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Por Sergio Monsalvo C.

Hay cuestiones sobre la paternidad que resultan bastante subjetivas. Por ejemplo: ¿qué es preferible, tener a un padre hogareño que siempre esté ahí para todo y le enseñe a su vástago lo que la vida puede ser o ser hijo de una piedra rodante a quien jamás se ve, pero que cuando se encuentra muestra lo que la vida representa? A Justin Townes Earl le tocó el segundo caso. Steve Earl, su padre, es un artista maldito que en la dark americana encontró su vía de expresión y su mito.

  Steve se divorció de la familia que había formado y se entregó de lleno al canto, a las motocicletas, al alcohol, a las drogas. Por supuesto, estuvo en la cárcel. Siguió cantando al salir. Lo hizo acerca del camino, la marginalidad, la independencia a rajatabla y contra el conservadurismo estadounidense. Fue discípulo avanzado y amigo de otro cantante histórico que lo antecedía: Townes Van Zant. Ambos participaron en la construcción conceptual de Nashville como capital de la música de raíces y ambos impusieron desde entonces su marca en la forma de hacer y decir las canciones.
  El primogénito de Steve, Justin, creció mientras oía, como cuentos antes de dormir, las leyendas que se narraban sobre aquellos personajes a quienes conoció hasta mucho tiempo después. Obvio es decir que, a pesar de los anhelos maternos, no resultó abogado o contador. Descubrió pronto las guitarras, el sabor de la bohemia y también que tenía algo que decir. Entró a la escena de su natal Nashville y se bautizó con los apellidos que según él le correspondían: Townes y Earl.
  Justin Townes Earl no es una calca de ninguno de aquellos dos trovadores de la carretera. Tiene su propio lenguaje, forjado en carne viva. En sus inicios, formó parte de una banda de bluegrass y luego de una de rock. Hizo giras con ellas como guitarrista y como tecladista. Sin embargo, tuvo mucho demasiado pronto. Antes de cumplir los veinte años, ya era adicto a varias cosas. Tanto que, por estas aficiones, paradójicamente terminaron por echarlo del grupo que acompañaba a su padre. Una sobredosis lo llevó al hospital y a reflexionar sobre su futuro. Dejó de beber y de drogarse y se dedicó de lleno a la música. Fue cuando Steve se acercó a él para hablarle de sus experiencias. Le mostró cómo escribir canciones; cómo dedicarle tiempo a la lectura de libros interesantes que fomenten las preguntas en uno y, sobre todo, le recordó que una canción no funcionaría si no la dejaba madurar dentro de él. Así, Justin descubrió a sus otras influencias, mismas que van de Woody Guthrie a Bruce Springsteen y pasan también por Hank Williams y Taj Mahal o por el no menos importante Scotty Melton. Se dio a la tarea entonces de componer temas con este bagaje y con sus propias magulladuras vitales.
  Su primera grabación se la pagó él mismo, un EP que llevó por título Yuma (2007). Un trabajo espartano y diáfano. Seis piezas en las cuales se acompañó sólo con su guitarra acústica y algún toquecito de armónica. El siguiente, The Good Life, su debut discográfico con una compañía, dejó más que claro su potencial creativo con un country de factura fina, delicada, y por demás maduro. Ninguna de las piezas rebasa los tres minutos, arropadas todas por el piano y un violín.
  Su disco más reciente se llama Midnight at the Movies (2009) y se mueve entre el folk, el country, el east coast y el blues de la vieja escuela, la música de raíces que tan cara le resulta. Desde el primer track se sabe que se trata de un artista especial, de admirable sofisticación en la línea musical tradicional. En las letras resulta agudo y con hondura, alimentado por un linaje orgánico más que probado, con certificada denominación de origen.

 

 

Un comentario en “Justin Townes Earl : denominación de origen

  1. Por una errata, seguramente imputable a la tecnología, en el sexto renglón del primer párrafo se onitió el nombre de quien da lugar al resto del texto. Debe decir así: “A Justin Townes Earl le tocó el segundo caso…”

    Sergio Monsalvo