Alonso Ruizpalacios, quien recientemente ganó el Ariel por su largometraje Güeros (2014), dirigió el video de “Hasta la raíz”, sencillo epónimo del último disco de Natalia Lafourcade. En él, la cantautora mexicana navega en un plano-secuencia grisáceo sobre los brazos de sus fanáticos, quienes la visten, peinan y maquillan. Pelotas gigantes pasan de un lado a otro y el aire acarrea burbujas de jabón, mientras la artista arroja rosas blancas al aire y toca su guitarra acústica, en un recorrido que semeja más una peregrinación religiosa y profundamente sensual que un crowd surfing común. El público la entrega a los brazos de un extraño sin camiseta; en un instante se besan como amantes longevos y, al siguiente, se desprenden sin dolor. El mar de extremidades alza a la artista por los cielos, hasta finalmente entregarla al escenario. Ella rompe la cuarta pared y confiesa directamente al espectador la atemporalidad del amor sincero: “No habrá manera, mi rayo de luna, [de] que tú te vayas”. Aunque la cantante se encuentra completamente arropada —con la camisa floreada que sus fans le otorgaron sobre el tank top negro con el que comenzó su travesía— jamás había estado tan desnuda.

natalia-lafourcade

Pocos artistas describieron con tal desenfado y amenidad los albores del siglo XXI en México como Natalia Lafourcade. La cantautora tenía apenas dieciocho años cuando apareció con dos trenzas aniñadas y la terrible facha de la época en el video de “Busca un problema”, donde predicaba con rebeldía pueril el goce de una juerga nocturna. Sin embargo, alcanzó la fama con “En el 2000”, cuyas referencias a tirantes transparentes, Ricky Martin, “mexicanos y panistas” cristalizaron lúdicamente el zeitgeist de la llamada transición democrática. En el transcurso de la década, la cantante mexicana alimentó su popularidad junto a La Forquetina (grupo de músicos conformado por sus compañeros de carrera en Fermatta) y sin ella. También colaboró en el soundtrack de Amarte Duele y Temporada de Patos con éxitos que a la fecha evocamos nostálgicamente. Sin embargo, Natalia consolidó su carrera en el 2012, con Mujer divina, homenaje a la obra de Agustín Lara, en el que colaboraron músicos como Vicentico, Miguel Bosé y Devendra Banhart. En entrevistas coetáneas, la artista afirmó que haberse adentrado en la carrera del “Flaco de oro” le permitió comprender la propia, y que la combinación de picardía, seducción y melancolía en las baladas del intérprete mexicano también se encontraba presente en su trabajo, “una mezcla constante de géneros, de colores”.

Según la cantautora, Hasta la raíz es un disco “muy suyo”. Aunque años atrás decidió encontrar su voz en la de Agustín Lara, en este álbum indagó en sí misma para desvestir su corazón en baladas sencillas y coloridas, pero profundamente íntimas. El título no sólo alude a una relación interpersonal, sino también a un recorrido introspectivo en sus propios orígenes como persona, compositora y amante. No obstante, a la desnudez emocional de las canciones en el disco se contrapone su vestidura armónica; al piano y guitarra se suman arreglos de cuerdas y percusiones, que dramatizan y atenúan la soledad omnipresente, a la vez que confirman su madurez como compositora. En esta obra, Natalia mira atrás, a sus inicios, al espíritu adolescente de su primer álbum, al hogar utópico que describía en “Casa” y la imitación de Lily Allen en “Ella es bonita”, sólo para confirmar haber alcanzado la madurez emocional y artística que necesitaba para encontrar su propia voz. Si bien en el 2005 veía sus relaciones interpersonales como jugar a la casita, acompañada por la Forquetina, que tocaba instrumentos imaginarios en frascos vacíos y utensilios de cocina, diez años después, su “casa de papel” parece haberse materializado y derruido. Hasta la raíz es un recuento de un amor apenas desvanecido, como aquel “juramento que fue promesa fugitiva” del que hablaba el llamado “músico poeta”. El álbum sigue el recorrido linear (y, en ocasiones, circular) de cualquier relación que llega a un final prematuro: el idilio acaramelado, las grietas que se alargan hasta convertirse en oquedad, la negación del final que se vislumbra en el horizonte, la renuencia en la aceptación, la reconciliación propia y el renacimiento.

