The Coral es una agrupación ya veterana –este año cumple dos décadas– y es la clase de agrupación a la que, sin importar su calidad, el gran éxito no le ha llegado. Si bien su debut fue nominado al Mercury Prize en 2002 y Butterly House, su sexto álbum, fue designado disco del año en los Music Producers Guild Awards de 2010, el quinteto (James Skelly, voz, guitarra; Ian Skelly, batería, voz; Nick Power, teclados, voz; Paul Duffy, bajo, teclados, voz; y Paul Molloy, guitarra) se mantiene como una entidad de culto.

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Hace unos días, lanzó Distance Inbetween, su primera grabación luego de seis años –aunque The Curse of Love apareció en 2014, en realidad se grabó en 2005– y rompió el retiro en el que se había sumido.

Llama la atención la imagen. El booklet interior muestra una foto de los cinco integrantes arropados con extrañas vestimentas, en medio de un brezal. Es una indumentaria cercana a los sesenta, principios de los setenta, y ello también se trasladó a sus canciones. Si bien The Coral no deja de lado esa pátina de pop fino y elegante que ha cultivado desde sus comienzos, en esta ocasión abraza la sicodelia –un condimento que se expresó con fuerza en “The North Parade”, el corte que cerró su trabajo previo– con mayor ardor y decisión y lo asienta en los tres primeros cortes de Distance Inbetween.

“The Connector” se erige a partir de una base de teclados que crea un fondo ritual, mántrico, de tintes casi sagrados y sobre la cual se tiende un solo de guitarra ácido. “White Bird” es más terrenal, no obstante la inclusión de unos teclados cósmicos; se acerca un poco al folk inglés. Cierra este tríptico trepidante con “Chasing the Tail of a Dream”, bello título, mejor composición, ritmo persistente cercano al krautrock, atravesado por sonidos incidentales y un solo hermoso, viajero, de la guitarra que te eleva, te transporta y efectivamente te lleva a alcanzar la cola del sueño. 

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The Coral busca reinventarse sin necesidad de desdibujarse o negar su pasado, porque en “Distance Inbetween” nos encontramos frente a una composición más lenta, tranquila, cercana a la balada y que navega en las aguas del pop. Las armonías vocales, delicadas, casi de ensueño, regresan en “Million Eyes”, salvo que a la mitad, cuando creemos haber pisado tierra, el bajo anuncia la inminencia, la llegada otra vez de la guitarra que, acosada por la machacante sección rítmica, se abre espacios, borda el solo, se eleva y nos lleva otra vez de viaje.

En “Miss Fortune” tenemos a un grupo más alegre, despreocupado; también “Beyond the Sun” se antoja más pop, más cercana a sus temas pasados, salvo por algunos toques cósmicos, espaciales, y esa percusión cuyo objetivo pareciera ser sacarnos del tiempo cotidiano. “It’s You” puede agruparse al lado de “Miss Fortune”, mientras “Holy Revelation” y “Fear Machine” nos devuelven a la sicodelia. El final (“End Credits”) es un saludo al pasado, una banda sonora, rayada, desvaída, vieja, una cinta de celuloide gastada y apenas visible en la que desfila una serie de nombres que nadie quiere detenerse a leer.

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Producido por el grupo y Richard Turvey, The Coral ha creado un sólido trabajo. No, tampoco esta vez, creo, les alcanzará para alcanzar la fama y el éxito en los Estados Unidos y de allí brincar a donde sea, pero a ellos realmente eso no les importa. Su canciones no son para todos, son hermosas  –¿quién dijo que la hermosura debe ser apreciada por la masa?–, bien construidas, elegantes, finas: música para oídos exigentes y Distance Inbetween los consolida, aunque ello no incremente el número de seguidores.

The Coral. Distance Inbetweeen (Ignition Records, 2016)