Existe una larga y emocionante relación entre música y literatura, pero el meollo de este texto se refiere específicamente a músicos que también escriben y viceversa. Quizá uno de los casos más apegados a la tradición sea el de Leonard Cohen. El canadiense comenzó como poeta y novelista antes de convertirse en un afamado cantante y un personaje con una larga historia de vida bohemia y austeridad monacal. Pero en los últimos años ha sido el californiano Mark Oliver Everett, mejor conocido como Eels, quien detonó esta brecha creativa con Cosas que los nietos deberían de saber, un texto autobiográfico y lleno de las tragedias que lo han acompañado.

Pero también podemos mencionar a Bill Callahan –gran figura del folk rock– con su novela Cartas a Emma Bowlcut, junto a Micah P. Hinson y No voy a salir de aquí, ambas editadas por Alpha Decay en español. Existen otros muchos músicos-autores interesantes –como Momus, James Rhodes y Sr. Chinarro–, pero la terna anterior encaja perfectamente a la hora de remontarnos a Willy Vlautin, dado que todos se decantan por tocar folk rock y alt country con distinta intensidad eléctrica y también por trasladar su gran capacidad narrativa a sus canciones.

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En cada uno, sus temas parecen cuentos musicalizados y sus historias transpiran la intensidad que existe en su música. En ambos campos se mueven con suficiencia e inspiración. Lo mismo ocurre con el nacido en Reno, Nevada, en 1967. Digamos que Vlautin nos ha entregado obras memorables en ambos campos, pero sin que haya valido para que se convierta en una súper estrella. Más bien podemos pensar que factores mercadotécnicos han influido en que no diera el salto a las grandes ligas (avanzó más en el terreno editorial).

En México pudimos leer la novela Vida de motel (2008, editada por la casa española Bellacqua), de la que se dice: “Como si Tom Waits nos susurrara relatos apoyado en la barra de un bar, Vida de motel cuenta la historia de dos hermanos, Frank y Jerry Lee, que se echan a la carretera en un intento de huir del atropello que ha cometido el segundo. Con una enorme dosis de sentimiento y compasión, Willy Vlautin explora las vidas y las frustraciones de los dos hermanos –uno, narrador de historias nato; el otro, aspirante a artista”. La versión cinematográfica se estrenó en 2012 y tiene a Dakota Fanning y Kris Kristoffersen encabezando el elenco y su impacto fue modesto.

Ese libro se promovía con la frase: "Supe que la mala suerte nos había encontrado a mi hermano y a mí” y parece que saltó a la vida real; terminó en la mesa de remates de las librerías. Acá ya no se distribuyó Northline y en español permanecen inéditas Lean on Pete (2010) y The Free (2014). La escritura de Willy Vlautin se vincula con lo que hace Cormack Mc Carthy, principalmente, pero también tiene vínculos con la prosa de Sam Shepard, Raymond Carver y Richard Ford. ¡Vaya otra relevante terna de influencias!

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Vlautin encuentra la manera de ir enhebrando ambos entornos. En Richmond Fontaine, la banda que formó en 1994, aparecen también elementos de su literatura. Por ejemplo, Allison Johnson es un personaje que protagoniza la novela Northline, pero que antes fue una canción del álbum Winnemucca (2002) y que también protagoniza la canción del mismo nombre que viene en el disco Post to Wire (2004). El autor organizó el grupo desde Portland, Oregon, por lo que al momento de componer suele remontarse a parajes que conoció en el pasado.

Richmond Fontaine ha tenido una larga historia, en la que han perseverado sin caer en la desesperación. Los primeros diez años trabajaron sin parar, conservando casi la misma alineación y el mismo productor, J. D. Foster (colaborador de Calexico). Comenzaron grabando Safety (1996) y cerraron ese primer gran capítulo con Obliteration by Time (2006).

Ahora están de vuelta con el que es su décimo primer LP, al que han titulado You Can’t Go Back If There’s Nothing To Go Back To (Décor, 2016) y que tardó cinco años desde su anterior entrega, The High Country (2011) que es su trabajo más aceptado en el Reino Unido y que incluso llegó a las listas británicas.

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Enfrentaron la creación de este disco entre Dan Eccles (guitarra), Sean Oldham (batería), Paul Brainard (en la pedal Steel guitar) y Vlautin (guitarra y voz), más un nuevo bajista, Freddy Trujillo, procedente de The Delines. Tuvieron como invitado a su viejo amigo Jenny Conlee, tecladista de The Decemberists –otra de las glorias de Portland– y en la consola de grabación a John Askew. Y aunque tienen en puerta una extensa gira europea, han anunciado que se trata de la obra póstuma de la agrupación, el capítulo final de esta saga; una más que evidencia la dificultad de hacerse de un lugar en el indie internacional. Hasta se puede decir que interesan más fuera que en su propio país (en Australia les ha ido bien).

Las trece canciones que entregan como su acto final comienzan con “Leaving Bev’s Miners Club At Dawn” y cierran con “Easy Run”. Todas conservan esa gran capacidad descriptiva, sus vínculos geográficos con el Oeste –México incluido– y siguen habitadas por gente viajera, por extraviados hasta de sí mismos que se mantienen a la vera del dichoso “sueño americano”. Son historias de perdedores y outsiders que parecen haberse fugado del repertorio de Tom Waits. Abundan los desesperados que tratan de imaginar una raquítica forma de esperanza. De ahí que surjan títulos como “I Can’t Black It Out If I Wake Up And Remember” y que el diario inglés The Independent llamara a Willy Vlautin, “El Bob Dylan de los descolocados”.

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Es inevitable apuntar que alrededor de todo el disco  gira la idea del fracaso, ya sea debido a empleos grises, a matrimonios desabridos o a no tomarle el ritmo a la existencia. Vlautin ha dicho que “Wake up Ray” tiene una letra muy cercana a los cuentos cortos de Raymond Carver, en los que la rutina suele corroerlo todo.

¿Qué es lo que distingue a Richmond Fontaine? Sobre todo la manera en que cuentan los sucesos y los lugares a los que se remontan. ¿Cuántas canciones existirán que incluyan una mención a Wyoming? Y no sólo eso, también dedican un tema a una ciudad de Oklahoma, “Tapped Out In Tulsa”. El autor se inspira en la provincia y en seres comunes y corrientes que pelean por un lugar en el mundo. No todas las historias del rock tienen un final dulce. El grupo termina su camino, pero Willy Vlautin seguirá en la ruta mientras su imaginación siga pariendo ficciones. Richmond Fontaine guardará silencio, pero el escritor seguirá aferrado a su oficio. ¿Puede un hombre renunciar a su esencia?