El etno rock está de moda. ¿De verdad? Hagamos, primero, una precisión importante. El etno rock o a lo que ahora se pretende llamar así, no es la música de agrupaciones como Vajiyel, Sak Tzevul u otras que tienen una propuesta sonora completamente occidental, pero cantada en las lenguas originarias de este país.

El etno rock es una mezcla entre la música electrónica, el rock y los instrumentos prehispánicos o precolombinos que inició Luis Pérez con El ombligo de la luna (1982) y a la que músicos como Antonio Zepeda o Tribu inyectaron vida, para que finalmente fuera el desaparecido Jorge Reyes el encargado de “popularizarlo”.

Es al último a quien se le concede el bautismo de esta vertiente sonora: “El etno rock es un término que utilicé al principio, no para definir, sino para tratar de contextualizar o meter en un cajón una música que difícilmente podías clasificar” (Durán, Thelma y Barrios, Fernando, El grito del rock mexicano).

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A una tradición en la que encontramos el trabajo de Humberto Álvarez, Óscar Hernández, Gonzalo Ceja, Mezme, se unen ahora los nombres de Wicholly Broders y Markyño.

Wicholly Broders es un colectivo oriundo de Puebla, de alineación cambiante, que ha editado tres discos hasta el momento, de los cuales el más reciente es Equinoccial (Discos Histeria Colectiva / Terraza Records). Aquí funcionan como trío con Juan Calavera en programaciones y efectos, Markyño en instrumentos prehispánicos y reciclados y René Castillo en flautas.

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A diferencia de sus trabajos anteriores (un epónimo en 2010 y Wixárika viva, 2012) en Equinoccial las programaciones son más imaginativas, menos obsesivas, mejor combinadas con los recursos orgánicos. La incorporación de la flauta añade color y por momentos recuerda un poco a la new age, a esos trabajos que se hicieron en los noventa, mitad placidez, mitad encuentro con tribus indígenas y música del mundo (“Holbox”, “Germinar”). La orientación del todo es menos bailable, la composición más equilibrada y eso permite al trío entregar su mejor trabajo hasta el momento y en el cual incluyen un par de remixes: uno a “Niña Mayahuel”, corte originalmente aparecido en su primer álbum, y otro a “A la Izquierda del Colibrí”, original de Zepeda y Reyes.

Por su parte el también poblano Markyño, quien se define como un “artista multidisciplinario y promotor cultural  dedicado al estudio e investigación de teatro, música e instrumentos musicales precolombinos”, formó parte de 9 Ojo de Reptil y 13 Pluma, participó con el grupo de hip hop Sociedad Café, creó el proyecto Laboratorio Tornasol en el que fusiona los instrumentos antiguos con la música electrónica y es poseedor de una amplia discografía en solitario. Su más reciente producción es Tribu To (Discos Histeria Colectiva/ Terraza Records, 2015) con el subtítulo de Seis casi tracks tornasol. Aquí, el diseñador sonoro homenajea  a Jorge Reyes, Antonio Zepeda, Humberto Álvarez y Julián Carrillo. En “Chak”, por ejemplo,  toma música de Zepeda y de Reyes, más la programaciones de Nexus 25 y construye un track rítmico, con una dosis de ambiente de selva y hasta algo de misterio, misterio que  refuerza en “Book”, composición en la cual mezcla nuevamente a Reyes con la música de Julián Carrillo y obtiene un tema denso, sepulcral, perturbador, como si la muerte surgiera a la superficie.

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Para “Chooj”, toma las programaciones de Nexus 25, otra vez incorpora a Julián Carrillo (la Sonata IV Final Allegro, interpretada por Jimena Jiménez Cacho), agrega sutilmente un sampleo de Cerati y la mezcla funciona, no obstante una rítmica obsesiva que se ciñe a ese concepto hipnótico de sacar del tiempo real al escucha que tanto gustara de trabajar Jorge Reyes

El álbum es una reflexión sonora interesante. Aquí tenemos la obra de alguien que reconoce la trayectoria de los citados Reyes, Antonio Zepeda, Humberto Álvarez, Tribu (de hecho el título del disco es un juego de palabras que hace referencia tanto al grupo como a la comunidad, a un puñado de individuos).

La liga es estrecha, pero al mismo tiempo habla de una ruptura. Se abreva de la fuente, pero  los materiales se procesan de una manera distinta; hay un fuerte énfasis rítmico en la música –por la vía de las programaciones–, casi cibernética, bailable, con el ímpetu del rave, como en “Ya’ax” en donde una vez que el tema de Jorge Reyes instaura el misterio, irrumpe Nexus 25 con sus programaciones propias de la electrónica del fin-nacimiento del siglo.

Es una revisión, un hacer un alto y mirar hacia el futuro. El etno rock se hace presente otra vez, actualizado, revitalizado y por ahora, al menos, se presenta fascinante y digno de explorar.