RiteofSpringDancers (1)

De la nada se desprende un fagot de la sinfónica ─sin salirse de ella he de suponer─ para comenzar una pieza de ballet en dos actos presentada por primera vez hace cien años, el 26 de mayo en el París de los ismos y las vanguardias, para ser abucheada con estruendos más efectivos que las propias diacronías y descompases de la música.

El fagot se desprende azuzado por el director de orquesta, que bien podríamos llamar Bernstein o Markevich o von Karajan o Monteux o el mismísimo Igor Stravinsky, para anunciarnos sospechosamente la danza mortal en la que se verá envuelta la elegida entre las demás young maidens para consagrar a la primavera. La ofrenda no es cualquier ofrenda, es un masoquismo de percusiones cargado de violencia y salvajismo, de una Rusia pagana como jamás la había visto el mundo.

El fagot anuncia sin anunciar la ruptura con el modernismo, anuncia las próximas vidas de Shoenberg y Cage. Sin proponérselo, el fagot advierte ya las partituras que en la mente de Silvestre Revueltas cocinaban Sensemayá o, incluso, La noche de los mayas.

En 1913, Igor Stravinsky estrenaba lo que hoy a la distancia sabemos que se trataba de una revolución. Le Sacre du printemps (o en inglés The Rite of Spring) (o en español La consagración de la primavera) lleva por subtítulo Escenas de la Rusia pagana y engarza mayormente percusiones e instrumentos de viento para dar vida a una danza cuasi primitiva, esencialmente brutal, creada por otro ruso, Nijinsky, y que cuenta una especie de cuento tribal (en contracorriente de las Mil y una noches) en el que sacrifican a una joven mujer, inmaculada, para beneplácito de los dioses y para honrar a la primavera.

Cuando escuchamos hoy esta obra nos cuesta harto trabajo concebir que el parto hace cien años fue concebido entre pitos y sombrerazos. Entre el público, unos abandonaban la sala del Théatre des Champs-Elysées, otros gritaban más alto y agudo que los más altos y agudos acordes de la pieza. En el programa de esa noche Stravinsky se olía la promesa de una velada encantadora, prologada por Las Sílfides, preámbulo para lo que nadie esperaba: el escándalo. Y es que el vestuario, las danzas heterodoxas, los golpeteos altisonantes de la música que iba en línea recta, imparable, que siguieron después de ese hermoso solo de fagot, arruinaron la noche y convirtieron a Stravinsky en el primer gran compositor del siglo XX.

Pero insisto, cuando escuchamos hoy La consagración de la primavera nos parece tan cotidiana, tan entrañable. Y quizá a quien le fascina Silvestre Revueltas aún más. La primera vez que escuché el ballet de Stravinsky creí que por ahí se trataba de un compositor influenciado por las artes del de Santiago Papasquiaro. Durango. En mi paupérrima noción de la música del siglo pasado, The Rite of Spring se me confundía con muchos otros. Sin embargo, estos días, en cumpleaños número cien empiezo a comprender y a valorar el vuelco que le dio a la música, a las buenas costumbres y al oído ejercitado en ese metódico mundo de la música de concierto.

El centenario de esta revolución ha tenido y tendrá como escenario el mundo entero. En Rusia, en el Festival de Brisbane, en Cambridge (para deleite de estudiantes de Harvard y MIT) en la Alhóndiga de Bilbao, en el Teatro San Martín de Ticumán, Argentina, en Montevideo, Uruguay (bajo la batuta de Martín Jorge) en Pennsylvania, Estados Unidos (con la Harrisburg Symphony Orchestra), en París, en Chicago, en donde se nos ocurra. Prácticamente en todas partes se anuncia un día de este año para conmemorar un coup d’état a la música convencional. Y, por supuesto, México no es la excepción: los próximos 4 y 6 de octubre la Orquesta Sinfónica Nacional, bajo las instrucciones de su Director Artístico, Carlos Miguel Prieto, interpretará La consagración de la primavera en plena sala del Palacio de Bellas Artes.

Creo que es un buen pretexto para acercarse a ese solo de fagot que sólo nos anuncia por centésima ocasión la llegada de una obra maestra.