ViolaPor Eusebio Ruvalcaba

A la memoria de Omar Rodríguez-Hidalgo, asesinado impunemente en Tijuana.

Dice el booklet que acompaña al disco: “(…) Yuunohui’tlapoa’ome, del zapoteco yuu: tierra, nohui: fresco, sin piedras, y ome: dos…, nos expresa y narra un lenguaje evolucionado del ultraserialismo post-Boulez y Stockhausen, un complejo tejido y locución que va más allá del control sonoro, textual, tímbrico y multiparamétrico a través de su compleja noción del macro-timbre, un discurso que se propone fusionar a la imaginación con la investigación. Su realización se transforma en un sistema totalmente autónomo de escritura”.

Yuunohui’tlapoa’ome es eso y es más.

Es una exploración de los límites sonoros de la viola. Es poner un instrumento al servicio de la inteligencia. Es hacer de un instrumento de cuerda todo un registro de los sonidos inexistentes en la memoria sonora de la música convencional, pero no en la vida cotidiana. Porque Yuunohui’tlapoa’ome se desborda ―es decir, suena― y de inmediato vienen a la cabeza los sonidos acres que acompañan a la vida diaria. Es el crujir de los motores, el chirriar de las llantas, el taladro urbano, la maquinaria en su totalidad desde la que fabrica tortillas hasta la que poda los parques públicos. Es el vaso que cae al suelo y estalla en miles de añicos. Es el eco del disparo que se escucha a lo lejos. Es el aullido de los perros callejeros y los chillidos de los gatos cuando se aparean.

Yuunohui’tlapoa’ome es eso y es más.

Es poner a prueba la capacidad virtuosística de un maestro de la viola. Porque va mucho más allá que cualquier desafío ―si por desafío entendemos volver de cabeza la técnica convenida por siglos de estudio, si por desafío entendemos darle a la viola una nueva voz: inhóspita, incomplaciente, inusitada, imprevisible. Que a unos agrada y a otros no, es cierto. ¿Pero no es justo esto la historia de la música, la historia del arte?

Yuunohui’tlapoa’ome es eso y es más.

Es una pieza que rasca la corteza humana para irse apropiando del escucha. De quien exige todo. Porque se entrega en su totalidad. No a modo de experimento sino de música. Se entrega con la emoción por delante. La emoción de escuchar un lenguaje articulado por la fantasía de un instrumento sobreviviente, puesto contra la pared, arrojado a las aguas de un rápido.

Yuunohui’tlapoa’ome es eso y es más.

Es el vértigo de la música. Es la lija que deshace el cochambre del sistema auditivo. Es un grito de libertad. Es una obra que puede gustar o no, pero que no se olvidará jamás. Busca su nicho en la memoria de las emociones y no para hasta encontrarlo. Es la obra que muchos compositores no se atreven ni a soñar. Para escribir una obra semejante se requiere algo más que buenos deseos. Se requiere quitarse el chaleco antibalas de la censura que cada artista lleva puesto. Se requiere arrojarse al vacío sin red. Julio Estrada lo hizo.

Yuunohui’tlapoa’ome es eso y es más.

Es una obra que toca Omar Rodríguez-Hidalgo con maestría y sabiduría musical. Que sobrecoge, estimula la imaginación y pondera virtuosismo y musicalidad.