El hibridismo y la segmentación actual de los géneros musicales ha traído consigo una pluralidad que pone a prueba constante la capacidad del melómano para estar al tanto de su tiempo. La palabra que resume la última década, la de los años cero, sería, entonces, fragmentación: el frenesí de la personalidad múltiple, la identidad emulsionada por la web, el subgénero infinito.

El jazz del nuevo siglo, tal y como lo entendieron los integrantes de nuBox, el grupo alemán asentado en Berlín, no era ya un patrón estándar al cual pulirle las aristas con gotitas de acid, sino un relato de final abierto al que sumar elementos de otras tendencias: el blues, el soul, el dub, el breakbeat, el free style, el rock industrial, el e-jazz y, sobre todo, el concepto de DJ, para formar una síntesis creadora y activa.

Gracias a la labor del trompetista Reiner Winterschladen, de Alois Kott (encargado de las cuerdas tanto analógicas como digitales) y de Peter E. Elisold (percusiones de ambos mundos, igualmente), los sonidos y los ritmos de la electrónica se filtraron en la propuesta que ellos presentaron a partir de sus veinte años de existencia, una en que el jazz se mostró abierto –como siempre– a las mezclas y al pulso de la época.

El grupo comenzó su andar en los años ochenta del siglo pasado con el álbum Sweet Machine de 1985, bajo el nombre de Blue Box. La buena recepción de la crítica a su propuesta de jazz en oposición, con influencias de la naciente deutsche welle del rock, les atrajo invitaciones de la mayoría de los festivales europeos y asiáticos a los que concurrieron desde entonces. Su discografía creció a la par de ello: Stambul Boogie, Capture Dancefloor, Time We Sign, 10, etcétera.

En su constante evolución con el género –y del género mismo–, sintieron la necesidad de un nuevo instrumentista para ir más allá y enriquecer su oferta jazzística con otra fisonomía, rompiendo lanzas a favor de estilos como el techno y el hip hop. Eso significó cambiar de nombre (a nuBox) e incluir las herramientas del sampling, el remix y los derivados de la tornamesa, elementos todos de la nueva corriente a la que se inscribieron. A ellos se incorporó entonces el DJ Illvibe para aportar toda la riqueza de tales elementos.

Este último, cuyo verdadero nombre es Vincent von Schilppenbach (hijo del prominente pianista alemán de jazz Alexander von Schilppenbach), contaba en su haber con una carrera sólida dentro de la música, como tecladista y DJ integrante de la banda de reggae-dancehall Seeed, de Lychee Lassi y del grupo de hip hop Moabeat, participaciones que le ganaron discografía, nombre y una reputación en la influyente escena musical berlinesa.

Tanta que la pianista japonesa Aki Takase lo llamó como invitado a la grabación de su álbum Look .03, una aventura tras la cual creó su propio conglomerado de nombre Das Department, con el que actúa regularmente en clubes europeos. En el año 2004 fue invitado a colaborar con nuBox, con el cual ha grabado desde entonces Sonic Screen, Next Twist y Limbic System Files.

Sin duda fragmentación es una buena palabra para hablar de los tiempos que corren, pero también interacción, aglutinamiento, hipermodernismo. El de hoy en la música –y no sólo— es un ciclo incluyente, imponente, próspero, infinito y desmesurado que cambia sin freno (en muchos ejemplos anárquicamente) y sin temor a su posible futuro. Uno, como en el caso de nuBox, en el que los géneros únicos son exclusivamente arqueología.