La Natividad obliga a la reflexión y la meditación. Y la música es ideal para entrar de lleno en esa zona de elevación espiritual. Independientemente de las creencias de cada persona, en esta época de violencia extrema en que la vida es menos que prescindible, vale la pena aislarse acaso en forma temporal y asomarse al interior de sí mismo. Es de imaginarse la fuera de voluntad para llevar a cabo semejante hazaña. Cualquiera está capacitado para echar una mirada hacia sus oquedades más profundas. Pero pocos se atreven, porque las cavernas personales espantan. Digo que la música pone al ser humano en relación con la materia prima de la que está hecho. ¿Y qué compositor podría hacerlo mejor que Johann Sebastian Bach?

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Bach se sentía en deuda de Dios. Era un hombre de pensamiento diáfano. Sabía que la gratitud era piedra de toque para alcanzar estados de gracia. No perseguía nada más que ser grato a los ojos del Señor. Creó música específicamente para manifestar el sentimiento de contemplación que deviene de la humildad. Como su Oratorio de Navidad.

Cuánta sabiduría hay en esta obra. Cuánta conciencia. Basta con escuchar esta música y dejarse llevar por ella. Equivale a subir hasta lo más alto de una montaña y desde ahí contemplar la historia de la humanidad. Porque lo que le da sentido a esta inmensa obra es el dolor. Si alguien piensa que el dolor es vacuo, está imposibilitado de escuchar este oratorio. Pero precisamente para ese individuo fue hecha esta música.

Las tres cantatas que conforman este oratorio van abriéndose paso en el corazón de quien oye. Delante de nuestros ojos —de nuestros oídos, sería más apropiado decir—, aquella música va construyendo formas poliédricas sencillas y comprensibles. Porque ésa es una característica de la música de Bach: su comprensión inmediata, que equivale a decir su gozo mental.

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Es inaudito el bajísimo precio de la tranquilidad, de la tan cotizada quietud. La llave maestra es el Oratorio de Navidad. La música va atenuando aun el sufrimiento más profundo. Aquel sufrimiento causado por la orfandad moral va desapareciendo hasta integrarse a uno mismo y desaparecer. Entonces la paz es bienvenida.

Son momentos de dicha suprema. De algarabía de los sentidos. En un hombre de carne y hueso todo está dispuesto para la dicha. Pero al hombre actual se le olvida que puede disfrutar aun en los instantes de mayor introspección. De eso se encarga el Oratorio de Navidad. Como si raspara la corteza humana y dejara a la vista el espíritu maltrecho. Que al momento de imbuirse del espíritu de la música se fortalece y crece. O se fortalece y se sumerge. Que al fin son dos acciones que impelen a sentirse vivo.

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Pero acaso lo más importante es cómo esta música atrae el alma infantil. Los niños son el barro idóneo para dejarse moldear por la mano de Bach. Poner esta música mientras juegan es acción noble. Aquella música no va a dar al cesto de la basura sino al corazón del pequeño. Lo tornará resistente y alegre.

 

Eusebio Ruvalcaba