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Ejercicio de escritura realizado a partir del programa radiofónico El soundtrack de una vida, que conduce la periodista Laura Barrera

1. “Negra consentida”, de Joaquín Pardavé; interpretada por Juan Arvizu

Esa canción me recuerda a mis padres y su encuentro en los años cincuenta (del siglo pasado), con los escenarios de la colonia Doctores y la colonia Obrera, en la ciudad de México. Mi padre era un poco pandillero y andaba en moto; lo imaginamos, quizá en broma, en la motocicleta, llevando atrás a una de sus novias, de nombre Crescencia, a la que le decía: “Agárrate, Chencha, que vamos a treinta”. Mi madre era como la Cenicienta de su familia, hija del primer matrimonio de mi abuela Florencia; luego doña Flor (con su segundo marido, pues tuvo dos, como la protagonista de la novela de Jorge Amado) crió a otros cuatro hijos, dos mujeres y dos hombres, a los que se les educó como príncipes (asistían a la Escuela Superior de Música, ellas se graduaron como pianistas y ellos como violinistas), y a mi madre la enviaron a la Escuela Sor Juana Inés de la Cruz, cerca de La Ciudadela, para que estudiara como secretaria. Mi padre la sacó de ese ámbito. Le decía a mi madre “mi negrita”; hay muchas postales cariñosas que enviaba mi padre en sus viajes por el mundo dirigidas a ella de ese modo; o también: “mi negra consentida”. Se casaron jóvenes y tuvieron cinco hijos. Cuando le preguntaban a mi madre de sus hijos, ella respondía (y no sé realmente por qué hacía esa distinción): “Tengo tres varones, una hija y Alejandro”.

2. “La patita”, de Francisco Gabilondo Soler, Cri-Cri

Mi padre ha sido camarógrafo toda su vida. Aún ahora, en vacaciones, carga siempre con su cámara de video. Trabajó en una agencia de noticias: Informex. Cubrió varias campañas presidenciales, en una de esas iba en un avión de periodistas que cayó en Aguascalientes; el periódico vespertino informó del avionazo y dio la lista de pasajeros. En nuestra cuadra lo supieron, mas nadie se acercó a informar a mi madre. Mi padre llegó a la mañana siguiente a la casa y relató lo sucedido: con un hábil maniobra del piloto se logró que el avión aterrizara de panzazo en unos sembradíos. No hubo víctimas. Mi padre estuvo también muchos años en la Secretaría de Hacienda… Pasaba mucho tiempo fuera de casa; y mi madre era como la patita de Cri-Cri que iba al mercado cargando con sus cinco hijos. Por 1965 nacieron mis hermanos más pequeños, que fueron cuates, y nos mudamos a la Unidad San Juan de Aragón, a las afueras de la ciudad, cerca del Peñón de los Baños y el aeropuerto. Tenía yo dos años de edad. En una de esas, estábamos en el mercado; de pronto me desprendí del grupo y ya no hallé a nadie ni me hallaron ellos. Se me hizo fácil caminar a la casa. Como era una unidad habitacional nueva, cada cuadra era similar a la anterior (el mismo tipo de casa, de ladrillo rojo); no había forma de distinguir una calle de la otra, y estábamos como a seis o siete cuadras de distancia. Aquello era un laberinto. Aun así regresé solo y me quedé afuera de la casa, a esperar, negociando con un nevero una nieve de limón. Vi llegar entonces a mi madre, angustiada y molesta porque me había perdido; comprendí todo, la abracé y me puse a llorar.

3. “Perdóname mi vida”; interpretada por Alberto Vázquez

La cantaba de pequeño, sólo que no podía pronunciar bien y decía “pedóname” y “pedón”, lo que provocaba la risa. Era muy travieso y supongo que así, con gracia, conseguía salvarme del castigo. Mi madre no les pegaba a sus hijos, conmigo una vez se desesperó y tomó una escoba… sólo que no me pudo alcanzar. Me correteó por el patio y el jardín hasta que se dio por vencida.

