FF1Por David Cortés

Fred Frith es un músico prolífico, un compositor-guitarrista —también se desempeña aceptablemente en el violín y el bajo— que ha explorado diferentes vertientes de la vanguardia, casi siempre de forma exitosa. Si bien solista desde los años ochenta, cuando se trasladara a vivir a los Estados Unidos, también ha formado parte o él mismo ha fundado a importantes agrupaciones (Naked City, Skeleton Crew, Massacre, Death Ambient) y sus colaboraciones, ya sea con John Zorn, Carla Khilstedt, Janet Feder o Evelyn Glennie, hablan de su amplitud de miras.

Buena parte de su obra la ha dedicado a componer música para teatro, ballet o documentales, pero de sus pasos más recientes, tal vez el más sonado, el mejor consolidado, es Cosa Brava, grupo integrado, además de Frith, por Zeena Parkins (acordeón, teclados, voz), Matthias Bossi, percusiones, batería, voz), Carla Kilhstedt  (violín) y The Norman Conquest (manipulación sonora en directo).

Gran experimentador, improvisador y compositor de música contemporánea, Frith se caracterizó en los ochenta por  explorar una vena melódica, festiva y celebratoria de su  música, una masa sonora más emparentada con el baile que con el paso de los años fue perdiendo el espíritu lúdico para adentrarse en una vertiente más cerebral y fría de la cual emanaron trabajos interesantes pero muy demandantes, no sólo del escucha, sino del espacio y del tiempo para hacerlo.

En años recientes, esa tendencia ha aminorado y el impulso hacia una música que sea, al mismo tiempo, lúdica y de vanguardia tiene en Cosa Brava su concreción. Hace un par de años, Frith comenzó a pasear a su nueva agrupación por los principales festivales europeos y a probar sus nuevas composiciones. De ese proceso de descarte, Cosa Brava surgió con Ragged Atlas (Intakt, 2010), uno de los álbumes mejor logrados de cuantos ha perpetrado el compositor.

Destacan, además de las composiciones, la interrelación entre los instrumentistas, con quienes Frith ha trabajado en diferentes momentos y proyectos, pero sobre todo la espontaneidad advertible en el disco. La frescura que ya no era tan fácil de encontrar en las producciones anteriores del guitarrista reaparece; si antes su tendencia a la experimentación lo llevó a crear pasajes abstractos, a explorar el timbre de los instrumentos e incluso la aleatoriedad, aquí retoma a la melodía como columna vertebral.

No se piense en una explosión de ritmos del mundo, tampoco en fusiones. Lo que tenemos en Ragged Atlas es una música que representa la perfecta conjunción entre la necesidad de innovar y el ansia de hacerlo celebratoriamente. Como compositor, Frith extrae lo mejor de sus acompañantes y los contiene cuando lo considera necesario. Tal vez todos sean virtuosos, pero aquí sus talentos deben plegarse al espíritu de las composiciones.

Luego de treinta años de trayectoria como solista, es difícil pensar que este disco podría servir de introducción a la obra del compositor, pero no imposible: por instantes es amable y cuando hay pasajes “complicados”, éstos nunca  abruman al escucha. De hecho se antoja una vuelta más en la espiral forjada por el inglés e iniciada con Gravity (1980), una placa en la cual aparecía la leyenda “No apaguen el fuego del espíritu” —escrita, en español, en el primer departamento que rentó a su llegada a nueva York—  “, misma que ha tratado de respetar desde entonces.