mixtapesPor Luis Reséndiz

Para bien o para mal, los ochenta fueron sin duda trascendentes. Se trata del punto más alto del pop de mal gusto. Fue la década que dio a la humanidad muchas de sus obsesiones, idolatrías, aficiones y fijaciones actuales y una de estas es el mixtape.
Hijo bastardo del soundtrack cinéfilo y el cassette, el mixtape es -según Geoffrey O’ Brien- la forma de arte más practicada en los Estados Unidos.
El mixtape constituye una especie de manifiesto emocional, un hijo pequeñito que puede ser una carta de amor o de odio, según para quien sea hecho. Rob Gordon, encarnado por John Cusack en High Fidelity, aquella gran cinta de Stephen Frear basada en la novela homónima del británico Nick Hornby, establece una serie de reglas para crear un mixtape. Entre ellas, la más importante a mi gusto: “Estás usando poesía ajena para expresar tus sentimientos y eso es delicado”, además de regalarnos una de las preguntas melománas más potentes de todos los tiempos: “Escuchamos música pop porque somos miserables o somos miserables porque escuchamos música pop?”.
El mixtape ha traspasado con el tiempo la línea entre la ficción y la realidad y ha pasado a ser parte de la existencia de millones de personas. Muchos pensarían que moriría al tiempo que murió el cassette, después de su auge histórico, en el que sirvió para difundir al hip hop y a la primera electrónica. A pesar de esto y de la proliferación del CD y el mp3 –o quizá debido, precisamente, a esto–, el mixtape está más vivo que nunca, debido a la facilidad con la cual se puede armar un personalísimo playlist desde la comodidad del Winamp.
Miles, quizá millones, de blogs alrededor del mundo continúan con el culto al mixtape. Compilaciones amateurs para pasar días en la playa, para tener sexo, para correr a la luz de la luna por el boulevard. La mayoría de ellas de excelente calidad, realizadas con amor, esmero, curia de artesano, artwork incluido, tracklist gratuito.
Todos (o casi todos) los melomanos hemos hecho en algún momento una recopilación de varias canciones de diversos artistas. En la cinta Nick and Norah’s Infinite Playlist (2008), se pasa la estafeta, al menos simbólicamente, entre el mixtape y el iPod en shuffle. Porque si bien al iPod en shuffle le faltan el amor y el esmero, lo cierto es que es, a grandes rasgos cuando menos, un primo cercano del mixtape, al igual que el soundtrack es su abuelo por vía materna.
Innegable resulta que gente como Cameron Crowe, Quentin Tarantino o Woody Allen han convertido al soundtrack en todo un arte. Escuchar sus compilaciones es trasladarse a su muy personal universo, formar parte de él (¿cuántos no se habrán imaginado por las calles del Upper East Side al ritmo de George Gershwin? ). Tarantino realiza auténticos mixtapes (prueba de esto es el soundtrack de Kill Bill) que tienen, además, su propio público no tan cercano a sus filmes.
Es que pocas maneras tan prácticas y a la vez tan íntimas de comunicación como una compilación. En ella vacíamos nuestros deseos y fijaciones y expresamos, para quienes nos cuesta trabajo hacerlo con palabras, mediante música (ajena, sí, pero apropiada), nuestros sentimientos. Decimos palabras que en persona no podemos pronunciar. Armamos, por cursi que se oiga, el soundtrack de nuestra vida. He allí la magia, creo yo: la capacidad de poder aferrar lo ajeno y convertirlo en nuestro y, no conformes con eso, expresarnos por medio de él.
Un mixtape puede decir muchas cosas, rodeado de ese halo de magia que tiene el hecho de compilarlo y saber que no habrá otro igual ya que, aunque tenga las mismas canciones y hasta en el mismo orden, la intención y la recepción serán distintas.
Así que vayan todos a hacer compilaciones ahora mismo. Junten a los Beach Boys con Aerovons o mezclen pop con rock y blues con soul, sin perder la estructura armónica, y regalen sus cintas a sus novias o comprimánlas y súbanlas a internet. Entren en contacto con más melomános y escuchen sus compilaciones. Verdadera magia.

 

 

2 comentarios en “El arte del mixtape

  1. Me llamó la atención el título del blog, primero, al remitirme al título de aquella película de woody Allen, “Sweet and lowdown”, que en alguna traducción es “acordes y desacuerdos”. Cuando encontré el post sobre el mixtape, y encuentro referencias a Allen, Tarantino y Crowe, fue el momento en que terminó de gustarme. Dejo la dirección de mi blog y un par de posts en específico: http://alteregocolumna.blogspot.com/2009/09/alter-ego-numero-tres.html y http://alteregocolumna.blogspot.com/2009/09/alter-ego-numero-cinco_17.html

    Gradecería leyeras y comentaras algo. ¡Saludos!