4. “Melody”, de The Bee Gees

Vi esa película en el cine Roble o en el cine Latino, que estaban sobre la avenida Reforma. Compramos el álbum en el looby. El guión es de Alan Parker, que luego dirigiría la cinta The Wall, basada en el álbum de Pink Floyd. Trataba de dos chicos que se enamoran y se rebelan de los mayores, huyendo de la escuela y de sus casas. Actuaba en ella Mark Lester, del que vimos entonces, en los años setenta, muchísimas películas… Cuando lo escucho, el soundtrack de este filme me remite a mi infancia y al descubrimiento de las niñas: la vecina, mis compañeras de la primaria y la secundaria… Fui muy noviero. También peleaba mucho, siempre por mujeres.

5. “Mrs. Robinson”, de Paul Simon; interpretada por Simon and Garfunkel

Salí de la secundaria y me inscribí al examen de ingreso a la preparatoria, que entonces se realizaba (pasmosamente) en el Estadio Azteca. Entre una cosa y la otra un vecino, Mario Manrique, me preguntó si me gustaría trabajar en el verano en una de las joyerías de sus primos, los hermanos Barrera, en la calle Brasil, en el centro de la Ciudad de México. Así lo hice y el verano se prolongó todo un año o un poco más, ya que fui aceptado en la Preparatoria 1, aún en San Ildefonso, a una cuadra de la joyería. Me quedé porque conocí ahí a Estela, una mujer de treinta años, con tres hijos, que acababa de divorciarse y fue rescatada por los hermanos Barrera. Venía de Guadalajara, había tenido un único novio con el que se casó; él le hizo firmar unos papeles en blanco y un día le avisó que ya estaban separados. Pasábamos juntos todo el día en la Joyería Midas y nos enamoramos. Fue un gran escándalo en la familia, y algo incómodo, pues ella tendría casi la edad de mi madre. Un día mi padre me dijo que iría al cine con mi madre, y yo le pedí acompañarlos: llegué con Estela. Como que no entendían qué estaba pasando. Íbamos a discotecas y recorríamos de noche el centro de la ciudad; en los hoteles yo daba el nombre de mi vecino Mario. Tenía Estela una hija de dos o tres años y una vez la llevamos al cine; a media película la niña se hizo la dormida para que su mamita pudiera darse besos con el novio. En un cuento, “Amor de joyería”, refiero esta historia.

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6. “A day in the life”, de Lennon & McCartney; interpretada por The Beatles

La génesis de “A day in the life” es conocida: de dos canciones inconclusas, una de John Lennon y otra de Paul McCartney, se armó una pieza histórica que es la que cierra uno de los grandes álbumes (si no el más grande) de The Beatles: el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967). Es la cifra de una amistad. Me lleva a la escritura a cuatro manos, que he intentado varias veces, sobre todo con Daniel González Dueñas. Lo conocí en un encuentro de jóvenes escritores en el puerto de Veracruz. Planeamos un libro de conversaciones bajo esta dinámica: que un autor hablara de otro al que hubiera conocido y admirara. Nos interesaban las figuras marginales, los “cronopios”, como les llamó Julio Cortázar. Así, la poeta uruguaya Ida Vitale perfiló la vida y la obra de su compatriota Felisberto Hernández; el poeta argentino Roberto Juarroz nos refirió sus encuentros con Antonio Porchia, el inclasificable autor de Voces; entrevistamos al editor Marco Antonio Millán sobre su amistad con Efrén Hernández; y armamos un “retrato a voces” con aquellos que conocieron a Francisco Tario. El libro se llamó Aperturas sobre el extrañamiento (1993). Con Daniel nos alternábamos en el uso de la máquina de escribir, pues uno tecleaba y el otro dictaba; decíamos que uno dictaba una cosa y el otro escribía lo que se le daba la gana. Tenemos también un tomo de conversaciones con Josefina Vicens. E inventamos a un personaje, Salvador Espejo Solís, crítico literario y cinematográfico, con presencia en el medio cultural y que prologó por lo menos un libro. Eso representa, para mí, “A day in the life”: la creación a cuatro manos.

