Por Eusebio Ruvalcaba

Chopin

Frédérick Chopin

I

Se apropió de la esencia femenina. Desde entonces las mujeres andan  erráticas. Se dirigen hacia un punto y de pronto se dan media vuelta. Sin motivo alguno. Por alguna razón que desconocen, ya no pueden tejer ni cocinar. Ni maquillarse para su hombre. Y menos, pero mucho menos, saben cómo nombrar a su hijo: ¿Sebastián? ¿Lucio?  ¿Pigmalión? ¿Cecilio? ¿Cruz? ¿Ludovico?

II

Antes de poner las manos en el teclado, aun el más escéptico de los pianistas evoca a Chopin. Y una suerte de relajamiento se apodera de él. El camino ya está trazado.

III

En  Chopin, su enfermedad ―el estado mórbido, dirían algunos, el teorema de la melancolía, dirían otros―, su chantaje, va de la mano con su genialidad. Como las llagas de Jesucristo. Como la sordera de Beethoven. Chopin le inoculó el veneno de la tragedia al romanticismo por vía intravenosa.

IV

Cada vez que se toca uno de sus Nocturnos, la música parece clamar porque alguien le alborote el pelo.

V

Los chopinianos a ultranza no toleran a Brahms. Ignoran que esa determinación habría enfurecido al polaco. Amante de la esencia. Chopin es el primero que les niega la entrada a esos seguidores. Cierra con llave. La llave de la música.

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Franz Joseph Haydn

Todo el mundo lo quiso. Todo el mundo quería estar a su lado. Si hubiera habido fotografías. Pero mejor que no. Con él arranca esa piedra de toque llamada prestigio. Que en buen español significa respeto por parte de la aristocracia ―de nadie más importaba. Imposible de obtener cuando se nacía humilde en la Europa del siglo XVIII. Haydn tuvo ante sí el delirio que provoca la admiración. Príncipes, condes, duques, reyes y marqueses y desde luego jerarcas de la iglesia se disputaban el derecho de besarle la mano a ese varón humilde. Ambas manos. Y lo que le preocupaba a Haydn era bien distinto. Inventor de la sinfonía moderna, del cuarteto de cuerdas, de tantas formas como géneros satisfacían su sed inagotable, la preocupación de Haydn era mantenerse alejado de su mujer. A Beethoven le llegó a confesar: “Mi mujer ha matado todo en mí, excepto mi sentido del humor”. Haydn hizo todo lo que un hombre puede desear: rogó piedad a través de sus Siete últimas palabras de Cristo, cultivó la hortaliza de la amistad en la persona de Mozart, inoculó en su alumno Beethoven el veneno de la disidencia ―como si no hubiera sido suficiente el que Beethoven traía en el hígado―, impregnó su música de elegancia y lirismo, mixtura devenida de aquellos atenienses y que aún es posible advertir en Jenofonte. Le dio a las notas el valor de la aceptación universal. Tal vez por eso, las naciones más cultas se disputaban su favoritismo. Querían ser pasto y flor del árbol de su genialidad. La aurora, El jinete, La alondra, La broma, El sol son cuartetos que tocan el alma al timbre de sus dieciséis cuerdas.

SaintSaens

Camille Saint-Saëns

Niño prodigio a la altura de Mozart ―que si esta afirmación es exagerada será por algo. Pianista que a los diez años podía tocar como encore cualquiera de las treinta y dos sonatas de Beethoven. Amigo íntimo de Sarasate ―a quien dedicó sus conciertos para violín, su Introducción y Rondó Caprichoso, su Havanaise, generoso y fecundo, la tragedia de haber perdido a sus dos hijos ―uno por accidente y otro por enfermedad antes de que cumplieran tres años― no detuvo su enjundia musical. Estaba destinado a ser un grande pero no lo fue. Tal vez porque huía del sufrimiento en lugar de abrazarlo como lo hizo Mozart. Tal vez porque huía del dolor como de la más terrible inundación. Tal vez porque tenía más sentido común que temperamento. Se dice que cuando viajó a Rusia, Chaikovski bailó con él. Y que Anton Rubistein le dedicó un concierto para piano. Se dicen muchas cosas de él. Que de su propio peculio mantenía a jóvenes promesas de la música. Que avistaba en el arte sonoro el camino del perdón.

Alexander Scriabin

Alexander Scriabin

Todas las mañanas atusaba su bigote. Era un gran bigote, un bigote enorme. Lo mismo pasaba los dedos por él cuando se debatía entre la música y la filosofía o entre la religión y la ciencia. Le llevó mucho tiempo decir Dios soy yo. Lo cual le restó admiradores y le sumó detractores. No sólo en Rusia. También en Francia. En Alemania. Pero no muchos, porque siempre hubo quien creyó en él. Las mujeres, sobre todo. Algo tenía su música que las hacía suyas como las flores al rocío. Basta con escuchar su Poema del éxtasis o su primera sonata para piano. Es como cabalgar entre las nubes. Que todo se ve bajo el imperio de la emoción. Mysterium, que habría de reunir música, poesía, religión y plástica, que habría de estrenarse en el Tíbet y cuya interpretación duraría siete días, no lo alcanzó a terminar. Luego de años devastadores, quedó inconcluso. Murió de la picadura de una mosca contagiada de carbuncosis. Lo picó en el labio inferior. El superior estaba protegido por el bigote. Cual muralla de castillo medieval.