File_20111016143728Por David Cortés

Peter Gabriel ha puesto a circular New Blood (Real World, 2011), su más reciente grabación, un disco en el cual él mismo se versiona. Probablemente, es esa necesidad del ser humano de mirar atrás cuando se llega a cierta edad —el cantante ha cumplido 61— y de corregirse; tal vez sea, simplemente, la comodidad. Lo cierto es que en la última década, el vocalista se ha olvidado de escribir canciones para contentarse con vivir de su pasado.

New Blood, dice Gabriel, surgió cuando comenzó a pensar en la orquesta sinfónica como un recurso que nunca había usado en su totalidad y hacerlo ahora le pareció fresco. Cierto, todo creador tiene la libertad de regresar a su obra y corregirla, recrearla o deformarla. En este álbum, el inglés ignoró “algunas de las canciones más populares” y seleccionó “aquellos cortes que harían el viaje más interesante”. La excepción fue “Solsbury Hill”, un tema que incluyó luego de las múltiples peticiones recibidas (aunque lo separó del resto con una atmósfera ambiental llamada “A Quiet Moment”).65

La New Blood Orchestra interpreta los catorce temas; Melanie Gabriel, Ane Brun y Tom Cawley hacen las voces. La primera, pese a los arreglos de John Metcalfe o precisamente por eso, fracasa en imprimir vigor allí donde las versiones primigenias lo presumieran antaño. En “The Rhythm of the Heath” falla al tratar de recrear, con otros medios sonoros,  la abundancia de las percusiones del original; “Digging in the Dirt” también suena  gris, débil, algo de lo que carecía el tema originalmente incluido en Us.

“In Your Eyes”, “Don’t Give Up”, canciones destacadas,  brillantes y entrañables gracias al contraste de las voces utilizado por el compositor, aquí pierden todo color, como si el revelado hubiera sido incapaz de plasmar la gama cromática de las primeras versiones. Ya en Scratch my Back Gabriel dio muestras de deterioro creativo; confiaba en que para este disco habría una suerte de reivindicación, una tentativa por reinventarse, pero en vez de ello hay vacío, carencia de ideas para encarar de mejor manera un puñado de composiciones que ya eran dignas y memorables como las diera a conocer anteriormente.

No hay un atisbo de sangre nueva en este trabajo, nada que nos lleve a encontrarnos de manera gozosa con un Gabriel que en el pasado iluminara muchas sendas de nuestra vida; ahora, en su lugar, está la imagen de un cantante que, a fuerza de regresar a sí mismo, ha caído víctima del agotamiento.

 

 

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