En esta obra, el talento de Natalia para contar historias equipara su ingenio al construir ambientes, cuyo folclor sosegado evoca los arreglos regionales de Mujer divina. La canción “Mi lugar favorito” es una de las excepciones en lo que, de otra forma, sería un disco compuesto enteramente por baladas o piezas lentas; en ella, la cantautora retoma sus raíces pop para plasmar la imagen de un romance vívido. Aunque su letra es probablemente la más sencilla y caricaturesca del disco, parece declarar que no es necesario ornamentar un sentimiento tan sincero; basta declarar que aquel “baile incontrolable” purga miedos y convierte cualquier habitación en un verdadero hogar, cálido y reconfortante. Sin embargo, el resto de las canciones lidia con la fractura y desintegración de ese apego emocional. En “Antes de huir”, Natalia ruega a su amante analizar “por qué se apagó la inercia” de un amor tan absurdo y real, esperando detener el tiempo, en vez de dejar sus manecillas correr. De igual manera, “Para qué sufrir” pondera sobre rasgueos de bossa nova la despedida de aquel amor, ahora encarnado en peceras vacías y muros desolados. La artista afirma que aquella relación fue un matrimonio “sin papeles”, cuyo divorcio imaginario no se libró mediante trámites burocráticos, sino en el deslinde de cartas y fotografías. “Dueños de la noche fuimos”, canta, ponderando qué ocurrió al amanecer.

La cantante y compositora afirma que Hasta la raíz es un disco autobiográfico y personal, pero también uno abierto. Al respecto, comentó que cada quién “amoldaba a su vida” las canciones y relató su sorpresa cuando una admiradora le comentó cómo el sencillo que dio título al disco —aunque frecuentemente interpretado como balada romántica— le recordaba a su padre, asesinado apenas semanas antes. Quizá la mayor hazaña del álbum es la forma en que logra relatar una experiencia tan íntima en acordes y versos que apelan directamente a cualquier enamorado o solitario. Cuando Natalia canta en “Ya no te puedo querer” cómo espera desde un balcón a su amante, extraviado en la demora perpetua, bien podría estar hablando de aquel célebre edificio en Verona —escenario del romance más famoso de la historia— o de cualquier otro en la ciudad de México. El álbum es también una disertación sobre el porvenir de la arquitectura emocional que cimienta una relación. Mientras que, en la canción mencionada, la artista lamenta no poder “volver a construir” a su amado, en una canción posterior del listado (y probablemente de su historia), contempla cómo el viento desmantela las ruinas de lo que alguna vez fue un monumento al aprecio mutuo.

En episodio reciente de La música con Manzanero, del Canal 22, el célebre cantautor yucateco halagó la “mexicanidad” de Natalia Lafourcade, describiendo sus canciones como “huapango escurrido en pop”. Hasta la raíz hace honor a su título al incorporar influencias de géneros musicales locales e imágenes características de la lírica mexicana. “Palomas blancas” combina añoranza romántica y arraigo territorial en una apología de montañas, rosas, lumbre en alientos, oro en bolsillos. Esperando que “el suelo que siempre tiembla sostenga [sus] pantorrillas”, Natalia repite la consigna “que nunca se acabe nada de lo nuestro”, la cual parece referirse simultáneamente al idilio sosegado y a los páramos eternos que configuran el paisaje nacional. En una entrevista que siguió al lanzamiento de Mujer Divina, la artista confesó su admiración por la cinematografía en la obra de Agustín Lara y la forma en que el autor convertía música en fotografías. De igual manera, considera que Hasta la raíz es un “disco sensorial”, conformado por “canciones visuales”. En “Estoy lista” y “No más llorar”, la protagonista del álbum purga “de un clavado al agua” los restos del amor funesto, entregándose a “orquestas de hojas en el cielo”, piedras inmutables y atardeceres coloridos. También escribe el nombre de quien ama en “la arena blanca con fondo azul”, sólo para después arrancarlo del corazón como astilla. La artista confesó en uno de sus recientes conciertos que la canción “Hasta la raíz” es su respuesta cuando algún extranjero pregunta por la situación lamentable de su país, como concediendo con cariño e ingenuidad que la violencia y corrupción generalizada jamás podrán opacar nuestros valles, ríos y desiertos.

