“I went to the crossroad, fell down on my knees
I went to the crossroad, fell down on my knees
Asked the Lord above: "Have mercy, now save poor Bob, if you please”.
—Robert Johnson, “Crossroad Blues”

¿Vendería usted su alma al diablo? Digo, a cambio de talento, fortuna, amor, salud, belleza, genio, ¿por qué no? Después de todo, ya estamos viviendo en el infierno.

Posiblemente una reflexión muy parecida fue la que se hizo Robert Johnson cuando, siendo muy joven y muy torpe y muy desangelado y muy mediocre en lo que le gustaba –la música de blues–, decidió dirigirse a un solitario cruce de caminos, una encrucijada, con el fin de encontrarse con Satanás y negociar con él la venta de su alma de negro explotado, maltratado, despreciado. Cuando menos eso es lo que cuenta la leyenda de este hombre mítico, uno de los padres del blues rural y fuente de inspiración de personajes que van de Muddy Waters a Eric Clapton y de Keith Richards a Walter Hill.

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Las historias sobre músicos de blues que se dirigían a ciertas encrucijadas en busca de Legba (uno de los nombres que recibe el diablo en los ritos del vudú), para intercambiar sus ánimas por una dote de capacidad como compositores e intérpretes, eran comunes en las primeras décadas del siglo pasado. Así, a nadie extrañó la idea de que Johnson, un desgarbado muchacho que anhelaba ser un gran bluesero, hubiese intentado realizar aquella demoniaca transacción. De hecho, era la única explicación que encontraron muchos de sus contemporáneos, quienes conocían sus notorias limitaciones como guitarrista y cantante –incluso había sido humillado por su ídolo, el gran Son House, debido a su nula capacidad artística– y se encontraron de pronto con que el tipo se desvaneció materialmente durante algunos meses, para reaparecer convertido no sólo en un músico de primer orden, con un originalísimo estilo de pulsar las seis cuerdas de su tosco instrumento, sino en un genial escritor de canciones de blues que habrían de alcanzar la inmortalidad.

Nacido en la región del delta del Mississippi en 1911, Robert Dodds Johnson tuvo una infancia llena de pobreza y amargura, con el agravante de que siendo muy pequeño se quedó huérfano de padre y su padrastro lo maltrataba y lo obligaba a trabajar en los campos de algodón. Por eso huyó de su casa y buscó ser lo que desde siempre soñó: un blues man. Sus primeros intentos fueron con la armónica, pero no era muy bueno en eso y se decidió por la guitarra, con la que era aún peor. Se dice que cuando se ponía a tocar junto con su compañero y amigo, el armoniquista Willie Brown, la gente en lugar de acercarse, huía. Así de malo era aquel infeliz musiquero.

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Pero he aquí que ocurrió el milagro y sea por la intervención de Lucifer o por alguna otra extraña que también tuvo algo de mágica (got his mojo workin’?), por allá de 1930 el buen Robert se convirtió en un músico de primer orden y comenzó a componer temas extraordinarios, llenos de nostalgia y tristeza, pero también de ironía y de un humor (por supuesto) negro. Blueses como “Love in Vain”, “Sweet Home Chicago”, “Terraplane Blues”, “Dust My Broom”, “Drunken Hearted Man”, “Stop Breaking Down Blues”, “I’m a Steady Rollin’ Man”, “Rambling on My Mind” y, claro, “Crossroad Blues” lograron trascender hasta llegar a oídos de algunos blancos buscadores de talento, quienes no tardaron en dar con Johnson y llevarlo a un estudio de la compañía ARC, en Texas, donde el hombre grabaría, en 1936 y 1937, 32 canciones (algunos aseguran que fueron sólo 29) que hoy son absolutamente legendarias.

Johnson era de naturaleza nómada. Su instinto viajero e itinerante hizo que tuviera una vida inestable, llena de aventuras amorosas, largas travesías, temporadas buenas y temporadas miserables. Con su guitarra y en compañía de algún músico que podía ser Willie Brown o Johnny Shines, recorrió buena parte del territorio norteamericano, desde su natal Mississippi a Arkansas, de St. Louis a Detroit e incluso hasta Canadá, donde llegó a presentarse en varias estaciones de radio. Alguna vez, el ya mencionado Shines lo recordaba de la siguiente manera: “Robert era la clase de tipo a quien se podía despertar a la mitad de la noche, siempre estaba listo para partir. Por ejemplo, si había estado tocando durante largas horas en Helena, luego de un largo viaje desde Memphis, no importaba si apenas llevaba una hora durmiendo. Si alguien le decía que se acercaba un tren, se levantaba, tomaba sus cosas y lo abordaba por la parte de atrás, clandestinamente. Siempre estaba presto para seguir, para explorar el mundo”.

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Esa vida aventurada y aventurera sólo podía tener un final trágico. Enamoradizo por naturaleza, se dice que se metió con una mujer casada y que el furioso marido lo asesinó envenenándolo. Era 1938, Robert tenía apenas 27 años, la misma edad a la cual murieron Brian Jones, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison y Kurt Cobain.

Las composiciones de Robert Johnson quedarían olvidadas durante largo tiempo, hasta que en los años sesenta algunas fueron retomadas por gente como Eric Clapton y John Mayall (“Rambling on My Mind”), Cream (“Crossroad Blues”), los Rolling Stones (“Love in Vain”), Bob Dylan (“Milkcow’s Calf Blues”), Peter Green (“Stop Breakin’ Down Blues”) y más tarde los Blues Brothers (“Sweet Home Chicago”), entre varios otros. En 1984, el realizador Bertrand Tavernier filmó la excelente cinta Mississippi Blues y en 1986, el norteamericano Walter Hill dirigió la no menos buena Crossroads, cuya banda sonora corrió a cargo de Ry Cooder. Ambas homenajean merecida y respetuosamente a Johnson, el bluesero que en una solitaria encrucijada rural hizo un pacto con el diablo para condenarse y, sin embargo, llevarnos con su música al paraíso.