En el 2004, Ida Haendel dijo algo que nunca he podido olvidar: “I am the violin”.  Esta frase puede escucharse en el documental de ese año del mismo nombre, I am the violin, ymientras que la expresión podría entenderse como ególatra, prefiero verla de una manera diferente. Haendel se olvida de sí para convertirse en el instrumento al cual ha dedicado toda una vida; va más allá de las cuerdas, las clavijas y la pérgola. Haendel se convierte en el sonido del violín.  La violinista tiene cierta extravagancia y una predilección por piezas no sólo complejas sino dramáticas. Destacan sus ejecuciones de la chaconne de Vitali y su interpretación del primer movimiento del concierto para violín de Bruch. En entrevista elude los cumplidos que la definen como “legendaria” y trata de describirse de otro modo.
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Hay algo característico de los grandes maestros, un sello indeleble que los marca. Dejan su nombre propio atrás y persiguen algo que justamente no puede ser nombrado. Esta cualidad va más allá de la forma de interpretar una pieza o de la elección de un compositor como estandarte. Puede verse también en su actitud en escena, en sus movimientos hoscos o suaves, incluso en las pequeñas obsesiones de su vida privada, lejos del escenario.

Escuchar a Bach interpretado por Glenn Gould implica también escuchar a Gould cantar, lo cual le trajo más de un problema a los técnicos de sonido. Encorvado sobre el piano, Gould presiona las teclas con la precisión y disciplina propia de una Yeshivá, conteniéndose pocas veces y dejando escapar un rezo claramente audible en las grabaciones de las Variaciones Goldberg de 1981. Consagró su vida enteramente a Bach, y como consecuencia, se dice del pianista canadiense que hasta Beethoven le sonaba como Bach.

La chelista Jacqueline Du Pré fue de las pocas intérpretes que han podido adueñarse de un concierto. Es imposible hablar del concierto de Elgar para chelo sin mencionarla; pero lo cierto es que su presencia en el escenario también es bastante significativa en términos de su género. Anteriormente, el violonchelo era un instrumento considerado impropio para las mujeres, ya que se requiere abrir las piernas para ejecutar en él; fue un avance cuando se permitió que lo tocaran con las piernas a un lado, pero sobra decir que esta postura no sólo era incómoda sino también poco práctica para una buena ejecución. Durante la época de los años sesenta, con el chelo entre las piernas, su alocado cabello rubio y los movimientos de cabeza que algunos consideraban excesivos, Du Pré armonizó con los ideales liberales de aquél entonces. Parece un homenaje destinado, que en su primer recital televisado, Du Pré haya elegido interpretar Song without words Op. 109, que Mendelssohn dedicó a Lisa Cristiani, la única chelista célebre de mediados del Siglo XIX.

Martha Argerich interpreta la Partita No. 2 de Bach en el Festival de Verbier, levanta las cejas mientras sus dedos repasan el viejo camino largamente estudiado. Avejentada o no, la cabellera y su sonrisa siempre han sido un sello característico de Argerich. Uno de mis ejemplos favoritos es la interpretación de 1965 de la Polonesa No. 6 de Chopin. Considero que del minuto 4.29 al 5.34 se nos regala un momento único: es a través de este cambio de semblante que podemos experimentar a Chopin a través de Martha Argerich, es decir, no sólo es la “Heroica” sino también el amor de Argerich por la pieza.

Mucho más obscura es la historia del pianista Arturo Benedetti Michelangeli. El atractivo maestro italiano salía poco en público y seleccionaba tan cuidadosamente su vestimenta como las piezas que interpretaba, además de que él mismo propagaba historias fantásticas sobre su vida. La más famosa era aquella en la que se declaraba pariente de San Francisco de Asís. Herbert von Karajan, el hombre que perfeccionaba Beethoven cuando dirigía la Filarmónica de Berlín, cuyas rabietas en los ensayos son legendarias y quien parecía entrar en una especie de trance cuando tomaba la batuta, era bastante tímido en lo social y, como alguna vez confesó en entrevista, no soportaba que lo miraran fijamente.

Estampas de este tipo se encuentran fácilmente en cualquier disciplina artística. Más allá del músico atormentado e irracional, las cualidades sencillas que podemos observar en escena son al final del día las que construyen y enriquecen el único vínculo real que tendremos con cualquier virtuoso o maestro, el de la interpretación directa.