Hace 30 años ya de la aparición de Little Creatures, un gran disco de los Talking Heads, por lo que viene bien rememorarlo.

Sexto disco en estudio (el primero fue el híper vanguardista –para su momento– Talking Heads: 77, grabado ocho años atrás) y octavo si agregamos sus dos álbumes en concierto (The Name of This Band Is Talking Heads de 1982 y Stop Making Sense de 1984), Little Creatures (1985) es quizá la última gran obra discográfica de las cabezas parlantes.

  A pesar de que muchos lo desprecian por considerarlo “demasiado orientado hacia el pop”, en realidad este Criaturitas es un trabajo notable por dos cosas: por su enorme sentido musical (si se entiende lo musical como la perfecta conjunción entre ritmo, melodía y armonía) y por la valentía del cuarteto neoyorquino para romper con sus propios esquemas y arriesgarse a emprender otros caminos distintos a los de sus discos previos, todos ellos extraordinarios pero muy distintos a éste.

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Lo primero que destaca en Little Creatures es que los nueve cortes que lo conforman están trabajados como canciones, es decir, con la estructura tradicional de la canción popular, con estrofas y coros que se repiten. Esto es muy distinto a lo que el grupo hacía hasta ese momento, ya que sus temas solían basarse en una estructura instrumental más o menos minimalista, sobre la cual David Byrne interpretaba letras y melodías de manera muchas veces improvisada.

Lo anterior no significa que los Talking Heads hubiesen renunciado a su carácter deliciosamente insano, finamente extravagante, divertidamente delirante y ahí estaban las singulares letras de Byrne para demostrarlo, muy especialmente la de la enfermiza “Stay Up Late”, en la cual dos niños, quienes parecen odiar a su nuevo hermanito y se quedan con él una noche en la cual sus padres salieron de casa, deciden despertar al bebé para que se quede levantado todo el tiempo. Por supuesto que la música que acompaña a semejante monstruosidad es cándida y hermosa, aunque ciertamente sardónica.

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Little Creatures abre con la magnífica e irresistible “And She Was”, un tema que en sí mismo marca lo que será el disco a lo largo de sus casi 40 minutos de duración. La canción narra con aparente inocencia –apoyada por su sencilla estructura armónica, su rítmica acompasada y su graciosa melodía que le da un encanto desconcertante por tratarse de los Talking Heads– la loca y surrealista historia de una mujer que levita por encima de un típico suburbio estadounidense.

El resto de las composiciones del álbum no tiene desperdicio. No hay una sola a la que pudiéramos considerar como de mero relleno. “Give Me Back My Name”, por ejemplo, es un corte ligeramente oscuro, levemente dramático, con las voces de David Byrne y Tina Weymouth en espléndida coordinación coral. En cambio, en “Creatures of Love” tenemos un tema casi country –slider incluido–, pleno de fascinante ironía. “The Lady Don’t Mind” es una maravilla rítmica, con un aire hechicero que de algún modo nos transporta a la zona vudú de Nueva Orleans (el arreglo de metales y percusiones afro atrapa sin piedad alguna). Finalmente, “Perfect World” retoma el estilo melódico de “And She Was”, aunque con un aire más bien melancólico y evocador, reforzado por las vocalizaciones con falsete de Byrne. Los coros finales (y otra vez los metales) son de una absoluta belleza.

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El lado B de Little Creatures inicia con la ya mencionada “Stay Up Late”: y prosigue con la exuberante “Walk It Down”, una pieza emotiva, seductora, con un beat más que sensual y una estructura armónica variada y exultante. Casi un himno.

“Television Man” remite a los Talking Heads anteriores a Little Creatures, cuando menos mientras el coro no hace su aparición. Byrne se explaya con su canto, mientras la atmósfera a su alrededor va de lo inquietante (el bajo con slap de Tina Weymouh y la batería de Chris Frantz constituyen una base rítmica fantástica que termina por estallar con la entrada de unas congas santanescas y un soulero “nah nah nah nah nah” que da pie a los finos y luego rocanrolerísimos acordes guitarrísticos del gran Jerry Harrison, para culminar con un clímax en el cual los metales hacen su colorida labor de la mejor manera. El corte más largo del disco y uno de los más intensos.

Little Creatures culmina con “Road to Nowhere”, con su inicio gospeliano que deriva en un ritmo galopante, cuasi militar, de los tambores, mientras David Byrne canta con ternura una letra desolada y desesperanzada que recuerda en cierta forma a la del “Nowhere Man” de John Lennon. Si en 1985 estábamos en el camino hacia ninguna parte, ¿en dónde demonios nos encontramos treinta años después?