el-vertigo-de-las-listas-9788426417435_250Por Sergio Monsalvo C.

Desde los comienzos de la escritura, la obsesión humana por registrar las cosas, de la que surge toda clasificación u ordenamiento, ha sido algo perseverante en ella. Los primeros ejemplos de esto fueron las tablas de arcilla de los sumerios, en las que se dio cuenta de las existencias de víveres y enseres habidos en las bodegas reales. Asimismo, en uno de los libros primigenios, la Biblia, se consigna que cuando Moisés bajó del Monte Sinaí, luego de entrevistarse con Yahveh, trajo consigo la lista de los (diez) mandamientos y Homero, el poeta de la épica grecolatina (sobre la que se fundamenta la literatura occidental), creó en La Iliada una lista de los respectivos pertrechos de las naves con que contaba cada uno de los contendientes durante la guerra de Troya.
Existen relaciones para todo desde entonces. Hoy, el número de éstas ya es inabarcable. Van desde inventarios de pertenencias hasta registros de asistentes, de compras, de muertos, de votantes, de deseos navideños, de invitados, de propósitos para el nuevo año, de ingredientes para una receta, de obsequios para boda, listas negras, etcétera. Las hay de todas formas y tamaños. De lo mejor y peor en cualquier disciplina, materia o arte, ad infinitum.
Umberto Eco, escritor, filósofo y semiólogo italiano, fue nombrado comisario “en residencia” del parisino Museo del Louvre para ejercer durante los dos últimos meses del 2009 (en los que por cierto estuvieron en huelga los trabajadores por cuestiones laborales). Así que para la ocasión escribió El vértigo de las listas (Ed. Lumen, 2009), libro que es una tentativa por describir esa fascinación humana por ordenar y agrupar, es decir, por tratar de entender finalmente al mundo que nos rodea. Es un texto agudo, estimulante, divertido y de una perspicaz inteligencia, pero también un gran listado para comprender un poco más las cosas.
La retórica de la ennumeración –o El vértigo de las listas, según tituló Eco– es un fenómeno que se apodera de las páginas impresas o de las virtuales de toda publicación por popular o anónima que sea y más cuando, como en este tiempo, se da por concluida la década de los años cero del siglo veintiuno. Un tiempo propicio para el balance. Algunas listas, para la materia que nos ocupa, no se conforman con consignar las mejores muestras discográficas del año que pasó, por ejemplo, sino que además proponen a sus lectores un ejercicio acerca de qué álbumes definen mejor el espíritu de esta década que finaliza y en la que el terrorismo, la guerra, la crisis económica, el cambio climático y el frenesí por la búsqueda de la fama o el narco lo han permeado todo.
El rubro de los “mejores” discos sólo sirve para registrar un momentáneo estado de opinión (la mayor parte de las veces con ánimo interesado) de quienes las elaboran: son un juego coyuntural y abierto a la controversia, al recuerdo y al contraste. Para componerlas, las publicaciones o sus páginas web recurren no sólo a periodistas, críticos o especialistas musicales, sino también a celebridades mediáticas a cuyas opiniones y gustos les atribuyen algún valor, quién sabe por qué (me gustaría pensar que es para exponer su estulticia por propia boca).
Por otra parte, es posible que tales listas también pretendan activar al mercado. Sobre todo en años como éstos en los cuales la industria discográfica se está yendo a pique inexorablemente. Al fin y al cabo las listas (o tontas, según el caso) son tan fugaces como obsoletas, pero sirven de referente para que cada quien se acomode en la fragmentación que más le guste de la realidad que estamos viviendo.