Con sus más de seis minutos de duración, este tema escrito por Bob Dylan y aparecido por primera vez en el álbum Highway 61 Revisited, marcó un parteaguas en el desarrollo de la música popular, no sólo de los Estados Unidos sino del mundo occidental todo.

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A mediados de julio de 1965, en un estudio de la disquera Columbia, en pleno Manhattan, el cantautor estadounidense Bob Dylan (Duluth, Minnesota, 1941) y un grupo de músicos de sesión –Mike Bloomfield (guitarra), Al Kooper (órgano), Paul Griffin (piano), Joe Macho (bajo), Bobby Gregg (batería) y Bruce Langhorne (pandereta)– se dispusieron a hacer historia, tal vez sin tener plena conciencia de ello.

El productor de Highway 61 Revisited, el álbum en el cual se incluiría “Like a Rolling Stone”, era Tom Wilson. Dylan y él habían pasado las de Caín al hacer varias tomas de la pieza con la misma alineación mencionada, aunque con el guitarrista Al Gorgoni en lugar de Bloomfield y el organista Frank Owen en lugar de Kooper. Si bien habían grabado sin problemas un par de canciones (“Phantom Engineer” -que después se llamaría “It Takes a Lot to Laugh, It Takes a Train to Cry”- y “Sitting on a Barbed Wire Fence”, la cual no quedaría finalmente en el LP), las tomas de “Como una piedra que rueda” no habían funcionado. Sin embargo, las cosas iban a ser muy distintas durante la jornada siguiente.

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Con la presencia de Mike Bloomfield y Al Kooper, la calidad musical se elevó al máximo. Kooper tenía sólo veintiún años, pero su talento era asombroso. Su presencia en el estudio había sido un tanto circunstancial, ya que Tom Wilson lo había invitado para que observara la grabación desde cabina, sabedor de que era un gran admirador de Dylan. Quiso el destino que Frank Owen tuviera una actuación desastrosa en otra de las tomas, lo que le valió ser despedido junto con Al Gorgoni.

La cita para el día siguiente era a las dos de la tarde. Cuenta Al Kooper que él arribó a la una y veinte, guitarra en mano, con la esperanza de ser tomado en cuenta para ocupar el lugar que había dejado vacante Gorgoni. “Nadie había en el estudio. Me conecté y empecé a calentar. Al cuarto para las dos llegó Bob, acompañado de Mike Bloomfield, a quien yo no conocía. En cuanto lo oí tocar la guitarra me quedé boquiabierto, desconecté la mía con discreción y me refugié en la cabina. Jamás había escuchado a un músico blanco tocar el blues como Mike”.

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Con Bloomfield en la guitarra y Paul Griffin en el órgano Hammond, el propio productor Wilson tuvo que encargarse del piano. Se grabaron dos tomas y Dylan no acababa de sentirse satisfecho. Al Kooper observaba todo detrás del gran cristal de los controles y su imaginación musical marchaba a mil por hora. De pronto, se acercó a Wilson y le dijo que se le habían ocurrido algunos arreglos para la parte del órgano que podrían amarrar la canción. El productor lo miró condescendiente y le recordó: “Tú no eres tecladista”.

Sin embargo, las cosas se sucederían en forma caprichosa. Alguien llamó por teléfono a Wilson y tuvo que salir por un momento. Cuando regresó, Kooper estaba instalado detrás del Hammond. A pesar de su desconcierto, el productor decidió dejar que tocara el órgano en la siguiente toma. Fue un momento mágico. Aun cuando Al Kooper todavía no era el gran organista que sería con los años, su arreglo embonó a la perfección con lo que Bob Dylan buscaba y, sí, en efecto, es ese mismo órgano Hammond que todos hemos escuchado en la grabación original desde hace más de 50 años. La osadía le valió al novato para aparecer en los créditos del Highway 61 Revisited, como Alan Kooper.

Por supuesto, el órgano no es lo único notable en la instrumentación de “Like a Rolling Stone”. Ahí están la espléndida guitarra de Bloomfield, el memorable piano de Griffin y, por sobre todas las cosas, la inconfundible armónica y la voz gangosa y burlona de Dylan al interpretar esa letra tan llena de rabia e irónico desdén, esa larga letanía de cuatro estrofas y cuatro coros que revolucionaría al rock.

Bob Dylan había escrito “Like a Rolling Stone” en medio de una gran crisis personal. Acababa de regresar de una larga gira por Inglaterra y estaba harto del trajín y los excesos que implicaba ser una estrella. Aparte, acababa de terminar su relación sentimental con Joan Baez y la depresión lo acosaba. Cansado y aburrido, decidió que era hora de abandonarlo todo y se retiró a la casa campestre de la madre de Peter Yarrow (del trío folk Peter, Paul and Mary) en Woodstock, Nueva York. Con él se fue su flamante novia y futura esposa, Sara Lowndes.

Durante aquel retiro, se dedicó a meditar y a escribir. Uno de sus largos textos poéticos fue acortado por él mismo hasta darle forma de letra de canción. La tonada surgió en el piano (“todo comenzó con ese riff tipo ‘La Bamba’”, comentó Dylan alguna vez) y muy pronto esa confluencia entre poesía y música dio como resultado una singular pieza a la que tituló con las palabras de la línea final de cada coro: “Como una piedra que rueda”.

“Like a Rolling Stone” representó un nuevo género de composición de canciones. Antes de ella las letras eran muy distintas, incluso las del propio Dylan. Llena de imaginería y de alusiones surrealistas –como la del gato siamés en los hombros del diplomático o el caballo cromado–, de bizarros personajes -como la Señorita Solitaria (Miss Lonely), el vagabundo misterioso o ese Napoleón en harapos-, en sus versos –tan herméticos que se prestan a mil interpretaciones distintas– están presentes la poesía beat y cierta literatura decimonónica. Hay ahí –como alguien dijo–  “más de Allen Ginsberg que de ‘Going to the Go-Go’, es el encuentro entre ‘Hound Dog’ y ‘Howl’”. Pero la gran duda, jamás revelada por Bob Dylan es a quién está dedicada la canción. ¿A algún personaje desconocido? ¿Al insoportable manager de la gira por Inglaterra? ¿A Joan Baez? ¿A él mismo? La respuesta está en el viento y el buen Robert Zimmerman posiblemente se la llevará a la tumba.