Jace Lasek y Olga Goreas son músicos y esposos; también son el núcleo de un grupo de rock que en Canadá tiene el estatus de superestrella –tanto por la calidad de la propuesta, como por las distintas aportaciones que han realizado a la escena musical de Montreal. Pero esta historia comienza más bien con sus costumbre domésticas. Todos los veranos suelen tomar su camioneta y remolque y manejar hasta un remoto lago en la provincia de Saskatchewan del que tomaron el nombre para el grupo.

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Se trata de un paraje rural, alejado casi de todo, que siempre les atrajo por su calma y belleza. Ahí solía brotar la inspiración de forma natural y sin complicaciones –pasaban días enteros sin divisar a otro ser humano. Ellos conectaban una grabadora portátil en el tráiler y dejaban que las cosas fluyeran. Y así lo hicieron durante años. Hasta que en la temporada pasada se vieron rodeados por un círculo de fuego del que al principio ni siquiera se habían dado cuenta. Jace Lasek cuenta que de repente se vieron rodeados por helicópteros que llevaban enormes tanques de agua, mientras ellos seguían pescando pacientemente en el lago. Aquello se fue tornando complejo y la pareja sintió que incluso algún espíritu maligno se cernía en el ambiente. Un sitio usualmente bucólico se tornó en algo salvaje y de una fantasía retorcida y oscura.

O al menos ellos lo percibieron así, porque tal rumbo lleva A Coliseum Complex Museum, el disco que salió con el material que llevaban compuesto durante el periplo y que mezclaron con los recuerdos que brotaron durante las posteriores sesiones en los Breakglass Studios que hace más de una década atrás fundó Lasek en Montreal, la ciudad a la que la pareja decidió mudarse tanto por su intensa vida cultural como por aspectos económicos –el nivel de vida es atractivo hasta para los nativos.

Ellos se conocieron cuando vivían en Vancouver. Jace se movía en el terreno de la fotografía y el arte; Olga ya probaba suerte como bajista en el circuito underground de la costa oeste. Una vez que se enamoraron, optaron por cambiar de aires y de lado del país. Vancouver se tornaba muy caro, debido a la gentrificación. Analizaron los beneficios del referéndum quebequense de 1995 y los acomodos sociales –muchos anglos se han ido de la región mayoritariamente francófona. No les fue difícil hallar un inmueble en pleno cambio de siglo y de milenio para centrar sus vidas en la música y para ello el estudio resultó clave.

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Las condiciones imperantes favorecieron el desarrollo del arte regional y cuando se dieron cuenta ya existían figuras tan reverenciadas como Godspeed You! Black Emperor y Arcade Fire que alternaban con otros muchos proyectos que pasaron por Breakglass. Entre las agrupaciones que ahí grabaron están Wolf Parade, The Unicorns, Stars y Land of Talk, entre otros. Lasek terminó por completar sus habilidades como guitarrista y la interacción con otros colegas lo encaminó como compositor; con todos compartió la premisa de que el estudio era y es un instrumento más –idea que aprendió muy bien de Brian Wilson.

En 2003 editaron su Volume 1 y la pareja invitó a otros colegas a colaborar. The Besnard Lakes siempre ha mantenido un concepto de “obra abierta” y funciona como un enorme taller musical. Lo que no obsta para que la tecladista Sheenah Ko y el guitarrista Richard White hayan sido sus miembros más estables. Para las giras, la banda ha ido modificando su alineación desde cuatro a seis miembros, depende el proyecto. Pero la aclamación importante en su país despegó con el segundo disco; en The Besnard Lakes Are the Dark Horse (2007) aparecieron como invitados miembros de Stars, The Dears y Godspeed You! Black Emperor/Silver Mt. Zion. La prensa lo consideró la obra de un supergrupo y obtuvo la nominación al prestigiado Premio Polaris, el más notable de Canadá. La misma suerte corrió el siguiente LP, The Besnard Lakes Are the Roaring Night (2010). El prestigio de la banda los hizo firmar para este disco con Jagjaguwar, una disquera norteamericana que se caracteriza por sus excelentes propuestas en términos estéticos y no necesariamente comerciales.

The Besnard Lakes no se ha convertido en una agrupación masiva sino en una propuesta que atrae por igual a los seguidores del shoegaze y el dream pop que a los veteranos interesados en el rock progresivo; es interesante como sus seguidores tienen edades muy dispares. Su racha de excelencia prosiguió con Until in Excess, Imperceptible UFO (2013) —otra vez en los Polaris—, cuya gira ya tuvo al guitarrista Robbie MacArthur, actualmente miembro formal. White se cansó de los viajes, pero sigue colaborando en el estudio.

Así es como han llegado hasta A Coliseum Complex Museum (Jagjaguwar, 2016), el cual tuvo como antecedente al Ep Golden Lion, cuyo tema pretexto viene también en el LP. Se trata de un disco fuertemente impactado por el entorno natural, pero en el que Olga Goreas se ha volcado con una mayor cantidad de elementos tomados de la fantasía. Al parecer funciona como una especie de Bestiario, a juzgar porque "The Bray Road Beast" y "Golden Lion” —los dos primeros temas— se refieren a criaturas inventadas.

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Cómo es el sello del grupo, subsisten los intrincados y poderosos juegos de guitarras que se reparten su pasado musical; por momentos se afilian a My Bloody Valentine y en otros pasajes apelan por Led Zepellin. Sheenah Ko aporta las texturas y acumulación de capas sonoras que tanto atraen a los seguidores de grupos como Beach House. El baterista, Kevin Laing, posee un estilo poderoso y concreto; siempre al servicio de la estructura de las canciones, mismas que llegan a tener hasta tres guitarristas juntos (en las sesiones).

La presencia de dos parejas de hombres y mujeres, aunado a que se atrevan con las voces simultáneas y los coros susurrantes, ha llevado a que los comparen con Fleetwood Mac, lo que no deja de parecer más bien un guiño histórico.

En este momento, ellos han buscado hacer tal vez el disco más intenso de su carrera. Se conforma de ocho canciones cuyos desarrollos son más bien largos y cuyas temáticas han sido influenciadas también por la obra del escritor de comics Grant Morrison, quien abunda sobre los Sigils, una especie de símbolos místicos de origen celta –parecidos a las runas vikingas– y que a través de líneas representan conceptos enteros. Olga —que practica también la meditación— diseñó once que se incluyen en el libreto y que en la edición de lujo son objetos incluidos dentro. Los significados de cada uno no son tan oscuros –uno es para empatía, otro es para el amor–, si consideramos que otro de los temas se llama “Necronomicon”, como el libro maligno imaginado por H. P. Lovecraft.

 The Besnard Lakes han dicho que este fue el disco en el que no les dio temor confesar su amor por aquel alejado paraje –lo que les parecía un cliché-. A su manera, era un tributo a la naturaleza, pero Olga lo llenó de portales dimensionales e imaginería fantástica. Es un magno trabajo de esplendente potencia energética. ¿Importa acaso que no llenen estadios? Al éxtasis sólo pueden llegar unos cuantos iniciados.