El octavo álbum de estudio de Deftones (Gore, Reprise, 2016) por fin apareció completo el pasado 8 de abril y con tan humilde descripción como la que hizo el vocalista del grupo, Chino Moreno (“Es uno de los mejores discos de todos los tiempos”), lo menos que se podía hacer era ponerle atención. Los dos primeros sencillos “Prayers/Triangles” y “Doomed User”, previamente colgados en la red en distintas páginas de música, auguraban ya lo que venía: un disco notable, de esos que se pueden escuchar de principio a fin sin necesidad de cambiar o adelantar las canciones.

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“Prayers/Triangles” es un gancho infalible, pega desde el inicio donde debe pegar, abre con la voz suave y cuidada de Moreno para después explotar en el potente sonido de la batería de Abe Cunningham y la guitarra de Stephen Carpenter, quienes van construyendo un ambiente que permeará todo el disco. Con “Doomed User” la banda recuerda a sus seguidores que siguen siendo Deftones, pues esta canción mezcla el grito y la melodía en la voz; la música no deja de ser estruendosa y, al mismo tiempo, rítmica y disfrutable. En “Hearts/Wires”, el tercer sencillo, se delinea un sonido mucho más tranquilo que en los dos cortes anteriores; sin embargo, el plato entero es una perfecta amalgama de todos los temas, permite el paso de lo pesado a lo sutil para crear una especie de hipnosis que permite el disfrute entero de los casi cincuenta minutos del disco.

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La crítica ha recibido no sólo con aplausos este álbum, sino también con el asombro de ver cómo ha madurado, con el paso de los años, una agrupación que formaba parte de las listas del tan desprestigiado “nu-metal”. A pesar de la enorme popularidad del White Pony (2000) y de los aguerridos fans adolescentes (en aquel entonces) de la banda, disco con disco Deftones dejó en claro que “My Own Summer” y “Change” no era lo único que tenía que ofrecer. Colocarlos en aquella etapa de la música, que parecía destinada sólo a los quinceañeros enojados con el mundo que iban a los conciertos con ganas de gritar y brincar sin mayor propósito que descargar su furia, sería no ser objetivo con el desarrollo de una agrupación que ha cuidado sus presentaciones en concierto y que también ha sabido deslindarse de esa etiqueta incómoda que representa tocar música para sólo una generación.

El paso de la fama incontenible a finales de los 90 hasta la música que ofrece hoy la agrupación es algo digno de mencionarse, pues lo dieron sin perder el sonido fuerte que los caracteriza y supieron transformar su trabajo para lograr un estilo más sofisticado y armonioso entre lo metalero y lo refinado. Sus antiguos seguidores también han crecido y ahora la música de Deftones no sólo la disfruta un público joven que empieza a conocerlos con Gore, sino también aquellos que los descubrieron como un grupo de propuesta interesante desde el Adrenaline (1995).

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La música a la que se dedica el tiempo y el trabajo suficientes rompe las fronteras del tiempo, de los géneros impuestos y hasta de los detractores. Cuando un disco con esta calidad llega a los oídos, uno puede olvidar incluso la fanfarronería y pesadez de su vocalista, porque aunque la modestia no sea una de las virtudes de Moreno, basta con ese juego de voces al que ilumina con múltiples arreglos para dejar pasar ese dejo de soberbia. Deftones ha tenido la paciencia necesaria para planear con detenimiento cada disco, lo que considero ha sido la clave para definir bien el rumbo que quiere seguir. Este último disco se asemeja mucho más a Koi No Yokan (2012) que a Diamond Eyes (2010); no obstante, Gore ofrece en sí mismo innovación y cualidades específicas.

Si algo se agradece al nuevo material es que sea la música por sí misma, es decir, la sintonía de las texturas que logran Frank Delgado, el bajo de Sergio Vega y hasta la participación de Jerry Cantrell (Alice in Chains) en “Phantom Bride” lo que prende, diluye y crea la atmósfera envolvente de los once tracks que componen este álbum, pero al final sólo queda escuchar el disco entero y darle, o no, la razón a Chino Moreno.  

 

 

 

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