Johannes_BrahmsPor Eusebio Ruvalcaba

Dice Williams Carlos Williams en su poema sobre la orquesta: “¿existe acaso un sonido que no se dirija totalmente al oído?”.
  Porque en efecto, el oído ―sentido inmensamente noble y leal― registra todo lo que acontece a nuestro derredor en forma de sonido ―lugar común que a base de su insistencia se torna inusitado. Sonidos hermosos y sonidos abstrusos, sonidos armónicos y sonidos informes. Sonidos sólo aptos para quienes se atreven a tocar la dicha y sonidos que ni un can famélico resistiría.
  Hay sonidos que sin duda nos parecen gratos, como los de una cascada, los de un ave que canta a modo de cortejo, los del viento cuando mueve las hojas, los de la madre cuando arrulla al hijo. En la misma medida, hay sonidos que nos lastiman o cuando menos nos asombran en sentido negativo, como el crujir de huesos, el chirriar de dientes, el aullido del perro cuando es atropellado, los gatos cuando se aparean.
  Sean unos u otros, son sonidos que nuestra humanidad recoge y hace suyos. Que así ha acontecido desde que el hombre es hombre.
  Lo mismo pasa con la música. Hay mixturas que a todo mundo le parecen bellas y cuya audición nos proporciona deleite y profunda satisfacción. Como la del piano y el violín cuando integran un dúo o la del clarinete con piano o con cuarteto de cuerdas (dos violines, viola y violonchelo), la de la voz humana con piano, la del oboe también con piano…, bendito instrumento que se adapta a todas las circunstancias. De alguna manera escuchamos esos sonidos y al instante paramos la oreja y nos disponemos a oír. Sabemos de antemano que saldremos beneficiados.
  Pero hay sonidos cuya audición se dificulta, porque  pareciesen provenir de alguna fuente hostil.
  Finalmente, la naturaleza nos educa a aceptar algunos sonidos y a rechazar otros, educación que, como ya se dijo o se pretendió decir, va de un trayecto a otro hasta alcanzar a los instrumentos musicales.
  Quizá por eso se agradezcan tanto las combinaciones musicales cuando a la textura del sonido suman la belleza de la melodía. ¿Cómo no pensar, por ejemplo, en los Intermezzi para piano de Johannes Brahms? ¿Cómo no traer a la mesa, digamos, los Nocturnos de Chopin, las Bagatelas de Beethoven, o las Canciones sin palabras de Mendelssohn, todas ellas obras de brevedad deliciosa y efecto bienhechor?
  A lo que voy es a que acaso gocemos más de la música cuando nos trae en su despliegue sonidos que le producían paz y quietud al hombre de las cavernas. Sonidos que contienen no sólo un remanso de sociego sino una gota de esperanza para la adversidad venidera.
  No creo que se pueda pedir más.

 

 

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