Por Eusebio Ruvalcaba

Realmente Mozart fue un fecundo autor de conciertos para piano. Cuando menos dejó al mundo once obras maestras de este género: los conciertos números 9, 12, 17, 19, 20, 21, 22, 23, 24, 25 y 27 (estoy pensando estrictamente en los conciertos, no en otras vertientes para el piano: sonatas, fantasías, etcétera que en la misma medida legó). Clara Haskil, una de las pianistas más admiradas del genio salzburgués, decía que cuando tenía que tocar un concierto de Mozart dejaba que el azar seleccionara, a tal grado le costaba trabajo a ella escoger. Y es cierto, aunque aun sobre estas preferencias pueda haber divergencias.   Escucho la versión de Daniel Barenboim, ese viejo maestro argentino, pianista y director de orquesta hasta la médula, intérprete destacadísimo de Mozart —también proclive a la escritura y a apoyar movimientos mundiales en pro de la paz, a la usanza de Yo-Yo Ma, y como alguna vez hiciera Menuhin. Dice Barenboim en su libro Una vida para la música —en el cual, desde luego, dedica páginas encomiables a la que fuera su esposa, chelista extraordinaria, y quien muriese de una enfermedad trágica: Jacqueline Du Pré. Dice cosas notables. Un poco de todo. Por ejemplo, con respecto a otro genio del piano: el canadiense Glenn Gould, muerto por un cáncer devastador: “Glenn Gould afirma que las grabaciones son la única manera de hacer música en la actualidad. Yo no comparto esa opinión. Para mí, la música es comparable al ser y está en relación con lo que ha sido y con lo que será. El deseo vehemente de detener el paso del tiempo no es posible en la vida que, inevitablemente, transcurre. Esta idea naturalista de la música es la verdadera antítesis de las grabaciones. Éstas, en el mejor de los casos, sólo pueden ser el registro histórico de un determinado momento”. Una reflexión que seguramente hizo rabiar a Gould; y a propósito de Mozart, el provocador Glenn Gould sentenció: “No es que no me guste Mozart. Peor aún, lo desapruebo y con él sus maneras mundanas. Hay, sin embargo, algunas excepciones [entre sus obras]” —tan pensó en esas excepciones, que en Sony tiene grabadas todas las sonatas para piano, más algunas fantasías y rondós. Puro jarabe de pico, diría mi abuelita.

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Leo las cartas que Paul Eluard envió a Gala. Es un placer morboso el que lleva mis ojos hasta estas confesiones (tan es así que antes de hacerlo descorcho una botella; faltaba más, en el reverso de este espejo hay pasiones, infidelidades, atrocidades para disfrutar; exactamente como si me fuera dado espiar): “He gastado demasiado la vida. Y te amo demasiado (lo digo con fervor, con fe, de sueño en sueño, por ti he cambiado de universo, he pasado al tuyo. Mírate en el espejo, mira los ojos que amo, los senos que amo, el sexo que amo, tus hermosas manos, escúchate hablar, comprende bien lo que dices, mi única amiga, porque no comprendo otra cosa que tu lenguaje, porque te dejo libre, qué placer saco del tuyo, porque te quiero audaz y fuerte y hecha solamente a tu voluntad, a tu voluntad que es la mía, que se ha elevado maravillosamente, como la mía, de todo nuestro amor)”.    Las cartas de amor son lecciones de amor. Cada amante intenta enseñarle al otro los fundamentos amorosos. Y a veces los concernientes a alguna disciplina que los una a los dos. Como las cartas que Flaubert escribió a Louise Colet y que son verdaderas lecciones de literatura y, más que eso, de creación literaria. Leerlas, equivale a tomar un diplomado en el arte de la escritura. También hay que mencionar las que Schumann le escribió a su esposa Klara, o Mozart a su prima Tekla —las primeras, porque son fuente de sabiduría amorosa y las segundas, por su suciedad y escatología. Dignas del mejor postor.

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Y hablando de cartas escatológicas, Mozart no perdía oportunidad de escribirlas, sobre todo si iban dirigidas a mujeres, como a su prima: “Ma très chère cousine: Antes de empezar a escribirte debo ir a al excusado. ¡Ya está! ¡Ah! ¡Vuelvo a sentirme ligero! ¡Me he quitado un buen peso de encima! ¡Ahora ya puedo volver a hartarme! ¡Oh, cuando uno se ha vaciado a fondo la vida resulta más agradable!”. Ni hablar que tenía razón.

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Un libro que pueda leerse en las horas difíciles es un libro para toda la vida. Como la música. Pero no abundan esos libros. Vienen a mi mente Aristóteles, Horacio, Quintiliano. Maestros de la retórica en cuya palabra es posible abrevar de la sabiduría que provoca alivio, consuelo, conmiseración. Alfonso Reyes es otra alma grande y noble en el arte de hacer de la palabra un bálsamo al alcance de quien se decida a acercarse a ella con humildad.

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Disfruto la soledad. Platicar conmigo mismo. Hacer un esfuerzo por tolerarme. En esta cantina, los borrachos se me quedan mirando. Me cuido de mover los labios al hablar.

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Caigo en la cuenta de que respeto más la palabra depositada en el corazón de un amigo que el sí otorgado a una mujer. Sé que lo sagrado se cobra. Para las mujeres, benditas ellas, lo sagrado son ellas mismas.