Mozart[1]Por Eusebio Ruvalcaba

Mozart, que nació en un descuido de Dios, las notas, que custodian el advenimiento de la muerte, la música, cuyo cómplice es el silencio, Beethoven, que es Cioran en música, Liszt, a quien Brahms despreció, Chopin, que muy a su pesar sigue estrujando, el músico callejero, que nos  recuerda la grandeza de la música, el lied y la voz como una paloma perversa, el violín, que bautizó a Paganini, Paganini, que le dio forma al violín, el piano, en su facilidad infinita, que sin embargo nunca es complaciente y menos fácil, el chelista, que parece aferrarse a su instrumento para no morir, Bach, que está a la derecha de Dios, Anton Rubinstein, que concedió entrevistas que hoy se consideran tratados y de las que Borges ―cuyo aliento entibia estas líneas― no tuvo conocimiento, el placer de la música, que nos consuela para morir en paz con nosotros mismos, Herbert von Karajan, que en Berlín hizo lo que Bernstein en Nueva York, Leonard Bernstein, que en Nueva York hizo lo que Karajan en Berlín, el segundo concierto para piano de Brahms, que exige comprometerse para escucharlo, Mendelssohn, que solía ocultar esmeraldas entre los pliegues femeninos, los cuartetos de cuerdas, que conducen a la filosofía de la música, Mozart, que es y será el más grande, Schubert, que hizo cantar a las truchas, la amistad entre Haydn y Mozart, de la que aún aprendemos, el corno, cuyos mejores ejecutantes alertaban a las tropas aqueas, el arpa, que los ángeles ocultan a los hombres de poca fe, el solfeo y la feliz evocación del sol y el fa, que nacieron para estar juntos por los siglos de los siglos, las sinfonías, cuya beligerancia envidiamos, las sonatas, cuya dulzura nos confunde, el concierto para violín de Beethoven, que se levanta en las alturas y se distingue en el cielo como un relámpago, el concierto para violín de Chaikovski, que se escucha en lo más profundo de las cavernas, las obras para violín solo, de las que huimos, la Ciaconna de Vitali, que es superior a la de Bach, el alma de los violines, que es una pieza de apariencia insignificante y en cuya elaboración los luthiers vuelcan todo lo que saben, los días de asueto, que los intérpretes no conocen, los compositores, porque son inagotables, el papel pautado, porque es la alambrada de púas de la música, la música de cine, que sobrevive a las películas mismas, la inspiración veneciana de Antonio Lucio Vivaldi, que en mucho recuerda la de un pintor nacido en Sanzio, Copland y Gershwin, con quienes el clarinete está en deuda, el clarinete, que está en deuda de Mozart y Brahms, la música rusa y Prokofiev, que se encargó de desenmascararla, la música rusa y Rachmaninov, que se encargó de arrullarla, las mujeres, a quienes la música no acepta, quién sabe si por cuestión de celos, Schumann, que no distinguió entre la música y la vida y cuyo seudónimo era Eusebius, Berlioz, que se disfrazó de mujer para seducir a una mujer, Verdi, que con Mozart, Brahms, Fauré y von Suppé, sostienen esa montaña llamada réquiem, Cesar Franck, cuya sonata para violín y piano sostiene esta página, Dvořák, que vio en el dolor de los esclavos negros la fuente de la melodía, la sonata de El trino del diablo, que le costó a Luzbel la expulsión del paraíso y le valió la inmortalidad a Tartini, la música de cámara, que escuchamos en los momentos de infortunio, la música, que, como el pan, siempre es posible compartir.

 

 

2 comentarios en “Los caminos de la música

  1. Sin ánimo de discordia. Sólo la otra versión.
    Bernstein fue Bernstein más por Viena que por New York. Karajan que ni hasta el final pudo con el peso de la sombra de Furtwäengler. El concierto para Violín de Brahms, que baja desde las alturas como bajó el propio espíritu santo. Bruckner cuyas sinfonías enaltecen el alma humana y el gusto del más alto entre los más altos. Mahler que entendió al alma humana y la disfrazó de tragedia jusía.

    Y así… podemos seguir ad infiniutum