Como en la literatura, también en la música la figura del padre es toral. Escucho Elegía, obra para orquesta de Armando Luna Ponce. Escrita, en efecto, como un canto fúnebre a la memoria de su padre, esta obra, de suyo ecléctica en lo formal, pero dotada de una tristeza descarnada que se filtra entre los pentagramas, lleva al escucha por un cúmulo de sensaciones. Porque de pronto parecen identificarse en la orquesta murmullos de un viento lejano y agreste y de pronto los alientos y las percusiones nos retrotraen una ráfaga de sonidos conciliatorios. Pero más allá de la literatura —inequívocamente barata—, Elegía vale porque estremece y conmueve. La interpretación, a cargo de la Filarmónica de la Ciudad de México conducida por Eduardo Diazmuñoz, es de verdad afortunada. Este director se adentró en la idea y el corazón de Armando Luna Ponce.

* * * * *

Solía reunirme con mi amigo, el violinista Enrique González Phillips, a escuchar Schumann. Nada más que Schumann. Pasaban por nuestros oídos su trepidante Quinteto para piano y cuerdas y, pero cómo no, su furioso Cuarteto para piano y cuerdas. Más su Segunda sinfonía y sus Conciertos para piano y para chelo —de historia tan desgarradora y desgarrada este último. Y nos preguntábamos qué diablos traía este hombre en la cabeza que sus obras concilian con la vida por el lado más devastador, que es el de la tragedia.

* * * * *

La soberbia, entre otras cosas, le impidió a Goethe valorar a Beethoven en todas sus dimensiones. Ni aun después de muerto Beethoven, Goethe hablaba de él; ni permitía que nadie lo hiciera, cuando menos en su casa. Detestaba las maneras bruscas del músico genial, así como su falta de diplomacia. Bettina Brentano fracasó en su intento de unirlos. Amante de ambos, enaltecía la figura de Beethoven ante Goethe, favorito de la corte —Beethoven, en cambio, había admirado a Goethe toda su vida. ¿Soberbia o envidia?

* * * * *

Se me olvida mi nombre, pero no el de Paganini: Niccolo. No hay virtuoso que haya despertado más admiración y desconcierto. Era tal su carácter violinístico y pasmoso dominio técnico, que la gente solía espiarlo mientras ensayaba. No había modo de explicarse esa genialidad, si no era porque había establecido un trato con el demonio. Yo lo evoco y brindo por él.

* * * * *

Ni hablar que la composición no ha sido campo fértil para las mujeres. Por razones históricas de gravedad, el peso de la creación musical, en lo que se refiere al arte de componer, le ha correspondido al varón. Se cuentan con los dedos de una mano las mujeres compositoras cuya obra es conocida y comentada. En México las cosas siguen idéntico derrotero. Aunque ha cristalizado el trabajo de diversas autoras, sigue marchando a la zaga la producción musical firmada por mujeres. Por supuesto que hay nombres que vienen a la mente  —cómo no tener presente a Guadalupe Olmedo, a quien el cuarteto Carlos Chávez se encargó de dar a conocer, o a Emiliana de Zubeldía, que aunque no nació en este país hizo aquí abundante obra, sobre todo en Sonora; y, en nuestros días, a riesgo de pasar por alto un nombre igualmente valioso, habrá que mencionar a Gabriela Ortiz, Graciela Agudelo, Hilda Paredes, Ana Lara, Marcela Rodríguez… De ahí que sea doblemente bienvenido el disco dedicado a Rosa Guraieb Kuri, compositora oaxaqueña nacida en 1931. Intitulado Otoño, el CD comprende diversas piezas que van desde obras para piano hasta canciones, pasando por una obra para flauta sola y una sonata para violín y piano. Lo que queda muy claro en esta música es la versatilidad de la autora por encontrar su voz. Incapaz de encajonarse en un solo estilo, su trabajo recorre diversos caminos con tal de expresarse cabalmente. Mientras que Xóchitl Rovirosa tuvo a su cargo la producción musical del disco, los intérpretes son Lourdes Ambriz, soprano; Vincent Touzet, flauta; Mitzuko Tempaku, violín, y Duane Cochran, piano. Sin duda, la obra de Rosa Guraieb Kuri pone a prueba la musicalidad de los intérpretes; aunque el punto de interés no radique en la emoción que acaso provoque, sino en la experimentación.