“La historia no está ni bien ni mal,
Son sólo efectos especiales”
Sr. Chinarro

La semana pasada, Hugo García Michel –ese desatador de tormentas del periodismo nacional y director de la legendaria revista La Mosca– increpó a los políticamente correctos y bien pensantes colocando en su muro una cita de la investigadora y académica Camille Paglia (archienemiga de las feministas). La autora de Vamps & Tramps respondía a la pregunta “¿No le gustan las feministas?” de la siguiente forma: “Hubo un momento en el que el feminismo y yo estábamos de acuerdo. ¡Pero era en 1960 y yo tenía trece años! Es una posición inmadura. ¡Vamos, chicas, ya pasaron cuarenta años! ¿Cómo puede ser que la sigan sosteniendo ahora? El feminismo tiene unos 200 años…  esto de echarles la culpa de todos los males del universo a los hombres blancos imperialistas es bastante elemental. No hay humor, todo son sermones, y en el feminismo intelectual lo que se ve es una actitud absolutamente dictatorial”.

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Participé, mostrando mi admiración por esta autora provocadora de polémicas, y una activista peatonal retomó otro texto de Paglia en el que aborda el tema de la violación y en el que ella quiere ver que todos los hombres somos unos violadores –más que potenciales– y me preguntó si yo había sido un violador como para que aplaudiera las ideas de la profesora. Respondí que era necesario ir más allá de la literalidad, pero que el asunto de ser violador se relaciona con la violencia y que convenía preguntarnos si esta no es inherente a la humanidad entera. ¿Será que somos una especie violenta? Probablemente si y, por extensión, uno puede ser de más de una forma un violador.

En mayor o menor grado, cada uno maneja su violencia; algunos la exteriorizan y otros la reprimen y la acumulan. Traigo esto a colación dado que me piden abordar el tema de snobismo y su relación con el ámbito musical y entonces es que, a grosso modo, parece que la gran mayoría tenemos el deseo –expresado o no– de ser un snob, a partir del sentido básico del concepto que parte de un anglicismo para perfilar a las personas que imitan las maneras, opiniones, etcétera, de aquellos a quienes considera distinguidos o de clase social alta para aparentar ser igual que ellos.

Será entonces que tendríamos que hablar de envidia, de conflictos de clase y de ambicionar posibilidades –económicas y de posición. En el orden monárquico, un snob era aquel que aparecía en los censos calificado como “sin nobleza”, según lo explicó bien Ortega y Gasset.

Pero estamos en pleno siglo XXI y en otro estadio del capitalismo tardío; la sociedad de consumo plantea micro-sociedades bien definidas en las que permean enormes principios básicos. ¿En qué medida somos snobs? Ahí tenemos el ejemplo de las ventas disparadas de las camisas del Chapo Guzmán para ser imitado. ¿Acaso en la banda sinaloense no existe lo snob? ¿Cuánta gente quiere ser Julión Álvarez? Muchísimos más que los que desean ser como Tom Yorke, Joe Strummer, Robert Smith o Brian Eno.

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Existen unos senderos de snobismo que conducen hasta escenas en las cuales no lo hubiéramos pensado. Y es que el consumo mismo fija buena parte de nuestra personalidad. Ya lo plantean autores como los canadienses Joseph Heath y Andrew Potter: “rebelarse vende” y es evidente un negocio hasta en lo se llamó contracultura (que no existe más).

¿Para qué quiere un dark conseguir un costosísima edición japonesa de un disco? ¿Cuánto de sus ingresos invierte un metalero en un álbum casi inconseguible traído desde Noruega? Durante años subrayamos decir que el melómano es fetichista, pero en la era de lo digital, los milennials casi presumen de cosas intangibles –lo que ocurre en la red, música sólo en streaming–; pero, ¿qué pasa? Que ambos, de una forma u otra, buscan diferenciarse, construir una individualidad al tiempo que desean complicidad.

