El silencio es una materia importante para quien lo conceptualiza, dirige o diseña. Es importante para el estadounidense David Lynch en todos los campos en que trabaja: cinematografía, pintura, fotografía, diseño y música. “Silence is Golden” es uno de sus mantras y el título de una de sus muestras plásticas más célebres, realizada a base de esferas de cristal que contienen y definen a tal elemento.

El ruido, a su vez, es el que le ha proporcionado la perturbación, ese inquietante estado que le ha atraído el sello de originalidad a su obra. Lynch empezó a conocer y a entender el mundo mediante el sonido, la música. A lo largo de los años, esta última le ha servido tanto o más que al principio, pero su necesidad de silencio ha cambiado. Ya no solo es la ausencia de ruido, sino el reclamo del silencio mental, de espíritu, el que, dice, le permite "pensar desde un orden personal". Esta necesidad lo ha llevado a sumergirse en la meditación trascendental.

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“Mi acercamiento a ello no es desde la religión, sino desde la espiritualidad donde se aprecia también la necesidad de silencio”, ha dicho, y esta necesidad la cubre, eso sí,  religiosamente desde hace cuarenta años, con veinte minutos, dos veces al día, de tal meditación. El silencio, para Lynch debe llevarnos a un encuentro íntimo con nosotros mismos y, a partir de ahí, a iniciar un autocuestionamiento que sea capaz de revolucionar nuestro pensamiento y obra. “Cuando acabas te sientes rejuvenecido -afirma-, las ideas fluyen, la creatividad crece gracias a este océano ilimitado, eterno e inmutable de conciencia que está dentro de ti”.

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Para este “renacentista moderno”, como se le ha llamado, es una forma de enfrentar el triunfo del mundo “productivo”, el que consume y hace consumir. “Un mundo sin silencio, como es actualmente nuestro mundo, no lo genera porque no es productivo". Pero él se ha encargado de desmentir tal aseveración no sólo con su obra multidisciplinaria sino también con la creación de un espacio físico de relajamiento llamado así: “Silencio Club” (centro nocturno y cultural concebido y diseñado por él mismo, inspirándose en el lugar semejante que aparece en la película Mulholland Drive).

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Un club exclusivo, de costosa membresía anual (la regular está alrededor de los mil euros y la Premium por los mil 700), ubicado en el número 142 de la Rue Montmartre de París, donde tal elemento es omnipresente en las actividades que ahí se realizan a partir de la medianoche: conciertos,  proyección de películas (estrenos y retrospectivas), salas de lectura, de baile y para otras performances, bar lounge y degustaciones de vino y culinarias.

Eso incluye la escucha in situ de su propia música, desde el material de BlueBob (con John Neff, del 2001) pasando por Ghost of Love y The Air Is on Fire: Soundscape (EP y álbum del 2007, respectivamente), Polish Night Music (aquella colaboración realizada con Marek Zebrowski en el 2008), los dos temas de su intervención en Dark Night of the Soul (el proyecto de Danger Mouse y Sparklehorse, del 2010), la producción que hizo para Chrysta Bell (This Train, 2011), así como sus recientes álbumes como solista: Crazy Clown Time (2011) y The Big Dream (2013).

Es decir: rock experimental, alternativo e indie, dark ambient, blues eléctrico, música electrónica, clásica moderna y concreta, art rock, americana, trip-hop y blues electronírico, una paleta musical tan amplia como ecléctica en sus conceptos, pero siempre bajo su patentado estilo personal.

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En este tiempo es The Big Dream el material que los DJ o VJ, residentes e invitados, mezclan y proyectan (estos últimos tratando de recrear la estética de los videoclips que Lynch ha plasmado en los suyos con Yoshiki, Rammstein, Moby, Nine Inch Nails o Lykke Li, entre otros) en sus presentaciones en el club.

The Big Dream, la grabación más fresca, con un material sonoro muy plástico y moldeable de Lynch en su faceta de músico, es la confirmación de lo que dijera Leopold Stokowski en su momento: “Un pintor plasma sus cuadros en el lienzo, pero los músicos pintan los suyos en el silencio”.