Hice un experimento con el más reciente disco de Jaramar, el bellísimo El hilo invisible (Fonarte, 2015). Se lo puse a dos amigas mías, muy jóvenes ambas (veinteañeras, pues), para ver qué efecto causaba en ellas una música tan antigua como la de los cantos sefaradíes (o sefardíes o sefarditas), es decir, piezas compuestas por judíos que vivieron en España antes de ser expulsados por la reina Isabel la Católica, a finales del siglo XV.

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Primero se lo puse a una amiga de origen hebreo y se conmovió muchísimo con la ternura, la nostalgia, la emoción de los diez temas que conforman el álbum y la manera como la gran cantante tapatía las interpreta. Creo que tocó las fibras genealógicas más profundas de mi querida camarada. Días más tarde, mientras compartíamos charla y vino, se lo puse a otra amiga sin previo aviso. Primero continuó la plática, pero noté que cada vez se fijaba más en la música hasta que al final me preguntó: “¿qué es? ¿Quién canta?”. Sobra decir que también le gustó mucho.

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Jaramar grabó esté disco acompañada por cuatro músicos excelsos: los integrantes del Cuarteto Latinoamericano, dirigidos por Javier Montiel, violista y también miembro de este espléndido conjunto mexicano de cuerdas. Lo hizo en un recinto ideal, tanto por su acústica como por su significado: la sinagoga Justo Sierra, ubicada en el centro histórico del DF.

“Grabamos como si fuera un concierto, pero sin público”, me cuenta Jaramar en una entrevista. “Es la manera como habitualmente graba el Cuarteto. Ellos no suelen hacerlo con una cantante, prefieren concentrarse en su música, pero desde el primer ensayo nos dimos cuenta de que era la mejor manera: que grabáramos los cinco. Todo fue muy fluido. Los músicos entendieron exactamente cómo era la manera en que tenían que interpretar las canciones. Les bastó dar una sola leída a las partituras para saber cómo era todo. Hubo mucha facilidad para conectarnos de inmediato”.

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Le cuento del experimento que hice con las dos chicas y Jaramar sonríe sin sorprenderse demasiado: “El repertorio sefaradí es parte del repertorio de la música medieval y renacentista. Es un repertorio que he cantado muchísimo tiempo, que conozco bien y que he llevado a muchos lados. El público que me ha escuchado no pertenece a algún sector en particular, es amplísimo y lo es precisamente porque se trata de música popular, no es música elitista de su época, en absoluto, sino música que apela a los sentimientos y yo creo que eso ayuda a que la gente se pueda conectar, además de que son melodías exóticas, algo muy atractivo”.

Jaramar descubrió la música sefaradí a los 22 años, en Guadalajara, gracias a un amigo de su padre. En ese entonces, interpretaba canto nuevo en peñas y cafés de la ciudad, pero el descubrimiento de la música medieval y renacentista española la transformó por completo y prácticamente la adoptó. Ella misma lo cuenta: “Desde ese momento, no dejé de cantar esa música y así fue que me descubrieron los músicos dedicados a ese género. Me invitaban a festivales y luego entre a formar parte, durante cerca de diez años, del grupo Ars Antiqua. Empecé mi proyecto solista, como Jaramar, en 2002, y mi primer disco, Entre la pena y el gozo, salió en 2003. En él y en los que le siguieron ya había música sefaradí”.

A principios de la actual década, la cantante se había dedicado más a sus propias composiciones, pero al cumplirse 20 años de su primer álbum, decidió revisitar el viejo repertorio con una nueva perspectiva y de ahí le vino la idea de grabar El hilo invisible.

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Le pregunto cómo se dio el proyecto con el Cuarteto Latinoamericano y cuenta que “surgió precisamente de ese regreso a la música sefaradí. Pero con la idea de: ‘Muy bien, ya canté esto hace muchos años con un grupo de música antigua, también con un sonido mío de fusión; ahora quiero llevarlo un poco más allá’. Quería hacer algo con el Cuarteto hace tiempo y de pronto me vino la idea de ‘¿para qué le pienso: el repertorio ideal es el repertorio sefaradí’. Hablé con ellos, se entusiasmaron con la idea y además les dije que quería grabarlo en la sinagoga Justo Sierra. Sabía que una serie de personas se iba a entusiasmar, entre ellas la directora de la propia sinagoga, y así fue. Pero faltaban varias cosas: conseguir el financiamiento, elegir el repertorio, invitar arreglistas, planear toda la logística de grabación. Sin embargo, todo se fue dando de manera muy fluida y el resultado del disco es más bello e impresionante de lo que yo me imaginé. Estoy orgullosísima del proyecto”.