Desde la década de los setenta, el grupo Decibel ha trabajado en la línea de la experimentación sonora. Aunque su presencia ha sido intermitente, debido a cambios de integrantes y abandono momentáneo, el grupo, ahora convertido en un trío, regresa a los escenarios y las grabaciones. Se trata del nuevo embate de una agrupación que no obstante ser la misma se ha transformado.

Decibel ahora está integrado por Walter Schmidt, Carlos Robledo y Alex Eisenring. Los impulsos sonoros también son diferentes. La búsqueda por avanzar, el deseo de estar en la vanguardia siguen presentes, pero los afanes han dejado el free jazz, la articulación del rock progresivo y del rock en oposición para concentrarse más en la electrónica.

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Decibel en vivo (Intolerancia, 2014) es su álbum número seis, pero es una bestia de una naturaleza distinta. Los sonidos son menos orgánicos y aquellos que sobreviven se filtran por los artilugios electrónicos. Los resultados son de una abrumadora densidad. Nadie dijo que un disco de Decibel debía ser alegre y éste no claudica, no hace concesiones. Los cinco cortes que lo integran esgrimen un discurso en el que la materia prima es la experimentación; sin embargo, la experiencia los ha vuelto más sistemáticos, menos caóticos, aunque no más amables.

El trío persiste en hacer música difícil, compleja, especialmente si no se está familiarizado con estas tendencias sonoras, pero cuando decimos que es más sistemático y ordenado el discurso, es porque los tres trabajan con un fin común y no hay una voz que quiera sobresalir. El todo se construye en capas, con una base sostenida, monótona, distractora sobre la cual se montan sonidos, voces incidentales, ambientes (el organillero, el carro del vendedor de helados, el grillo), efectos sonoros, ruidos que entran y salen, pero nunca un tema del todo reconocible, nada tarareable (aunque hay aproximaciones como en “Kame Aikab”).

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No existe, como siempre, ninguna aspiración por el éxito, por la fama; la vanguardia es la idea común, pero los referentes ahora son otros. Si en los setenta Schmidt, Robledo y Eisenring marcaron pautas, afortunadamente no viven en el pasado, cuando bien podrían hacerlo. Lo suyo está del lado de la abstracción, de la generación de sonidos que pueden ser irritantes en su continua repetición, pero que crean un aura hipnótica y vuelven imperceptibles los pequeños instantes en los que cambia la música. De hecho, a veces son estos los que marcan la transición a un nuevo movimiento del gran tema (en “La Belle Babel” es la voz de una mujer que habla en francés la que marca el cambio) porque en Decibel en vivo los temas se despliegan uno tras otro.

El álbum bien podría funcionar como un telón de fondo, pero hay pasajes perturbadores, ciertos segmentos que atrapan porque uno se siente tentado a discernir el origen de esos sonidos, de conocer qué “juguete” produce esa atmósfera. No perdamos el tiempo, sin duda aquí hay muchos sampleos, algunos tal vez reconocibles, pensemos mejor en que la manera de articularlos, ensamblarlos y producirlos ha sido un acierto. En otras manos la resultante hubiera sido deforme, monstruosa y sin duda aquí habría que resaltar el trabajo de Carlos Vivanco en la grabación y del mismo Eisenring en la mezcla y producción del álbum.

Decibel está de regreso y en muy buena forma.