1) Se dice que la letra con sangre entra; de la música podría decirse que ni así. Su aprendizaje es cosa de toda la vida. Pero especialmente en épocas remotas, la enseñanza y el aprendizaje de la música significaban una tortura.

2) El aprendizaje de la música era tarea ardua. Solía llevarse en casa. Ya fuera del piano o del violín, se llevaba a cabo en una suerte de ceremonia. Como si todo mundo estuviera de acuerdo en poner su granito de arena. Nadie interrumpía. Nadie se aproximaba. Nadie se detenía a observar. La clase se dejaba correr.

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3) Cuando un alumno se disponía a tomar su clase, una gota de sudor le resbalaba por la nuca. Consciente de que sobrevendría un momento de discrepancia, afilaba sus resistencias mientras el maestro iniciaba su perorata.

4) El maestro de música era experto en el arte de atacar al pupilo. No existían los maestros pacientes. Se sabían dueños de un conocimiento de elite, escasamente difundido. El cual tampoco era recompensado con una buena paga, sino con un simple gracias, maestro, acompañado de unos emolumentos casi simbólicos.

5) A todo buen alumno, un buen maestro; así eran las cosas. No como en la literatura, que el escritor nunca menciona a un maestro en su vida. En música, los intérpretes suelen especificar en el programa de mano quiénes fueron sus maestros o quién fue su maestro, el hombre que le enseñó el arte de su instrumento. Para el alumno constituye un honor. Más que por méritos propios, las puertas del reconocimiento se le abren de par en par por el maestro que haya tenido.

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6) En el violín, Leopold Auer es considerado uno de los más notables maestros. Es de imaginarse las dificultades para que esta institución recibiera a un alumno. Maestro de David Oistrakh, de Leonid Kogan, de Viktor Tretiakov, de Jascha Heifetz, ser alumno de él equivalía a decir escúcheseme.

7) Y los hay en todos los ámbitos, de todos los instrumentos —o cuando menos de los más socorridos entre las cuerdas y los percutidos—, así como de la dirección orquestal.

8) Quizás porque los músicos más severos consideran sagrada a la música, su enseñanza reviste tal aura. Esa sensación se desparrama del maestro al alumno. No podía ser de otra forma. Tomar clases de música significa, antes que otra cosa, educar al espíritu. Significa darle un sentido de esfericidad a aquel amasijo de nervios. No es fácil cuando lo que se pretende es proyectar una imagen férrea. pobre del alumno que no controle sus nervios. Siempre cometerá los mismos errores. Nunca avanzará en el dominio de su arte. Y el maestro no podrá sentirse orgulloso de él.

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9) Nadie más ufano de los avances de un joven músico que el maestro. Ni los progenitores. El maestro ve en ese chico una prolongación de él mismo. Porque los maestros de la música no son como los de creación literaria. El maestro de música se vacía en cada clase, no se queda con nada guardado. No es egoísta ni pusilánime. Sabe que el camino del aprendizaje es infinito. Y en esa medida enseña.

10) Para que la enseñanza cumpla su ciclo tiene que haber interés por parte de quien aprende. Sólo de esa manera las cosas se afianzan. Para siempre. Y se transmiten de generación en generación. Es admirable que en la enseñanza del violín se siga empleando el método que creó Leopoldo Mozart, el padre de Amadeus.