1) En todos los talleres de creación literaria que he coordinado, he imbuido a los alumnos a que escuchen música clásica —o de concierto o buena música o como quieran llamarla. Por varias razones. En primer término, porque es bella. Es hermosa como los ojos de una mujer atravesada por la melancolía. Porque a través del encabalgamiento de los sonidos, el alma de un hombre genera emociones. Situaciones anímicas que crecen y se enriquecen en el corazón mismo. Pero también porque a través del desarrollo de la espiral de la música es posible advertir el modo cómo el ser humano ha enfrentado su realidad. O mejor que enfrentado, dominado.

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2) La música dota al hombre que escribe de numerosos recursos narrativos. Por ejemplo, basta con desmenuzar la música de Beethoven. Pensemos en sus obras sinfónicas. Detengámonos en su tercera sinfonía, la Heroica. El  modo como empieza es un surtidor de emociones. Y a partir de ahí las frases se disputan el poder. Cuentan algo. Arman una historia poliédrica en la mentalidad del que escucha. Así se debe escribir. Que el lector se sumerja en el conflicto desde el arranque mismo. Justo ahí radica el atractivo del arte en general y de la música y la narrativa en particular: en que debe provocar conflicto. Porque donde hay conflicto hay vida. Beethoven lo sabía. Beethoven nos lo ha enseñado. Prácticamente desde sus primeras obras, hay conflicto. Incluso podríamos hablar de un conflicto en otro. O de una jerarquía de conflictos.

3) La Heroica es una sinfonía que contiene toda una escalada de conflictos. Lo cual la torna doblemente, triplemente más poderosa. Los contrastes van creciendo en nuestros oídos. Y de pronto ya nos encontramos tarareándola. O silbándola. O si tenemos un tímpano más o menos permisivo y necio, capaz de reproducir melodías aun elementales, acaso nos sentemos al piano y reproduzcamos aquellas notas que han levantado a la humanidad.

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4) Cuando menos vienen a mi mente dos escritores —tres, cuatro, cinco— capaces de arrebatarle a Beethoven las ideas y componer con ese aplomo: Chejov, Dostoievski, William Styron, John Fante y Jack London. Es como si tuvieran las manos colmadas de vida y las vaciaran al momento de escribir.

5) Más sobre Beethoven. No nos suelta. Cuando lo escuchamos nos mantiene en el límite de las emociones. Bajo su música, un hombre es capaz de declarar su amor. De escribir aquellas palabras que quería expresar y que no las había hallado en ningún extremo de este páramo llamado existencia humana. Y si es odio lo que quiere decir, entonces la música de Beethoven lo hará desistir. Con esa música tan vigorosa el odio desaparecerá. Pues el alma de ese hombre rebosará de ideas constructivas. Cuántos hombres permiten que el odio los muerda porque tienen el alma vacía. Como un bote de basura que se ha vertido.

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6) La música es suficiente porque está en armonía. Aun los sonidos que se empalman se distinguen entre sí. Y el sonido simultáneo crea nuevos sonidos. Que en última instancia es una nueva idea. Si admitimos que a cada sonido corresponde una idea.

7) Yo escucho música desde antes de nacer. Por eso escuchar la música me regresa a la placenta de mi madre. Mis padres hacían música de cámara cuando yo estaba en el vientre de mi madre. Él al violín y ella al piano. Así le hacían. Beethoven, Brahms, Mozart, desfilaron en mis oídos con más fuerza que mis propios berridos. Pocas combinaciones —mezclas— tan dulces y dramáticas como la del violín y el piano. Yo necesito la música porque la música le da armonía, orden, estructura a lo caótico. Me da estructura a mí. Impide que me suicide. Aunque beba —yo, fíjense quien lo dice—, la música impregna mi corazón de humildad, de esperanza. Nunca la literatura me dará eso.