ViniciusPor Sergio Monsalvo C.

Es 1963. Marcus Vinicius da Cruz de Melo Moraes, poeta popularmente conocido sólo como Vinicius de Moraes o por su sobrenombre de “O Poetinha” (y nacido en Río de Janeiro, Brasil en 1913), abre una cerveza y se sienta en el sillón de su estudio a repasar unas cuartillas que tiene en la mano. Tras él están los diplomas de doctor en Derecho, de su educación en Literatura Inglesa en Oxford; algún texto enmarcado de la crítica cinematográfica que ejerce, quizás el primero. Fotos con políticos prominentes a los que ha conocido dentro de su carrera diplomática en los Estados Unidos, España, Uruguay y Francia.

Sin embargo, a Vinicius no le interesa aquello. Nunca soportó  ese mundo estirado y protocolario de embajadas y consulados. Cuando no estaba de humor para ello, despachaba el trabajo en calzoncillos por las oficinas de las residencias oficiales o en la mesa de algún bar; como en París, donde conoció a Marlene Dietrich, con la que tuvo un affaire que le costó muchos problemas con su tercera esposa (de nueve totales).

Asimismo, no le interesa lo que aparece en su pasado académico ni relacionarse con el mundillo intelectual: “Yo prefiero la musiquita, las mujeres bonitas, la noche… De esta manera, la poesía fluye” (le confesó en una noche de copas a Caetano Veloso). La urgencia biográfica ha iniciado un giro de su trabajo literario hacia la intimidad de los efectos y la vivencia erótica, una poesía metafísica. Entiende cómo actúa el verbo al penetrar en la médula de la historia de una canción. Por eso está interesado igualmente en la música.

Vinicius no mantiene un contacto estrecho con la vida literaria, pero sí con la escénica de Río de Janeiro desde fines de los años cincuenta, cuando conoció a Joao Gilberto, a Antonio Carlos (“Tom”) Jobim, a Carlos Lira y Baden Powell. Con ellos ha afirmado una nueva línea musical: la bossa nova. Con algunos ha creado letras de canciones con gran maestría en el manejo del verso. Como la de aquella tarde, en el bar Veloso, en que a él y a Jobim una imagen femenina surgida de la calle, rumbo a la playa cercana, los inflamó con su fulgor, con su frescura e impactante carnalidad. Tanto, que en medio de tragos y expansiones se propusieron hacer el retrato magnífico, sutil, sonoro, de la sensualidad: “Ella fue el paradigma de lo carioca; la moza dorada, llena de luz y de gracia, pero cuya visión también es triste, pues consigo trae, camino del mar, el sentimiento de la juventud que pasa, de la belleza que no es sólo nuestra –un don de vida en su lindo y melancólico fluir y refluir constante”.

Ese retrato musical será llevado ahora a Nueva York, para su exposición y grabación en el álbum Getz/Gilberto, junto al saxofonista Stan Getz, según le comentó Joao Gilberto hace unos días, al ir junto a su flamante esposa, Astrud, a despedirse de él y a informarle del motivo de su viaje: “Nuestra bossa viaja Vini, la bossa viaja”. Él voltea hacia los ventanales, observa la playa y envía un beso con la mano hacia sus arenas. La leyenda ha comenzado sus andanzas.

Hoy, “La Chica de Ipanema” es la joven inmortal que acude a la conmemoración de los treinta años de la desaparición de Vinicius de Moraes (Río de Janeiro, 1980). Para la efeméride, le trae de regalo una cerveza helada, una caricia y el recitado de sus propias palabras de cariño agradecido: “Siento que en mi gesto existe tu gesto y en mi voz tu voz/ Apoyo mi rostro en el rostro de la noche y oigo tu habla amorosa/ y traigo hasta mí toda la suavidad de los cantos del mar, del viento, del cielo…/ Serán tu voz presente, tu voz ausente, tu voz eternizada”. Todo bem, Vini, todo bem!

 

 

2 comentarios en “Vinicius: música, mujeres y poesía

  1. Gracias Vinicius, siempre cuando estoy en Río paso por Garota de Ipanema y Vinicus de Moraes siempre está presente su sonido.

  2. Nosotros todos lo que vimos a Vinicus lo llevamos en el corazón pero mucho mucho más su música.