Aunque el blues tuvo como origen los cantos de los trabajadores y trabajadoras de los campos de algodón del sur profundo estadounidense, específicamente del delta del río Mississippi, y por ende no podría otorgársele una génesis masculina o femenina, fueron las mujeres quienes en las primeras décadas del siglo pasado ayudaron a popularizar este género primigenio.

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En efecto, el primer blues en la historia del disco fue grabado por una mujer. Las cosas sucedieron de manera un tanto fortuita, ya que el director musical Perry Bradford, un hombre de color (negro, dirían Les Luthiers), había fracasado en sus intentos para que la disquera OKeh contratará a cantantes afroamericanos. Sin embargo, a punto de entrar en febrero de 1920 a una sesión de grabación con la orquesta de Bradford, la intérprete blanca Sophie Tucker se indispuso y fue necesario buscar a una sustituta inmediata. La elegida fue una negra de voz maravillosa, Mamie Smith, quien grabó "Crazy blues" y entró de esa manera a la historia.

El dinero no tiene color

El éxito comercial de este disco hizo que OKeh y otras compañías disqueras se abrieran ante la evidencia y comenzaran a contratar damas que cantaran blues. De esa primera hornada surgieron pioneras como Lucille Hegamin, Ethel Waters, Edith Wilson, Trixie Smith, Lizzie y Josie Miles, Eva Taylor, Sara Martin y la excelsa Alberta Hunter.

1923 marcó un parteaguas en la historia discográfica, ya que fue en ese año cuando surgieron los llamados race records, es decir, los discos raciales, enfocados de manera específica al público de color. Y aunque hay una evidente connotación racista en el nombre de esos discos, la verdad es que gracias a ellos se dio una explosión del blues con las mujeres a la cabeza. De los race records salieron Maggie Jones, Rosa Henderson y Viola McCoy, así como las cuatro más grandes intérpretes del blues clásico: las enormes Clara Smith, Ida Cox, Bessie Smith y la considerada madre del blues: Ma Rainey.

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Ma Rainey nació en Georgia en 1886 y empezó a cantar lo que podríamos considerar propiamente como blues en 1902, a los dieciséis años de edad. Grabó sus primeros discos a principios de los veinte en Chicago y de allí se trasladó a Nueva York, donde se unió, junto con Louis Armstrong, a la orquesta de Fletcher Henderson. Su forma desgarrada de cantar, de llorar el blues, la hicieron muy popular sobre todo en el sur de los Estados Unidos.

La emperatriz del blues

Pero si Ma Rainey fue la madre del blues, a Bessie Smith se le conoció como “La emperatriz”. Nativa de Tennessee, donde nació en 1894, quedó huérfana desde muy pequeña y empezó a ganarse la existencia cantando en las calles. Sus biógrafos dicen que su vida representa la más prodigiosa ascensión social que podía soñar un negro (y más si era mujer), a través de los múltiples obstáculos impuestos por la sociedad de los blancos. En unos pocos años, logró alternar con los más grandes músicos de blues y de jazz de su época (Armstrong, Coleman Hawkins, Charlie Green, Don Redman, James P. Johnson) y llegó a convertirse en una fastuosa diva, en una verdadera emperatriz. Según el investigador francés Jean Buzelin, la voz de Bessie Smith "era extraordinaria -una contralto poderosa y profunda- y se apoyaba en una dicción excepcional y un sentido del drama a la vez innato y elaborado. Nunca fue igualada y acaso sólo Mahalia Jackson podría acercarse a su nivel".

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La crisis de 1929 hizo que las blueseras de aquella década turbulenta decayeran y terminaran olvidadas durante largos años. No obstante, aquellas madres del blues lograron dar a conocer el punto de vista de las mujeres negras en un contexto dominado por los varones blancos y su obra sirvió para abrir paso, en la aún incipiente y cerrada industria del disco, a géneros como el jazz, el gospel, los espirituales negros y, muy especialmente, la música de blues.