7. “Wish you were here”, de Pink Floyd

Me transporta a los encuentros amorosos y las rupturas. Varios amigos míos se habían separado, y yo les decía que envidiaba el que hubieran tenido esa experiencia. Cuando me pasó, no quería estar ahí. Antes me decían que mis lágrimas eran de cocodrilo, como que fingía llorar; desde entonces me volví enteramente llorón. La ruptura es un proceso doloroso, por lo que la imagen que solemos usar para referirnos a este suceso es exacta: es como si el cuerpo mismo se “separara”, cual Coyolxauhqui, en patética agonía.

8. “Cause”, de Sixto Rodríguez

Es una canción muy triste, en donde el cantante comienza diciendo que perdió el trabajo dos semanas antes de Navidad. La vida de Sixto Rodríguez fue contada en un documental, Buscando a Sugarman (2013), que ganó el Oscar y lo convirtió además en ícono mundial. A comienzos de los años setenta publicó un par de discos en Estados Unidos, de los que la venta fue casi nula. Olvidó la música y siguió dedicado a su oficio de albañil, sin enterarse que en algunos países, como Sudáfrica, sus canciones eran muy famosas e incluso habían dado fondo musical a la lucha contra el apartheid. En Sudáfrica circulaba además el cuento de su muerte en el escenario; unos investigadores musicales querían precisar lo ocurrido con Sixto, si se había pegado un tiro o se había incendiado, y se toparon con él, que seguía viviendo en Detroit. La fama loca o tardía de Rodríguez me lleva a pensar en ciertos autores marginales, sobre todo en Francisco Tario, tampoco muy conocido en su tiempo que ha tenido en los últimos años ediciones en México y Europa. Ya están casi listas sus obras completas, que publicará el Fondo de Cultura Económica; hay una antología española, y unos libros electrónicos en francés. Hace poco me buscaron de Italia, donde quieren traducir a Tario. Me gusta la figura del artista que no hace hasta la imposible por ser conocido, con eso que llamo “el ansia de figurar”, un mal de nuestro tiempo; prefiero al que trabaja a su ritmo, en solitario, con absoluta libertad creativa, y deja que el tiempo decida si lo que hizo debe permanecer.

9. “Ana Luiza”, de Tom Jobim

Esto ya lo conté: cuando iba a nacer mi hija la más pequeña, la crisis más grave fue para definir su nombre. Mi mujer y yo teníamos nuestras preferencias y en nada coincidíamos. Yo pensé en Ana Livia, por el personaje Anna Livia Plurabelle de la novela Finnegans Wake de James Joyce, pero ese Livia, que al parecer manejé también en el nacimiento de mis otras hijas, siempre le sonó a mi madre como nombre de país. Una noche, ya muy cerca la fecha de parto, nos propusimos cerrar ese asunto. Quizá Mary Carmen propuso “Ana Lucía”, que no me gustó, pues el “lucía” puede parecer verbo; y recordé un disco de bossa nova que tenía por ahí, con una canción muy hermosa de Tom Jobim. Lo busqué, lo coloqué en el reproductor de cd’s y ya: en ese momento decidimos que se llamaría Ana Luisa.

10. “Je vole”, de Michel Sardou; interpretada por Louane

Es parte del soundtrack de una película francesa, La familia Belier (2014), que trata de una chica de 16 años con dotes para el canto; debe convencer a sus padres, sordomudos ellos y dedicados al trabajo en una granja, a que la dejen ir a París a estudiar música. Me lleva a mí a pensar en el asunto de la paternidad. Desde los veinte años supe que sería padre. Salomón de la Selva dice que el poeta Horacio renunció por amargura a la paternidad: “Su martirio con él perecería”. Yo, en cambio, desde esa edad me imaginé como padre de dos o tres hijas… Una, Ana Luisa, es aún pequeña; y las otras dos, Isabel y Jimena, mayores de veinte años, están buscando su destino personal, lo que no suele ser fácil. La mayor se irá pronto a Buenos Aires a hacer su maestría… Lo que he aprendido es que los hijos (las hijas, en mi caso) no se van, siempre están con uno, de una u otra forma. Intento estar con ellas, acompañarlas en sus logros y en sus crisis, lo que además me enriquece, en un aprendizaje continuo. La paternidad a veces impone rigideces; con el tiempo, debe uno buscar convertirse en buen amigo de los hijos… o de las hijas, en mi caso. Cosa nada sencilla.