A pesar de que la cacofonía y la experimentación adquirieron carta de naturaleza a fines del siglo pasado, aún resultan perturbadoras. No obstante estar rodeados de altos decibelios y padecerlos en la vida cotidiana, la presencia de los elementos citados en la música todavía es objeto de rechazo.

Sirva esta entrada de pretexto para hablar de Los Lichis, colectivo multidisciplinario desarrollado entre el DF y Monterrey, a partir de 1997, por tres artistas visuales: Manual Mathar, Gerardo Monsiváis y José Luis Rojas.

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Necesitados de una banda sonora para ambientar sus videos e instalaciones, comenzaron a experimentar con la música “haciendo grabaciones de improvisaciones con instrumentos viejos. Así, sin más, juntamos muchas horas de grabaciones en cassette. Pasó mucho tiempo antes de que empezáramos a realizar presentaciones y las primeras fueron curiosas, ya que normalmente nos metíamos en un lugar fuera de la vista del público y solo sacábamos las bocinas, ya que eso permitía que pudiéramos hacer nuestro ambiente propicio para improvisar y además le daba ‘algo’ de misterio y desafío el no hacernos visibles. No somos músicos de formación y quizás esto hizo que rehuyéramos el exhibicionismo… Sacábamos constantemente ediciones caseras de nuestro material”.

El grupo, ocasionalmente aumentado por el guitarrista Alfonso Gutiérrez, el baterista Gildardo González y Jean Baptiste Favory, se presentó en diversos festivales, exposiciones y foros del país, pero solo se encontraban a disposición del público algunas de sus improvisaciones en tres compilaciones: Ligatripa (2001), XTAA 1993-2003 (2003) y Ready Media (2010). Hoy, el trío decide “remediar” la ausencia de producciones oficiales con la aparición de un doble vinil homónimo, en el que recogen grabaciones de una década (1997-2007) y entrecomillo el verbo porque se trata de una edición limitada a trescientas copias.

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Las cuatro caras del disco están cargadas de exploración sin red alguna, la clase de búsqueda sonora que tiene como motor únicamente al deseo de crear.

Las más de las veces, los títulos no indican la naturaleza de las improvisaciones que en ocasiones se decantan por la instauración de una atmósfera o de un estado de ánimo sombrío y tétrico ("La vida natural de Chito").

Es la falta de ambición por alcanzar un logro, como la fama o el éxito, la que permite al grupo explayarse, concentrarse en improvisar y seguir un sonido, tratar de desmenuzarlo, para luego romper abruptamente esa búsqueda y “colgarse” de un ritmo (“White Magic Studio Lines”) reconocible, encasillable en algo cercano al punk o el synth pop, aunque en realidad siempre es una ilusión.

Los Lichis lo mismo nos entregan cortes breves -apenas superan el minuto de duración-, con inflexiones cercanas al baile (“Perla de noche”), una voz montada sobre un drone (“Thurandu Paradtzube”), que se adentran en una suite de más de veinte minutos (“The Rise and Fall  of Chito’s kingdom”).

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En ellos fluye  el espíritu de The Residents, del krautrock primigenio y libérrimo en la vena de Amon Düüll II, Kraftwerk o Faust (“Drinking in the Den of Little Ears”).

En cada una de las caras de este álbum doble hay un amplio muestrario de sonidos que parecen sacados de otro tiempo, pero que al no haber encontrado acomodo allí, viene a perturbarnos ahora. Muestra de ello es “Epsilonia Radio Waves”, con su traza de electrónica de los setenta, pero con manchas de misterio gótico.

Finalmente, Los Lichis han dejado la oscuridad para documentar su obra, aunque lo deseable sería que pudieran poner a disposición de una mayoría otras de su producciones. Mientras llega ese momento, sirva esto de paliativo a los hambrientos de la experimentación, el free jazz y la sicodelia gestada en este país.