La reinterpretación moderna del folclor local es aun más evidente en “Vámonos negrito” —cuyo título se deriva de la popular canción de cuna, “Duerme negrito”—, en la cual Natalia pasea por veredas que evocan misterio en la cotidianeidad, donde rugen tambores y jaranas, cobijadas por astros voyeristas y melodías líquidas de las olas que arropan bahías. No obstante, la inspiración musical del disco trasciende el misticismo trillado del folclor tradicional. “Nunca es suficiente”, por ejemplo, es una balada movida y conmovedora —la cual relata cómo incluso entregarse completamente no basta cuando el compromiso es unilateral—, cuya composición y temática parecen rendir tributo a “Porque te vas”, de Jeanette, cantante hispano-inglesa que ganó gran popularidad en México durante los años setenta. En la representación visual de este sencillo, se intercalan secuencias de parejas enamoradas con otras de las mismas al borde del colapso emocional, en una especie de reflejo temporal fracturado; caricias que se vuelven disputas, baladas que devienen cacofonía, abrazos que dejan marchar. En un momento, dos noviazgos se encuentran sobre edredones distintos; uno hace el amor y el otro lo deconstruye en un forcejeo que raya en la violencia doméstica, sin que el espectador pueda distinguirlos con claridad.

Este álbum es una oda fraguada con minucia y pasión a las virtudes y desventuras del amor que perdura hasta no hacerlo más, a los muros que devienen hogares y soledades por igual, a las fotografías que se colocan en corchos y luego se esconden en cajones. Lafourcade ha escrito una obra maestra, basada en el reconocimiento de que cada disputa atestigua cariño, así como también los celos confiesan devoción y el desamor no es más que afecto con un prefijo lamentable. Incluso los pocos momentos tediosos o mundanos del disco sugieren que, en ocasiones, el romance puede llegar a ser tan monótono y trillado como cualquier práctica reiterada. En su sinceridad y convalecencia, Hasta la raíz rompe la barrera entre el artista y el espectador. Los actores que cargaban a la cantante en el video de su sencillo epónimo no sólo simbolizaban el desvanecimiento de la brecha entre Natalia y su público, sino que eran también sus fanáticos de la vida real, así como el escenario ficticio al que la trasladaron bien podría haber sido el del Teatro Metropolitan, que recientemente abrió sus puertas tres veces consecutivas debido a la demanda para ver su concierto. En el dos mil, la joven cantautora —o “infantil criatura”— sólo demandaba un hombre que no se embriagara en fines de semana y declaraba irónicamente el fin de la inocencia, arropada en un disfraz ridículo, mientras hacía una parodia de sí misma al bailar. Ahora una mujer y artista madura, ha vertido su corazón en cada acorde, letra y melodía, trascendiendo así su pasado desenfadado. Su raíz ha florecido y, noche tras noche, Natalia Lafourcade hizo en el Metropolitan lo mismo que Riggan Thomson logró en aquella adaptación “suprarrealista” de Raymond Carver, al derramar —literal y metafóricamente— su sangre en el escenario. En ambos casos, la pregunta era la misma: ¿de qué hablamos cuando hablamos de amor?