Se me han muerto muchos héroes últimamente. Así que de vez en cuando decido cerrar los ojos para ver si ese azote abre un paréntesis y cuando los abro, Nick Lowe sigue todavía ahí, por fortuna. Él es ahora un tipo en el ecuador de los sesenta, pero con el espíritu joven de los años cincuenta. Ya quedan pocos así. Además, cuenta con una carrera entrañable y dilatada.

Nicholas Drain “Nick” Lowe (nacido en Surrey, Inglaterra, el 24 marzo de 1949) comenzó su carrera en 1967 en el grupo Kippington Lodge y luego con la banda de Brinsley Schwarz. Dentro de ésta compuso sus primeras canciones: “(What’s So Funny ‘Bout) Peace, Love and Understanding” y “Cruel to Be Kind”, convirtiendo así a la Brinsley Schwarz en la agrupación más emblemática del pub-rock británico.

Su salida de ésta coincidió en el tiempo con la llegada del punk, del cual le interesó la actitud. Sintió que se avecinaban cambios y quiso estar ahí. No lideró el movimiento, pero produjo el primer sencillo (“New Rose”) y el primer álbum del punk británico de todos los tiempos (Damned, Damned, Damned) para el grupo The Damned con el sello Stiff.

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Con su atrevimiento, Lowe se ganó el puesto de productor base de la compañía, misma donde editó su primer single como solista: “So It Goes”, al que siguieron “Heart of the City” (un himno del nuevo género) y “I Love the Sound of Breaking Glass”. Igualmente, conoció a Dave Edmunds y fundaron Rockpile (dejó de lado el punk porque prefería ya canciones con melodía, así que encontró mejor acomodo en la corriente new wave), pero por cuestiones contractuales el proyecto quedó pendiente. A la espera del momento, Nick produjo los primeros discos de Elvis Costello and The Attractions, Graham Parker and The Rumor, The Pretenders, Dr. Feelgood y John Hiatt, entre otros. El trabajo reforzó su celebridad como productor.

Con Rockpile, a la postre, sólo editó un disco (Seconds of Pleasure, en 1980), ya que los contratos de él y Edmunds con distintas compañías les complicaron el trabajo (de hecho, su segundo disco no vio la luz hasta el 2011, una grabación en concierto durante su actuación en el Festival de Montreux de 1980). Ello llevó a la disolución del grupo en 1981. Pero quedaron para la posteridad esos perfectos tratados de pop-rock que fueron canciones como “Heart”, “When I Write The Book” o “Play That Fast Thing”.

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Durante los ochenta, continuó editando discos como solista (como ejemplo está la lista de Labour of Lust a Pinker and Prouder than Previous, productos extraños en el paraíso del sintetizador que fue aquella década) y dio vida a nuevos proyectos (The Chaps, Noise to Go, The Country Outfit) y a producciones para otros, como la de Carlene Carter (Musical Shapes), con quien se había casado en 1979. A raíz de esto Johnny Cash –su suegro– se interesó en sus composiciones e incluyó varias de ellas en su repertorio.

Para redimensionar su carrera, el manager lo obligó a aceptar una invitación para ir al estudio con John Hiatt en Los Ángeles. Aquellas sesiones de grabación se convirtieron, a final de cuentas, en el debut del supergrupo Little Village en 1992 (en el que Lowe compartía cartel con el propio Hiatt, Ry Cooder y Jim Keltner), el cual sería de fugaz existencia (como todo supergrupo), pero marcó para él una nueva etapa.

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Las canciones se hicieron más sencillas y al mismo tiempo más profundas. Eso lo empezó a mostrar en The Impossible Bird de 1994 y lo ha seguido perfeccionando desde entonces en otros discos, incluidos los recientes The Old Magic (2011) y Quality Street (2013). En estos álbumes, más que recomendables, ha encontrado un sonido propio y un estilo intimista, elegante y depurado, con un humor suave y reflexivo que fusiona sin cortapisas el country, el soul, el r&b y el pop.

Hoy su voz es mucho más rica, cálida y flexible. Se nota que es un hombre que disfruta el placer de cantar, de modular la voz, de deslizarse por el paisaje de la melodía. Nick Lowe se ha convertido finalmente, tras haber participado en mil correrías, en un clásico viviente, en uno de esos que mejoran con los años. Un héroe secreto que aún está ahí cuando se le necesita, por fortuna.

 

 

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