo, Secuencias genéticas habla, especialmente en su primera mitad, de un momento importante en la vida del ahora cuarteto. 

“Krampus”, el corte abridor, es un tema inscrito más en la vena de la fusión, dominado por la guitarra y con una base rítmica persistente, incluso monótona y sobre la cual oscilan otros sonidos que colorean la composición; sin embargo, este corte y con mayor énfasis “El Velo de Isis”, se acercan mucho a lo desarrollado por Vivanco y Eisenring en Bardo Thodol, el proyecto paralelo de ambos.

“Sogo” es abstracta, crea una atmósfera y un estado de ánimo conforme transcurre y aquí encontramos a un Decibel en su vena más experimental: samplean el sonido, lo controlan y deforman para luego trastocarlo una vez más en el estudio: se expande, extiende, se le unta eco, se convierte en uno más de los personajes siniestros de esta extraña corte del horror inspirada en la obra de Schmill.

“Atlantis” inicia con algo que asemeja el borboteo de agua y después se torna un taladrante ruido sobre el cual se comienza a tejer la música. Es la instantánea de un sitio que tal vez alguna vez fue un paraíso, pero del cual apenas quedan vestigios, porque lo que aquí se recrea es la destrucción, la desaparición de una civilización.

Estamos ubicados justo a la mitad del disco, ha habido una alternancia de tracks –fusión-experimentación-fusión-experimentación– y surgen interrogantes: ¿estos cuatro, siempre tan imaginativos, tan dados a lo inusual, fueron capaces de hacer algo predecible, si no común, por lo menos sin sorpresa? ¿Estamos frente a un agotamiento de las ideas?

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George Steiner señaló en una ocasión que el hombre tiene en su vida sólo una o dos ideas originales y que el resto son variaciones. Visto así, ¿se acabaron las variaciones en la existencia de Decibel? ¿Estamos frente a un Decibel que se desdobla por momentos, partido? Eisenring y Vivanco son, entre otras cosas, unos guitarristas salvajes, muy buenos, ¿pero pueden contenerse, ceñirse a una banda que en su DNA desconocía hasta su llegada el uso de la guitarra? A la inversa, ¿cómo ajustan Schmidt y Robledo su imaginación a una música que es más estructurada frente al “caos” al que ellos nos han habituado?

Sin embargo, esos pensamientos se rompen al sonar las primeras notas de “Terrorist Couple”. Un ritmo enfebrecido da la bienvenida y una voz mecánica nos adentra en una vena postpunk, con resabios cibernéticos, totalmente del siglo XXI, con destellos bailables, pero también con una aura de apocalipsis de la cual es imposible escapar. Una nueva cara de Decibel se asoma y es el Decibel de siempre, renovado, que asume los tiempos actuales y muestra que puede reinventarse y todavía tiene cosas que decir.

En “t.a.r.d.i.s.”  se regresa a la experimentación, a la manipulación del caos, al trabajo con el sonido. Esta faceta del cuarteto es la más radical, la que se acerca a la música sin contemplaciones, que no busca melodías pegajosas y se adhiere a un concepto amplio y difícil de la música para explotarlo. “Iirit”, por su parte es una composición que tiene un pulso cinematográfico, posee suspenso, la masa sonora parece haberse construido para dar seguimiento a un ser misterioso, espeluznante, siniestro que encuentra su correspondencia, tal vez, en ese ¿obispo? cuya calavera nos mira con curiosidad en el cuadernillo interior.

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“Me gustaría que mi pintura tuviera la fuerza que puede tener una escena donde un animal salvaje acaba de matar a su presa” dice, entre otras cosas, la voz de J. M. Schmill en el corte que cierra el álbum y que lleva por título su apellido, un entramado de frases sobre un inquietante fondo sonoro, el soundtrack que da sustento a su obra y que Decibel plasma, acertadamente, en Secuencias genéticas: “La pintura es un juego de formas nada más; el horror es la realidad, no la pintura”.

Una vieja relación se actualiza, una antigua amistad reencuentra nuevos cauces y nos entrega un hálito más de vida; porque, al final, Secuencias genéticas es eso, un trozo de vida.

Decibel presenta su más reciente álbum este 13 de mayo en el Multiforo Alicia; el 21 en el Museo Franz Meyer y el 27 en la Fonoteca Nacional

 

 

Un comentario en “Secuencias genéticas de Decibel

  1. Es muy notorio que se la pasan experimentando. No volvería a asistir a uno de sus conciertos.