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Tengo en las manos un disco fuera de serie. Se trata del primero de una colección dedicada al maestro guitarrista Manuel López Ramos. Por principio de cuentas, hay que puntualizar un aspecto de la personalidad de este músico nacido en Argentina, que radicó por años en la ciudad de México hasta que la muerte lo sorprendió y estoy hablando de su generosidad, que rubricó cada uno de sus actos, aun, y, sobre todo, el de hacer música; generosidad que desparramó, desde luego, en quienes tuvieron la fortuna de ser discípulos suyos.

Al contrario de esa creencia y que más bien parece lastre que arrastran como una piedra al cuello la mayoría de los profesores de la llamada buena música, el maestro López Ramos no estuvo casado con ninguna idea preconcebida sobre el arte de tocar o de enseñar su instrumento; más bien descreía de las camisas de fuerza que ciñen el aprendizaje, y que, en más de una ocasión, estropean el empeño de los alumnos. Dueño de una experiencia excepcional en el magisterio guitarrístico, López Ramos puso el dedo en la llaga cuando unía el placer al sonido. Le escuché decir, palabras más, palabras menos, que el arte de la música no tiene que ver con el martirio que imponen las escuelas europeas, sino con la alegría que proporciona tocar. Habrá quien lo haga mejor, qué duda cabe, pero un artista verdadero está lejos de medirse por el dominio técnico, tan así, que entre más intuitivamente toque, dejando de lado aquellos métodos basados en la memoria visual —“toca como el maestro, fíjate cómo mueve las manos; imita, imita, imita”—, su entrega a la música será más plena.

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Pero iba yo a hablar de su disco. Contiene una muestra de lo que es el arte de la guitarra que en mucho recuerda la tradición de aquellos recitales de los maestros del instrumento, estilo Segovia (a quien, por cierto, López Ramos conoció y trató y al que siempre ponderó, aunque sin mencionar jamás que el mismísimo Andrés Segovia respetó y llegó a elogiar su trabajo). A saber: Quinteto para guitarra y cuerdas de Mario Castelnuovo Tudesco, grabado con el cuarteto Parrenin; y varias obras para guitarra sola: Suite No. 3 de Bach; Homenaje a Debussy de Manuel de Falla; Madroños de Federico Moreno Torroba; Mallorca de Isaac Albéniz; Norteña (Homenaje a Julián Aguirre) de Jorge Gómez Crespo y Serenata Española de Joaquín Malats.

Qué interpretación tan privilegiada la de López Ramos. Va de un estilo a otro con facilidad pasmosa, pero en cada obra transmite el alma del compositor. Diríamos que capta en lo más profundo el mensaje que aquel autor envía a quien lo escucha, y así nos lo hace llegar, sin adulteraciones ni adornos innecesarios, respetando siempre el espíritu de la música. Qué duda cabe: escuchar a un maestro absoluto provoca admiración, pero también paz. Y lo digo porque tuve el privilegio de escucharlo incontables veces en vivo. Pero lo curioso es que tocaba con la misma dulzura con la que se comportaba. Porque era cosa de verse cómo se entregaba lo mismo en la música que con los amigos. A cada frase musical le extraía algo sublime, de suyo inefable; a cada amigo le encontraba alguna cualidad que nadie más veía. Bebedor moderado de vinos exquisitos, hablar con él equivalía a sumergirse en mundos de ensueño. Tenía una voz tan melodiosa que le imbuía a su interlocutor serenidad y alegría de vivir. Pues como él mismo decía: para qué queremos paz sin alegría y al revés.