imgPorcupine Tree3Por David Cortés

“Contrario a la opinión generalizada —escribe Paul Stump en The Music’s All That Matters, (1997)—, el principal problema del rock progresivo no es su autoindulgencia… tampoco su pretenciosidad (un epíteto que sus progenitores encaran con paciente estoicismo). El problema del progresivo es su nombre”.

Agreguemos a esto, más allá del multicitado arribo del punk y su antidinosaurismo, como causas de su caída, que alrededor del rock progresivo hay una gran ignorancia, incluso en algunos de sus más acérrimos seguidores. El género, en un nivel masivo, suele reducirse a un par de vertientes y exponentes: el sinfonismo de Yes, Emerson, Lake & Palmer, Genesis, y una parte del rock italiano o la fusión al estilo de Mahavishnu Orchestra y Weather Report. Corrientes como la improvisación, el krautrock, zehul, Canterbury o Rock en Oposición, favorecidas por menos seguidores, tienden a olvidarse.

Para ayudar al género a superar el desconocimiento en el cual ha sido arrinconado, Adele Schmidt y José Zegarra Holder tomaron la cámara y asistieron a dos de los principales festivales de la costa este de los Estados Unidos (NEARfest, Prog Day) y le dieron seguimiento a algunos de los grupos jóvenes del género. El resultado quedó asentado en Romantic Warriors. A Progressive Music Saga, un documental de noventa y cinco minutos de duración en el cual aparecen, entre otras bandas,  Cabezas de Cera, DFA, Karmakanic, La Maschera di Cera, Phideaux y Cheer Accident.

Schmidt y Zegarra hacen un somero recorrido de la historia del género, desde su nacimiento en la segunda mitad de los sesenta, hasta llegar a su momento actual, sin olvidar repasar su declive y las razones que lo han confinado al subterráneo. En las distintas entrevistas aquí reunidas, queda claro que hace mucho el progresivo dejó de ser una corriente de moda, pero tampoco se encuentra confinada a una fanaticada mayor de los cuarenta; ha sido objeto, dice el bajista de Cheer Accident, de una renovación: “La pregunta es si tomar como punto de partida el rock sinfónico de los setenta o el momento actual. Nosotros decidimos partir del ahora”.

Paul Sears, del grupo The Muffins, pone el dedo en la llaga cuando señala que en los Estados Unidos “poca gente vive de hacer esta música” y el contraste es tremendo: “Un día tocas para más de cinco mil personas en un festival y a la siguiente semana lo haces para menos de  cien”. Lo secunda en estas apreciaciones Steve Feigenbaum, fundador del sello independiente Cuneiform (en cuyo catálogo encontramos desde agrupaciones clásicas como Soft Machine o Univers Zero, hasta bandas más recientes como Miriodor o Cheer Accident), quien dice que  llegar a vender “cinco mil discos de un título es muy raro”.

Sin embargo Romantic Warriors es muy claro al retratar que lejos de morir, la comunidad progresiva ha crecido gracias a internet. Varios de los entrevistados reconocen que esta herramienta tecnológica les ha permitido ser conocidos en países a los que nunca han visitado y que nunca antes, como lo señala Mike Potter de Orion Sound Studios, “ha habido un mejor momento para el rock progresivo como el presente”.

Cierto, el mercado es atosigante y muy competido. A las producciones de las bandas nuevas hay que añadir los discos remasterizados, en ediciones de lujo, de aniversario o con bonus tracks de bandas consolidadas que se editan con frecuencia; tal vez esa afluencia de productos de agrupaciones ya conocidas impida un descubrimiento de la nueva música que se hace dentro del género en la actualidad. En ese sentido, Romantic Warriors viene a destapar la punta de un iceberg digno de ser conocido. Es hora de empaquetar a los clásicos por un momento para dejar fluir la sangre nueva, parecen decirnos Schmidt y Zegarra en su documental, mismo que busca mostrar el estado de salud del rock progresivo en la actualidad.