En la década que va de 1947 a 1957, corrían en Japón los difíciles tiempos posteriores a la derrota de la II Guerra Mundial. En aquellos años de privaciones y de confusión, las baladas y el folclor permeaban el ambiente. Luego, se produjo un increíble desarrollo económico que convirtió al país en una sociedad de masas, de consumo y de tecnología.

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En el ínterin los japoneses descubrieron, lo mismo que el resto del mundo, que existía la adolescencia y que ésta quería sus propias formas de vida, sus propios valores y por ende su propia música. Exigía su particular modernidad. La difusión del rock, debida a la presencia de las tropas estadounidenses, sus emisoras de radio, rockolas, discos y películas, les dio a los jóvenes la sonoridad que buscaban.

Los sonidos salidos de aquellos acetatos y bocinas les proporcionaron el conocimiento de Elvis Presley, de Bill Haley y de las florecientes escenas del rock’n’roll y del rockabilly. El contagio fue inmediato y por doquier surgió la icónica figura del idoru, el símil autóctono del rebelde sin causa. Las publicaciones especializadas y la naciente televisión se hicieron eco de tal movimiento musical y Japón entró así en la modernidad del siglo XX. “Los japoneses recopilamos influencias, las interpretamos y las reclasificamos. Nos creamos así a nosotros mismos”, diría a la postre Masaaki Hirao.

Éste fue uno de los pioneros del rockabilly de los años cincuenta en el país del Sol Naciente. Con él comienza la historia del género del 4×4 por aquellos lares, la cual con el paso de los años se daría en llamar J-Rock (rock japonés). Hirao, con su presencia, dio cuenta fiel de las influencias llegadas de la Unión Americana, del estilo de sus representantes, así como del surgimiento del mercado alrededor de esta música.

El cantante, guitarrista y compositor –cuyo verdadero nombre era Isamu Hirao— había nacido el día de Navidad de 1937 en Chogasaki, Kanagawa. Una zona en la que, tras la rendición japonesa, el general Douglas MacArthur (Comandante en Jefe de las Fuerzas Aliadas) fundó su principal base militar, naval y aérea. Aquellas fuerzas llevaron consigo todas sus formas de entretenimiento, principalmente el cine y la música.

Los pragmáticos músicos japoneses pronto aprendieron a tocar el jazz, el swing, el country y el blue grass y sus exponentes entretenían las horas de ocio de los soldados estadounidenses como fuente de trabajo. Entre 1956 y 1957 aquel trabajo se expandió, desbordó las bases militares y se extendió a los nuevos cafés cantantes citadinos.

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Algunos jóvenes que comenzaban su andadura en el medio prefirieron cambiar el country por algo más eléctrico, avanzar en velocidad y responder a las necesidades de su propia generación. Se fundaron grupos de rock & roll y rockabilly (rockabirii, en japonés) que animaban los conciertos y la imaginería de los movimientos estudiantiles que pedían cambios en la sociedad japonesa.

La escena musical progresó y aquellas tímidas piezas de versión country se transformaron en dinamita pura cuando las retomó uno de los grupos adalides rocanroleros: Masaaki Hirao and His All Stars Wagon. Pronto su líder se convirtió en ídolo y las revistas lo captaron en sus páginas llamándolo el Elvis japonés. La televisión no quiso perderse aquel tren, lo mismo que las compañías discográficas como King Record y una ola de rock & roll y rockabilly arrasó la isla nipona.

Había nacido el rock japonés y entre 1958 y 1960 no tuvo rival en dicha geografía. Aparecieron los covers en inglés de “Lawdy Miss Clawdy”, lo mismo que versiones de “Jailhouse Rock”, “Lucille” o “Jenny Jenny” que Hirao se tomó el tiempo de adecuar a su idioma, imprimiéndoles con ello su sello particular: fuerte, rápido y desesperadamente roquero.

Tal cúmulo, mezclado con las piezas emanadas del cancionero tradicional japonés y pasado por el tamiz del rockabilly, hizo de la figura de Hirao un ejemplar pastiche para acercarse a la época de fines de los años cincuenta, cuando el periplo de la, muy joven aún, cultura del rock llegaba rápidamente (más rápido que ninguna otra) a las cuatro esquinas del mundo. En las antípodas japonesas recibieron gustosos y con adecuación su naciente diáspora global.