annePor Eusebio Ruvalcaba

De acuerdo con la opinión —que en su caso es mucho más que eso— de Anne Sophie Mütter, la excelsa violinista alemana, actualmente esposa de André Previn, de acuerdo con ella, el más grande concierto escrito para violín es el de Chaikovski. Sus argumentos son irrefutables: que este concierto propicia el lucimiento del ejecutante en una escala ascendente, que le permite mostrar todos los requerimientos que exige el violín para su interpretación suprema, que proporciona todo el amor por la vida y el encantamiento de existir, así como el desconsuelo de estar vivo, que se da de manera simultánea. Y es verdad. En este momento estoy escuchando dicho concierto en la voz violinística de David Oistrack. Es un dios y un demonio. Y creo que el violín se presta a eso. No hay otro instrumento que reúna los conflictos humanos de un modo más dramático —o entrañable, como dirían los apegados a la rigidez del idioma. Pero regresemos a los conciertos. Que la maestra Mütter asevere eso de Chaikovski es un hecho, pero no coincido. Aun a riesgo de decepcionar a quien esto lee, para mí el concierto para violín más alto de todos los tiempos es el de Beethoven.

* * * * *

Según Leopold Mozart —que sabía de violines; su método para la enseñanza del violín se sigue usando—, las mujeres son mejores violinistas que los varones. Se basaba en su experiencia para afirmar esto. Su hijo Wolfgang prefería a una violinista que a un violinista para acompañar el estreno de sus sonatas para violín y piano. Aunque se dice que la elección tenía mucho que ver con el hecho de pasar horas al lado de una mujer. A solas. Estudiando o no.

* * * * *

faure_poster-791x1024Gabriel Fauré es uno de los grandes constructores de la música de cámara francesa, al lado de Poulenc. Habrá quien pueda apostar que aún más que Debussy y Ravel; aunque estrictamente hablando Fauré sea un autor convencional, un compositor que mira pasar la música revolucionaria como quien ve pasar la tormenta desde la seguridad de su casa. Sus cuartetos para piano y cuerdas, sus dos quintetos también para piano y cuerdas, sus sonatas para violín y piano son obras supremas. Transcurren en las dulces aguas. Se escuchan y se crea la sensación de que la nave surca vientos apacibles, sin emergencias que hagan violentar la nave. Poulenc es otra cosa. Poulenc es juguetón. Absolutamente libre. Transparente

* * * * *

Y sigo con Fauré, pero ahora escucho su Réquiem. Qué portento de obra. Sin abandonar jamás esa emoción mesurada —lo contrario de Verdi, cuyo Réquiem es asimismo una obra maestra en cuanto a la música volcánica y tremenda, que es otro modo de dirigirse a Dios, que de eso se trata un réquiem; o sin traer a cuentas el de Berlioz, uno de los más notables en la historia de la música—, sin dejar de lado ese diálogo sutil entre las voces y los instrumentos orquestales, esa armonía conciliatoria, sin dejar esas características que lo hacen tan identificable, la audición de esta obra magna invita al recogimiento.

* * * * *

violínEl mejor modo de ser un hombre de mi tiempo es siendo de otra época. Fuera de época, fuera de la moda. Sin estar a la moda —siempre estúpida— ni nada que se le parezca. Porque así no le doy dolores de cabeza a nadie y no le causo el menor estropicio a la gran maquinaria.  Pertenezco a los siglos XVIII y XIX. Hasta el delirio mismo, cada jornada, desde que principia hasta que termina, llevo en mis oídos la música de los grandes maestros (yo no soy escritor, soy un compositor del romanticismo más trágico). La escucho en todos los rincones. Ya no encuentro paz. Doblo la esquina y las notas del concierto de piano de Schumann interrumpen mi paso; tomo por un atajo y el quinteto para clarinete de Brahms me asalta desde una ventana; ocupo un lugar sombreado en una banca de la plaza de armas y la sonata Hammerklavier de Beethoven atrae mi atención; vuelvo mi cabeza al cielo y el cuarteto de La doncella y la muerte de Schubert me sacude el corazón. Esto evita que me concentre en lo que sucede a mi alrededor. Que no sepa ni quién es el presidente de este país. Ni quién figura y quién no en las letras mexicanas. Que se repartan el botín.

* * * * *

A partir de Emil Ludwig, los melómanos han insistido en denominar a un cuarteto de cuerdas “un matrimonio de cuatro”. Nada más alejado de la realidad. Lo último que hay en un matrimonio es armonía, entendimiento y complicidad —estética y humana. Lo que hay es malos ratos, discrepancia, miradas cargadas de odio, zancadillas, decepción.

 

 

Un comentario en “La Mütter