A estas alturas es imposible una idea de construcción social de la música, cuando la mayoría de las estructuras se han fragmentado, dejan de privar las mega colectividades y se consolida algo que podríamos llamar nanocolectividades o nanoescenas. ¿Qué otras cosa podría ser el consumo y desarrollo del J-pop o pop japonés de parte de mexicanos? Vamos, que hay segmentos especializados hasta en K-pop o pop coreano –ellos nos harán ver que no son lo mismo.

Es importante apuntar que no podemos aferrarnos y seguir atados a esquemas del pasado. Hace no mucho, le preguntaron al gran periodista Greil Marcus si el rock todavía puede producir figuras relevantes, a lo que respondió: “Hay una línea que va de Lady Gaga a Pussy Riot y viceversa. A lo largo de esa línea, encontrarás a un montón de artistas intentando hacerse escuchar, eso es todo lo que en realidad podemos pedir. Pero la relevancia cultural tiene más que ver con el impacto que un artista tiene en la vida de alguien, no con los medios de comunicación”. Ese halo aspiracional y snob no es otra cosa que masaje para el alma o la autoestima.

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De aquí que analicemos dos asuntos de lo snob: por un lado, no se explica ni se entiende en cuanto a la alta cultura –los narcos no quieren escuchar a Mozart– y tampoco se adhiere a la idea de vanguardia –categoría que se sostiene y funda en la idea de la novedad creativa y no comercial. El snobismo se manifiesta en todos y cada uno de los géneros musicales y a su vez en cada uno de ellos hay expresiones de mayor o menor calidad.

Suelo alimentar el tema citando un fragmento de uno de los primeros temas de Soda Estéreo. En “Jet Set”, Gustavo Cerati soltaba: “Lo que para arriba es excéntrico, para abajo es ridiculez”. ¡Cuánto han cambiado y rápido las cosas! A mediados de los ochenta, se evidenciaba esa idea de niveles de cultura y esa dicotomía entre Apocalípticos e integrados. Hoy no va más porque la cultura ha eclosionado y existe una maraña en la que no hay arriba ni abajo y en la que esa búsqueda de “excentricidad” –de colocarse fuera del centro de lo hegemónico– fluye entre personas y cada vez menos a través de los medios. Ese carácter legitimador se va difuminando, con la respectiva perdida de sentido crítico (quienes son iguales a mí, todo lo aplauden).

 

El pensamiento social de Peter Sloterdjik nos hizo concebir una filosofía de las esferas y la ciencia médica nos ha mostrado los granulomas (pequeñas esferas contenidas en una más grande), como si no fuéramos una enorme cápsula en la que cada granulo establece sus propios principios ideológicos, éticos y estéticos. Recordemos también que en este momento lo múltiple es un elemento esencial.

Cierto es que pretendemos obtener estatus y legitimidad, pero que provenga de una fuente a la que le otorgamos probidad y respeto. ¿Para que querría un músico experimental el halago de TV Notas?

Entendamos lo snob como una zona de tensión y deseo, además de una reivindicación estética de algo “que me representa”. El crítico Carl Wilson plantea en Música de mierda –un ensayo romántico sobre el buen gusto, el clasismo y los prejuicios en el pop– la obsesión entre ciertos sectores por llevar al Olimpo musical todo aquello que, a su entender, suene auténtico y "cool", un metalenguaje usado por unos pocos elegidos que alza un muro destinado a frenar lo que la ortodoxia del gusto califica de trillado y convencional.

Concluye que se trata de una búsqueda del estatus a través de la distinción, donde no cabrían, por ejemplo, ni El Código da Vinci ni, por supuesto, los discos de Celine Dion.

Concluyo con un regreso a Sloterdjik y sus esferas, con la noción de que lo snob también tiene algo de hedonista y gravita alrededor de los espacios de coexistencia, ya sean estos capítulos íntimos de micro-historia o nuestra inserción en comunidades y sistemas políticos –locales y globales– que forman nuestros modernos e hipercomplejos modos de estar en el mundo.

El pensador alemán alude a la comodidad biológica y  utópica que los seres humano  intentan reconstruir mediante la ciencia, la ideología, la religión… y, ¿por qué no?, el arte y la cultura.

Lo snob existe por doquier, pero, ¿cuántos desean presumir su carnet de socios premier?