clara_robertPor Eusebio Ruvalcaba

Cuando Robert Schumann conoció a Johaness Brahms, vivió un momento irrepetible, de emoción y plenitud verdadera. Aquella vez, Brahms había tocado a la puerta de Schumann con una carta de recomendación. Le rogó a éste que lo escuchara. Schumann, quien aquella mañana se encontraba de buen humor, aunque un tanto cuanto perdido en la consecución de una obra que parecía írsele de las manos, le permitió a Brahms que se sentara al piano y tocara. Al instante Brahms, casi todavía adolescente, tocó su Sonata para piano número uno, Opus uno. Iba en los primeros acordes, cuando Schumann lo detuvo en seco: “¿Es de usted eso? ¡Repítalo!”, a lo que Brahms naturalmente accedió. Una vez más se escuchó la voz estentórea de Schumann: “¡Klara! ¡Klara! ¡Ven acá inmediatamente!…” y desde luego Klara, que estaba en la cocina preparando lo que sería la comida de aquel día (Klara, la mejor pianista del siglo XIX), acudió presurosa. Cuando Brahms la descubrió, una oleada de aire cálido y benigno lo sacudió. Klara se sentó y esperó a que aquel joven desconocido reiniciara lo que estaba tocando y mientras lo hacía, Schumann se paseaba nerviosamente por la sala, con las manos en la espalda. Por fin terminó la sonata y el matrimonio estalló en lágrimas y aplausos. ¿Qué era eso que acababan de escuchar? ¿Quién era aquel joven que componía y tocaba de esa manera prodigiosa? ¿Y la obra? Ninguno de los dos había escuchado nada parecido. Nada en que hondura y belleza se disputaran el cetro de esa manera. Intensidad y perfección, carácter y maestría, todo parecía ir de la mano en una suerte de combinación inusitada. Conocedores a la perfección ―más aún Robert― de la música de sus contemporáneos, sin embargo descubrieron en esta nueva obra el aceite que los dioses depositaban en los engranes de la música, para perpetuar la maquinaria del sonido. Schumann se acercó al joven y le tendió los brazos. “¿Quién eres?”, le preguntó. “¿Quiénes son tus maestros?”. En pocas palabras ―Brahms era parco en sus palabras y asimismo en su producción musical―, el joven compositor le habló de su humilde origen, de que había tenido que ganarse la vida tocando en burdeles y tabernas desde pequeño y de lo inferior que se sentía como autor, pues sabía que el camino de la música era infinito. Schumann lo escuchó y lo invitó a comer, mientras le comentaba lo que para él significaba la grandeza en la música. Comieron rodeados de los niños de Robert y Klara, mientras ella servía sus mejores viandas. Una amistad musical y colmada de humanidad había nacido.