PG11073Por Eusebio Ruvalcaba

No sé hasta dónde un bicentenario beneficie o perjudique al celebrado.
Sin duda, Frédérick Chopin (1810-1849) es de los compositores más lapidados. Todo mundo dice escucharlo, preferirlo, enaltecerlo y la verdad es que ni se le conoce. En cierto sentido, es el mismo caso de Johann Sebastian Bach (1685-1750), a quien se le honra por encima de todos y resulta que escasísimas personas ―de quienes dicen conocerlo profundamente― han oído más allá de su Tocata y Fuga.

Pero en cuanto a Chopin, las cosas son más dramáticas. El suyo parece corresponder a un caso de la mitología. Mal que bien, es como un dios a cuyo alrededor se tejen y destejen mitos, blasfemias y perogrulladas. Jamás se le tilda de complejo, sino de un compositor cursi y reblandecido, cuya único propósito es endulzar los momentos difíciles de la vida. Aquí hay varias cosas que acotar.

Para empezar, la música toda tiene, entre sus muchos cometidos, aliviar momentos de angustia y desesperación. Gracias a su poder de penetración en el alma, consuela a los afligidos como una suerte de ola que serenara los ánimos. Pero de esta misión no sólo se encargan Mozart o Brahms, también José José o José Alfredo, Nick Cave o Leonard Cohen. ¿Acaso no abundan, digamos en la literatura griega anterior a Cristo, los testimonios de ensueño que produce la música en el corazón destruido?

¿De dónde proviene este prejuicio acerca de Chopin? Se le vincula en su intimidad con las niñas burguesas que estudiaban piano y a quienes sólo por medio del conocimiento de sus Preludios y Nocturnos les era posible conseguir marido. Pero más se le asocia con instantes de profunda cursilería (¿lo cursi puede llegar a ser profundo?). Como si el propio Chopin fuera culpable del uso abyecto que se ha hecho de él. Porque en efecto, hay quien no lo puede separar del melodrama más ramplón. Como si su música fuera un enlace entre la obviedad sentimental y el pianismo descerebrado. Cuando es todo lo contrario. Simplemente, Chopin se encargó de darle al piano la categoría de lo sublime granítico ―adjetivo y sustantivo que rara vez marchan de la mano.

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Ninguno como él pudo haber comprimido en unas cuantas notas toda la complejidad pianística (léase Preludios, léase Nocturnos, léase Estudios); desde luego, había las Fantasías de Mozart, las Bagatelas de Beethoven que lo antecedieron y de las cuales abrevó, pero faltaba la miniatura musical, el haikú pianístico que sonara extraordinariamente sencillo a los oídos, pero cuya exactitud exige un nivel de estudio que raya en el colmo de la perfección.
Que por otro lado, ésa es la característica número uno de la música de Chopin: que si no se tiene un dominio absoluto del piano, aquella música suena acaramelada e inocua. Inofensiva. Y quizá ésta sea una broma macabra de Chopin de la que nadie se ha percatado. Por eso suena a Splenda, por torpeza del intérprete. No por torpeza del autor. Que si se le escucha con Vladimir Horowitz (ver video), las cosas cambian radicalmente.