Baila en fuego, si ella te lo pide…

Ahora, cuando ya cuento con más de sesenta años de vida, confieso que tengo muy claro que sin música mi existencia no hubiera tenido sentido. Tanto en las buenas como en las malas, la música ha sido lo que le da razón de ser a todo. Sin ella, yo ya hubiera muerto de tristeza y aburrimiento.

La música es el arte que lleva el nombre de la diosa de los poetas: Ella la(s) musa(s). Por eso la música es el arte de todas las artes. Hay música en la arquitectura y en la escultura, como la hay en la pintura y la literatura. Lo más esencial de lo humano es musical antes que nada.

En tal situación, aquí digo que, para mí, la música más elevada y cierta la encuentro en la Sonata para piano n.° 32 en do menor, Opus 111, de Ludwig van Beethoven. Fue el gran pianista mexicano Miguel García Mora (1912-1998) quien me reveló con gran cuidado y detalle la grandeza técnica y espiritual de esta pieza musical construida en sólo dos movimientos; él fue quien me hizo ver que en esta sonata se encuentra toda la pasión de Beethoven como músico romántico, lo mismo que su gran reflexión meta-filosófica sobre el sentido de la existencia humana. Conforme envejezco, mejor se adecua mi espíritu a sus planteamientos: una lucha de titanes y el peso de la fuerza del destino.

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También encuentro la síntesis de mi vivencia de la música como amor por Ella la(s) musa(s) en la ópera La flauta mágica de Mozart. Esta compleja obra, tanto en su música como en su trama y las posibilidades infinitas de su puesta en escena, me deja comprender lo que es una obra maestra.

Ya en el lado del rock y del blues, mis dos músicos favoritos de toda la vida son Frank Zappa y Don Van Vliet (“Capitán Beefheart”). Su música desborda los esquemas de la sociedad del espectáculo, lo mismo que de la música para gente joven; ellos son dos grandes creadores de música a secas. La obra suprema de Van Vliet es el álbum doble Trout Mask Replica, producido precisamente por Zappa; allí consigue crear una obra conceptual de un refinamiento supremo, muy por encima de las limitaciones religiosas y edípicas de la ópera Tommy de los Who o de The Wall de Pink Floyd. Con la música de Frank Zappa es imposible elegir una sola grabación suya como la que más me agrada y hace pensar. Pero de tener que reducirme a un título, elijo el álbum doble Uncle Meat, otra obra conceptual que rompe con todos los esquemas y que resulta genial por su invencible sentido del humor y la ironía.

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Del lado del jazz, mis dos favoritos son Miles Davis y Thelonious Monk. El primero logra unir de modo perfecto el jazz con el rock; Davis hace del jazz una música a la altura loca y muy libre de Jimi Hendrix, del mismo modo que hace del rock una forma de música pura y refinada. La grabación de Miles Davis que más vive en mi corazón y cerebro es Bitches Brew. Mientras que de Thelonious Monk admiro la sutileza armónica y melódica de sus composiciones y la forma excepcional de su ejecución pianística; de él sí me resulta imposible elegir una grabación como la más representativa, pero sí tengo una pieza en concreto como mi favorita, ésta es “’Round Midnight”.

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