Escucho un disco de Horacio Franco, quien nos honra, como músico mexicano que es. Es un tour de force para cualquier flautista que se jacte de serlo. Lleva por título un solo nombre, una sílaba —como decir sol, como decir mar: Bach. Grabado en el sello Quindecim Recordings, este cd constituye una muestra de lo que es el arte de la flauta de pico. (Dije muestra, debí haber dicho alarde, en el sentido de que rebasa con mucho lo que cualquier conocedor o amante del instrumento podría exigir.) No cabe duda de que Horacio Franco es uno de los grandes del mundo. Su interpretación, su cabal conocimiento de la música barroca, la musicalidad que sugiere y colma y que se ahonda en cada obra, lo torna un flautista memorable. Este disco es una joya en el sentido más amplio del término, como aquellas gemas que esplenden desde incontables ángulos. Un trozo del arte de Horacio Franco que, a estas alturas, se escucha con reverencia y asombro. Tal cual uno de los más altos virtuosos que ha dado, insisto, este país. Y si hablamos de flauta, no es posible dejar de mencionar el nombre de Gildardo Mojica, muerto no hace mucho. Un grande del instrumento.

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Escucho al Cuarteto Nacional de Clarinetes de México. La cita fue a un lado de la Sala Nezahualcóyotl, en el Centro Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México, a las 3 de la tarde. Llegué en punto (no hay nada que me atosigue tanto como hacer esperar a uno o varios músicos; tal vez tenga que ver con el modo tan peculiar que tienen de medir el tiempo, que para ellos es el tempo). Y allí estaban: Alejandro Moreno, Paula Hernández, Diego Cajas y Ángel J. Pérez. Cuatro instrumentistas que están haciendo música de cámara y que tienen puesta una gran fe en lo que único que debe animar la vida de un músico: en el estudio y la entrega. Tienen en su haber un disco con música de Abundio Martínez, compositor nacido en Huichapan, estado de Hidalgo, en 1864, y muerto en la ciudad de México en 1914. Autor de más de 200 obras, clarinetista de tiempo completo, a través de sus composiciones le dio un fuerte impulso a la música popular en México. Y ¡qué música tan nuestra y delicada! Yo ya la había escuchado en mercados, cantinas, en la calle misma. La había oído con bandas militares y de pueblo, con salterio y con piano. Pero esta dotación del cuarteto de clarinetes la hace sonar de un modo más fino y depurado, seguramente como don Abundio la concibió. No había aquí vulgaridad sino finura y menos repetición sino frescura. Es una música que todos los mexicanos hemos escuchado, pero ahora tocada por cuatro maestros de altos vuelos, egresados del Conservatorio Nacional de Música. Todos ellos con conocimientos enriquecidos en el extranjero. Y de hecho hay varios conjuntos camerísticos —de cuerdas, de alientos, de piano y cuerdas— que han seguido esta modalidad.

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No voy a hablar ahora del Sergio Cárdenas director de orquesta, que ha emprendido una carrera contra viento y marea, y que, en países como Austria y Alemania, donde la música tiene un lugar preponderante, se le conoce y pondera. Menos voy a hablar del Sergio Cárdenas compositor, cuya obra se abre paso en el gusto de la melomanía, cosa que lleva su tiempo cuando se trata de música de calidad. Y en lo que él avanza pertinazmente. No, de quien haré referencia es del traductor, de este hombre que trabaja sin tregua en su labor de traducción del alemán al español. Desde luego que Rilke es para él la montaña, la cima que habrá de verter a nuestro idioma —que no será el primer traductor ni el último que lo haga—, y a sus lectores nos consta que no descansa en ese cometido. Pero en el ínter, Sergio Cárdenas pone el dedo en la llaga de la poesía cuando traduce a otros alemanes, ¡y que han escrito sobre México!, como a Wolf Wondratschek —un maestro cuyo nombre habríamos de tener presente a la hora de pasar revista—, de quien tradujo este poema intitulado “Tequila en Tepoztlán” y que dice: Dios, da algo de beber / a aquellos que caminan en la alborada / como si caminasen descalzos / sobre vidrios rotos y hogueras / hacia una iglesia para confesarse. / Se caen a medias y se arrodillan. / Los toros se desangran en los ganchos del carnicero. / El sol espera… / aunque nadie lo espera a él ./ Dales, Dios, aún otra ronda, / aún la última hora de tiempo / pospuesto para que se arrastren / antes que los perros vengan de la obscuridad / y los huelan como huelen el estiércol.

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Escucho una y otra vez Los cuadros de una exposición de Mussorgsky en la orquestación de Ravel. Es una obra que me levanta. Que posee esa rara virtud de inocular bríos al oyente. Bien podría decirse que en sí misma la orquestación de Ravel es una obra autónoma y revolucionaria.

 

 

Un comentario en “Alientos que hacen música

  1. En esta ocasión, les hago llegar hasta sus sentidos un breve texto y una obra musical del maestro, compositor, escritor (crítico de música y traductor) y director mexicano SERGIO CÁRDENAS.