Gustav Mahler

Todo habría ido muy bien:
más éxitos que fracasos,
el público, la crítica y las orquestas
pedían tu música.
Tu popularidad se ensanchaba como
un globo lanzado al cielo.
Porque te volcabas en tu obra.
Tus sinfonías crecían en dimensión
y conmovían como ejércitos de salvación.
Pero te enamoraste de la mujer equivocada.
A Alma Schindler no le era suficiente
con tu prestigio ni con tu música.
Ella quería un hombre y tú no supiste satisfacerla.
Te diste en fragmentos.
Y la paciencia no siempre es buena consejera

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Alma Mahler

Tenías el ardor que suelen brindar a manos llenas
la belleza, la finura y el deleite.
Para ti no existían secretos si de palpar
la hombría se trataba.
Cualquier hombre se sentía cautivado
si depositabas tus ojos en él.
Ya era tuyo en ese momento.
Que estuvieras casada con el gran
Gustav Mahler, lo hacía más excitante.
O que fueras la querida de Oskar Kokoschka,
o de Walter Gropius. Igual.
Hasta cierto punto eras inconquistable.
Cuestión de escribir cartas ardientes,
de hacerte llegar orquídeas,
o de conversar contigo sobre Haydn o Platón.

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Richard Strauss

Cargó con una esposa demoniaca
cuya misión era hacerlo infeliz.
Aunque vivieron épocas de amor.
Considerado el músico alemán

más sobresaliente del siglo XX,
carecía de pensamiento crítico
y aceptaba ofertas del Tercer Reich.
Lo cual le costó ser exhibido ante

el mundo como un partidario nazi.
Finalmente Hitler lo avasalló.
Muy pocos mostraron misericordia.

Sus obras postreras están imbuidas
de nostalgia, dolor, melancolía.
Basta con oír su Metamorfosis.

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Igor Stravinsky

Se le llegó a definir como el dios
del ritmo. Y es cabalmente verídico.
A toda su música le imponía
ritmos inusitados que influirían

en propios y extraños. Pero hay más cosas:
orquestaciones acres que dejaron
suspendido el corazón de Sergei
Diaguilev, gran promotor de la música

del mañana. Con Igor Stravinsky
la música se abrió de par en par.
Como Moisés hizo con el Mar Rojo.

Cambió la faz del arte del sonido.
El precio fue alto. Se ganó enemigos.
Pero nadie lo movió de su trono.

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Jean Sibelius

I

En Finlandia lo aman como a un dios.
Finlandia debe su celebridad
a Jean Sibelius. Su música evoca
la nieve cristalina en las montañas,

la mitología nórdica, el alma
del pueblo finés que se consumía
por mantener su libertad a toda
costa. Los niños fineses entonan

sus poemas sinfónicos cual si fueran
canciones de cuna. En sus alcobas,
las mujeres cuelgan fotografías

de Sibelius en uniforme. Voces
íntimas se intitula su cuarteto.
Donde expone su dolor y su rabia.

II

Desde niño, quiso construir la música.
Tocar el concierto para violín
de Johannes Brahms. Estudiaba todos
los días. Pero le faltaron dedos.

Se hacía pedazos el corazón.
Mejor se encerraba en su propio mundo,
donde su música se iba gestando.
Conoció el amor. Durante la guerra

entre Rusia y Finlandia, su país
lo mandó muy lejos, a las montañas,
para protegerlo. Pero él quería

estar en el frente. Batirse a muerte.
Su Concierto para violín y orquesta
es el favorito de David Oistrakh.

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Richard Wagner

Wagner brilla con luz propia. Ningún
otro músico ha hecho de su vida
y obra, un campo de batalla fecundo
y terrible. Todo lo que se sabe

de él sigue siendo memorable, cuando
no dramático. Con igual maestría
sedujo a hombres, mujeres y príncipes.
Si no hubiera existido Brahms, habría

sido el dios absoluto de la música.
Por encima de la pasión del cuerpo,
amaba a los perros hasta el delirio.

Semejante a la luz del sol, su música
ilumina y ciega. Más que sus óperas,
sus oberturas levantan el alma.

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Johannes Brahms

Supo antever, en el alma de cada
ser humano que tuvo cerca, el otro
yo que lo habitaba. Su corazón
se erguía tras aquella otra persona.

Se empapaba del sufrimiento ajeno.
Pero Brahms es más cosas. Es el músico
que hizo de la composición el arte
de la incomplacencia. Nada en su música

suena previsible. Supo vaciar
en su prodigiosa sonoridad
pasajes sublimes que tocan alma.

Como la voz de la madre, su música
desata recuerdos que se creían
olvidados, perdidos para siempre.

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Antonin Dvorák

Fue un grande. La inspiración le venía
de su Praga natal. De su cuñada.
De la carnicería de su padre.
De Smetana, su mentor preclaro.

Pero si tan sólo hubiera tenido
un poco de la fealdad de Niccolo
Paganini. De la dulce belleza
de Franz Liszt. De la modestia de Schubert.

De la arrogancia e ímpetu de Ludwig
van Beethoven. De la tuberculosis
de Chopin. Del aplomo de Berlioz.

De la embriaguez de Modesto Mussorgsky.
Del desparpajo de Mozart, sería
más un mito que un respetado.

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Eusebio Ruvalcaba