Siempre me ha asombrado el poema de Borges dedicado a Brahms —y que se intitula así, simplemente Brahms. Cada vez que doy con él, lo leo con mayor acuciosidad. Creo que vale la pena traerlo al papel: “Yo, que soy un intruso en los jardines / Que has prodigado a la plural memoria / Del porvenir, quise cantar la gloria / que hacia el azul erigen tus violines. He desistido ahora. Para honrarte / No basta esa miseria que la gente / Suele apodar con vacuidad el arte. / Quien te honrare ha de ser claro y valiente. / Soy un cobarde. Soy un triste. Nada / Podrá justificar esta osadía / De cantar la magnífica alegría / —Fuego y cristal— de tu alma enamorada. / Mi servidumbre es la palabra impura, / Vástago de un concepto y de un sonido; / Ni símbolo, ni espejo, ni gemido, / Tuyo es el río que huye y que perdura”.

Me llama la atención por muchas razones. Para empezar, no he entrevisto en la literatura de Borges —ni siquiera en sus conversaciones— un interés por la música (excepto por el tango, milongas y demás). Raro en alguien que diserta sobre momentos luminosos de la historia del hombre. Como para la inmensa mayoría de los poetas —y es una lástima que las cosas sean así, pero ahí no hay nada que hacer—, la gran música parece transcurrir del otro lado de la vida y escucharla no ennoblece el arte poética.

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Pero en el caso de Borges, la especulación se torna campo minado. Para empezar, Borges pone el dedo en la llaga cuando escribe “Nada/ podrá justificar esta osadía / De cantar la magnífica alegría / —Fuego y cristal— de tu alma enamorada”. Porque en efecto, eso era justamente Johannes Brahms, un hombre de alma enamorada o, más que eso, de pasión contenida. Creo que ahí radica la clave de este poema. Cuantos se aproximen a la música brahmsiana, habrán de sentir en carne propia la introspección más profunda, lo cual devendrá en una emoción inagotable. Acaso Borges tenía conocimiento del gran amor que Brahms profesaba a Klara Schumann, por quien no sólo habría dado la mano derecha sino la vida misma. Y seguramente para Borges este amor contenido le resultaba familiar. Que una mujer le guarde fidelidad absoluta a su marido —por quien habrá de sentir no sólo amor sino admiración—, es más común de lo que podría suponerse. Como unos cuantos, Brahms habrá antevisto en los ojos de Klara Schumann una lejana y discreta complicidad. Borges entendía estos códigos. Sabía de la naturaleza femenina o, más que eso, de la naturaleza del amor.

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Hasta donde tengo entendido, ningún interlocutor de Borges le preguntó por qué no había escrito un poema para Mozart, para Bach, para Beethoven… ¿Se agotó ahí la admiración de Borges por los compositores? Él mismo lo dice: “Yo, que soy un intruso en los jardines [de la música]”.

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Ahora, uno se pregunta qué música estaría escuchando Borges cuando se decidió a escribir este poema. Porque en primer lugar, la música de Brahms no es nada fácil y, sobre todo, su música de cámara. Pues al parecer es la música a la que hace alusión Borges cuando dice: “quise cantar la gloria que hacia el azul erigen tus violines”. De entrada, me atrevería a decir que el piano queda fuera y asimismo la voz humana y los instrumentos de aliento y percutidos. ¿Estaría oyendo un quinteto, un sexteto o acaso un cuarteto, todos de cuerdas? Cualquiera de estas dotaciones tiene como elemento protagónico los violines.

Sea como fuere, Borges se sintió tocado por el arte de Brahms. Y la humanidad lo agradece.

 

 

Un comentario en “Alusiones musicales.
Brahms y Borges

  1. Borges pensaba que escribir sobre música estaba más allá del poder de las palabras. No recuerdo la cita, sólo recuerdo que lo dice en una conversación con Bioy Casares. El contexto de esta conversación es la aseveración de que, en música, forma y contenido son lo mismo. También dijo: ¿Qué hacemos escribiendo sobre la literatura? Vamos, la música lo es todo.